Una historia mejor: Cómo nuestra comprensión de la justicia es radicalmente redefinida por el evangelio

Una historia mejor: Cómo nuestra comprensión de la justicia es radicalmente redefinida por el evangelio

Ve a ver una película de acción este fin de semana, y además del espectáculo de efectos visuales, encontrarás una historia muy común, donde al final los buenos ganan y los malos “reciben su merecido” (usualmente siendo asesinados por un “accidente”, creación del guionista). Esa es la manera en que la vida supuestamente tendría que funcionar, ¿no? Tal vez por eso, cuando ocurre una tragedia, a menudo nos encontramos con personas de fe preguntando “¿Por qué a la gente buena le pasan cosas malas?”. La hipótesis detrás de esto es que se supone que cosas malas solo le pasen a gente mala, y cosas buenas le ocurran a gente buena. Esa es una justicia basada en personas “recibiendo su merecido” y la encontramos una y otra vez en las películas que amamos. Y las amamos porque ellas nos cuentan la historia que deseamos oír.

Esto se conoce como justicia retributiva, y está arraigado en la cultura occidental, remontándose siglos atrás. Tal es así que se ha convertido en parte de nuestro ADN, parte de lo que suponemos que es evidente de por sí. Así que cuando hablamos de que se haga justicia, queremos decir castigo. La justicia y el castigo van juntos como el pan y la manteca. Ambos son inseparables en nuestros pensamientos, incluso los vemos como sinónimos. Para alguien “conseguir justicia” o “recibir lo que se merece” significa castigo.

Lo contrario a esto es la misericordia. Reflejando las suposiciones de la cultura que nos rodea, la teología cristiana ha catalogado clásicamente a la misericordia como estando en conflicto con la justicia. Sin embargo, esto va mucho más allá de la teología, y puede encontrarse como suposiciones subyacentes en cualquier debate nacional sobre la utilización de la violencia del estado, ya sea en lo que respecta a la delincuencia o a los conflictos internacionales y la guerra. “Hacer justicia” significa castigo, significa violencia, significa buscar hacer daño. Por el contrario, la misericordia significa abstenerse de la violencia. Por lo tanto, se entiende como inacción. Así que, en resumen: en este marco, justicia implica infligir daño, y misericordia implica no hacer nada.

 Debido a que por defecto estas son nuestras comprensiones culturales sobre justicia y misericordia, es común que las personas piensen que la única manera de hacer frente a la delincuencia o el conflicto sea infligiendo daño, usando la fuerza violenta. Es eso o no hacer nada, pensamos. O actuamos para “hacer justicia” (lo que significa que buscamos hacer daño) o actuamos en misericordia (lo cual se entiende por abstenerse de la violencia y por lo tanto no hacer nada). Debido a que estas opciones están catalogadas de esta forma, muchos cristianos rechazan la enseñanza de Jesús de amar a nuestros enemigos porque piensan que puede implicar quedarse sin hacer nada ante la maldad, lo cual sería desalmado y moralmente irresponsable. Necesitamos proteger lo que es vulnerable, ¿no? Necesitamos ocuparnos de nuestro bienestar y el de los demás. Así que, mientras que la gente se lamenta de tener que responder con agresión, sienten que no tienen otra opción que responder a la violencia con violencia. Es lamentable, pero ¿qué otra opción tenemos? ¿Cómo podemos detener la violencia?

La trágica ironía es que infligir violencia en el nombre de la justicia no la detiene en lo absoluto, la perpetua. Cuando una persona dice “quiero hacerles daño como ellos me lo hicieron a mí”, lo que realmente anhela es empatía, que la persona reconozca el daño que ha causado y que se preocupe. Se espera que el castigo a una persona sirva para que esta vea el error que cometió y se arrepienta. Pero en realidad ocurre lo contrario. Esto solo produce resentimiento. Y no nos debería sorprender. Causar daño no es bueno para una persona. La gente no aprende empatía al ser humillada y deshumanizada. Así que el fruto de este tipo de “justicia” es que empeora las cosas.

Ahí es donde el evangelio entra. El evangelio presenta un nuevo tipo de justicia que se caracteriza por hacer las cosas bien. Es la narrativa de Dios en Cristo actuando para restaurar y redimir a toda la humanidad a través de un acto de gracia y amor al enemigo. Pablo se refiere a esto en Romanos como dikaiosyné theou, que literalmente significa “la justicia de Dios”. En Cristo vemos que la justicia de Dios es una justicia restaurativa, una justicia que actúa para arreglar las cosas.

Aquí es crucial reconocer que la perspectiva del evangelio implica entender tanto la justicia como la misericordia de una manera completamente diferente: la justicia no se trata de infligir daño, se trata de corregir las cosas. Del mismo modo, misericordia no se trata de inacción; al contrario, se trata de actuar para restaurar a la persona, actuar para hacer las cosas bien. La misericordia, por consiguiente, no está para nada en conflicto con la justicia restaurativa, sino que es el medio para ello.

Para un planteo concreto, continuemos con el ejemplo de un crimen. La justicia restaurativa comienza por abordar las necesidades de la víctima. Preguntando qué necesita para ser totalmente restaurada y completa de nuevo. Esto parece una obvia perspectiva, pero el hecho es que nuestro actual sistema de justicia penal se enfoca en el criminal y el estado, y las necesidades reales y el bienestar de la víctima son ignorados.

Un corolario enfoque de la justicia restaurativa recae sobre la reforma del criminal, ayudándolo a desarrollar empatía y comprensión, para que pueda salir de los patrones dañinos. Obviamente esto beneficia al agresor, ayudándole a recuperar su humanidad, pero también es para nuestro provecho, un criminal reformado significaría un mundo más seguro para todos nosotros. Considera lo que ocurre poniéndote en su lugar, cuando a una persona se la hace sufrir por sus crímenes en la cárcel, y luego de cumplir su condena es devuelto a las calles. ¿Es de extrañar que vuelva a tener la misma conducta que lo llevó a la cárcel? Esta conducta es reforzada en la brutal cultura de la vida carcelaria. Especialmente cuando la meta de la prisión es ser punitiva.

Esa es la diferencia entre la retribución y la justicia restaurativa. Si vemos los frutos, podemos ver que uno produce muerte, y el otro vida. Tenemos que despertar y darnos cuenta de que cuando tratamos de hacer daño a alguien no estamos haciendo justicia en lo absoluto. Así que, en vez de seguir hablando de historias que perpetúan este mito de la violencia redentora, necesitamos aprender una historia diferente, una mejor y profunda. Los evangelios nos muestran la verdadera historia que nuestros corazones anhelan. Es la historia de redención. Es la historia que supera al mal con el bien. O poniéndolo en los infantiles términos de las películas de acción: se trata de convertir a “los chicos malos” en “chicos buenos”. Esto es lo que se asemeja a la verdadera justicia, y cuanto más lo imaginemos y lo practiquemos, más podremos hacer que esa historia sea una realidad en nuestro mundo.

 

Fuente original:

http://www.redletterchristians.org/a-better-story-how-our-understanding-of-justice-is-radically-re-defined-by-the-gospel/

Derek Flood

Derek Flood

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