¿Tu Dios levanta a los muertos? ¡Dame un Dios que levante a los vivos!

¿Tu Dios levanta a los muertos? ¡Dame un Dios que levante a los vivos!

No importa cuán magnífica sea una canción, no puede levantar a un muerto, sanar un cáncer o devolverte a tu amante perdido. La música no cambia el mundo en el que vives, vuelve el tiempo atrás o cambia la historia. No promete soluciones mágicas a los problemas de la vida.

Pero la música es todo menos impotente; de hecho, puede ser experimentada como una de las fuerzas más potentes en nuestro universo. La música puede ayudarnos a cambiar la forma en que nos relacionamos con el mundo en que vivimos.

La buena música puede ayudarnos a afirmar la vida, abrazarla, enfrentarla y sublimarla. En otras palabras, la música puede ayudarnos a sensibilizarnos ―y celebrar― en la vida que participamos.

El poeta es el que nos ayuda a experimentar la vida como una textura rica y sensual. Nos ayuda a evocar, confrontar y confirmar nuestra existencia. Invitándonos a encontrar el coraje que nos podría permitir decir “sí” y “amén” a la vida en medio de su complejidad y a pesar de nuestra ansiedad.

A la luz de esto, podemos empezar a entender cómo un milagro divino no es simplemente algo que levante a los muertos, sino que sea capaz de elevar la vida a un lugar en donde no sea experimentada como muerte. Ya que, sin esto último, lo anterior parecería ser nada más que el trabajo de un malvado demonio.

Supongo que es por eso que nunca estuve tan interesado en dioses que levantan a los muertos. El poder real reside en el aumento de la vida: algo que se atestigua en el acto de amar.

Amar es eso que experimenta a otros como valiosos más allá de la sustancia mundana de la que están hechos. En el amor encontramos una causa por la que estaríamos dispuestos a morir, y es allí que experimentamos la vida como digna de ser vivida. En el amor nos encontramos con un mundo digno en el cual bailar y celebrar.

La afirmación “Dios es amor” da testimonio de este milagro. Apunta a la idea de que, en el acto de amar, encontramos una trascendente profundidad y misterio que se establece en nuestro mundo en llamas, una profundidad y un misterio que no podemos comprender, pero que hace que nuestro mundo sea digno de ser comprendido. En otras palabras, alude a la idea de que el bien supremo no es algún objeto que deberíamos amar, sino una realidad en la que participamos a través del mismo acto de amar.

El amor es, entonces, el verdadero milagro; es en el amor que los vivos se levantan de la muerte hacia la vida. En el amor no corremos de nuestro mundo, sino que aprendemos a abrazarlo y a elevarlo al nivel de lo sagrado.

 

Fuente original:

http://peterrollins.net/2012/01/your-god-raises-the-dead-give-me-a-god-who-raises-the-living/

Peter Rollins

Peter Rollins

Filósofo, Teólogo, Autor, Conferencista.

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