11 ¿Y si acaso no brillara el sol? (No vería la razón)

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“El único y verdadero problema filosófico existente es el suicidio.”

Albert Camus

 

En referencia a la frase anterior, el filósofo argentino Darío Sztajnszrajber dice lo siguiente:

 

“No se refiere a que la vida tenga sentido, porque de hecho ya estamos vivos, sino a por qué seguir viviendo. Asumimos la existencia como algo dado, pero para perseverar en ella deberíamos encontrar alguna razón, no para seguir, sino para no quitarnos la vida.”

 

Hace aproximadamente un año, dejaban de sonar definitivamente los acordes de uno de los mejores guitarristas cristianos de América Latina. Algunas de sus melodías nos llevaron a muchos tan cerca del sol que dejaron una marca en nuestro corazón.

La noticia de su fallecimiento tomó a todo el mundo (sobre todo el cristiano) por sorpresa, y la verdadera causa de su muerte fue explicada en una mezcla de rumores y susurros, entre el asombro y el tabú.

La caída desde el sexto piso, tal vez haya logrado aliviar instantáneamente la angustia y el dolor que se encontraba experimentando el joven músico en su alma, pero el destino eterno de la misma, aparentemente quedaría cargo de las especulaciones de los vivos; en su Facebook personal, entre emotivos saludos de despedida, y casi como un sello distintivo del publico evangélico, se colaron algunos comentarios bastante desubicados. El que recuerdo latente, y que me impulsó a escribir este artículo (aunque consideré esperar alrededor de un año para hacerlo, por respeto a la reciente perdida) decía:

“No nos podemos engañar, si se suicidó, está en el infierno”.

Así nomás.

Ahora bien, supongamos, por un momento, que todos adherimos a esta estúpida doctrina (lo siento, no suelo llamar estúpidas a las doctrinas que no comparto, excepto a las que considero que hacen mucho daño, y esta es una de ellas), de todos modos, ese comentario estaría totalmente fuera de lugar. Es no tener el mínimo respeto a los familiares y seres queridos que pudiesen haber estado leyendo. Es ser absolutamente insensible. Es echar sal en una herida abierta. Es ser un completo imbécil.

En momentos como esos, la única respuesta adecuada —lo cual no quiere decir suficiente—, es el abrazo. El estar. La necesaria presencia del silencio que emana de otro ser humano. Nada más. Nada menos.

Le pedí a mi hermano que hablara con algunos de sus amigos sacerdotes sobre este tema, el destino del alma tras el suicidio, quería saber la posición de la iglesia católica desde adentro. Y algunas de las respuestas me sorprendieron; en contraste con muchas respuestas provenientes del lado protestante o evangélico (quienes parecieran conocer categóricamente el destino eterno de cada alma humana), me parecieron mucho más lógicas, humanas y esperanzadoras. Pero hay una que me gustaría resaltar, la de Jorge, un sacerdote argentino que actualmente se encuentra realizando su labor en Maldonado, Uruguay:

“En un tiempo la iglesia vio el suicidio como un pecado mortal, a tal punto que no se rezaba ni se ofrecían funerales y responsos por las personas que habían atentado contra su vida. Después, como suele ocurrir siempre, la ciencia ilumina a la fe… se llegó a la cuenta de que el suicidio es en la mayoría de las veces provocado por una patología, por lo tanto, es una cuestión de enfermedad. Así se lo ve hoy en día, por eso se trata al suicidio como a cualquier otra muerte. No se distingue si se quitó la vida o murió por muerte natural”.

El catecismo #2283, aunque la sección sobre el suicidio que nace en #2280 comienza de manera algo pretenciosa para mi gusto (“Cada cual es responsable de su vida delante de Dios que se la ha dado. Él sigue siendo su soberano Dueño. Nosotros estamos obligados a recibirla con gratitud…”, ¿en serio? ¿Se puede obligar a alguien a ser agradecido? Esa frase me parece casi un oxímoron, una contradicción), también proporciona esperanza para los vivos:

“No se debe desesperar de la salvación eterna de aquellas personas que se han dado muerte. Dios puede haberles facilitado por caminos que Él solo conoce la ocasión de un arrepentimiento salvador. La Iglesia ora por las personas que han atentado contra su vida.”

En otras palabras, para la iglesia católica, la última palabra la tiene Dios. Puedo vivir con ello.

Sin embargo, la mayoría de los evangélicos (que supuestamente debería significar portadores de buenas noticias), no comparten esta perspectiva que da lugar a la esperanza. De hecho, uno de ellos cuando surgió el tema del músico que mencioné más arriba, me dijo: “Esa gente no se merece ni que uno llore por ellos. Ya conocían la verdad y aun así fueron contra la voluntad de Dios”.

Tengo que confesarles que cuando escucho comentarios como ese, siempre me viene el mismo pensamiento a la mente: me imagino siendo Jesús… y a la otra persona siendo una mesa… (el que lee entienda…).

Como en muchos otros casos, esta creencia es una excusa para evadir la responsabilidad. Un recurso para poder ser indiferentes sin cargar con ello en la conciencia. “Si se suicidó, es su culpa, fue su decisión. Ella/él sabía que no lo tenía que hacer. Hey, ¿vamos a tomar un helado?”.

Pero cuando algo así sucede dentro de nuestro radar, ¿realmente no tenemos nada de responsabilidad? ¿Hicimos algo más que ver las señales y sólo lanzar advertencias de doctrinas humanas? ¿Realmente nos preocupamos por ver el dolor que transportó a la otra persona a tan trágica decisión, o sólo nos remitimos a desconectar su muerte de los sucesos previos?

Y como diría Rob Bell, ¿creamos espacios en donde los amigos y familiares de aquellas personas que se han quitado la vida puedan expresarse, llorar e incluso celebrar la vida? ¿O solemos esconder estos episodios debajo de la alfombra y hacer como si nunca hubieran pasado?

Muchos pastores y líderes castigan el suicidio condenando el recuerdo al olvido. Creando así nuevas víctimas, tanto presente como futuras.

Creo que en este sentido la iglesia debería hacer mucho más por prevenir que por condenar. La solución que suele dársele a las personas que luchan con pensamientos suicidas en nuestras queridas iglesias evangélicas suele ser: Cristo; como si fuera que esa simple palabra bastara para calmar el dolor o eliminar la depresión. Lo siento, pero en el mundo real las cosas no funcionan así. A veces el dolor puede ser simplemente tan insoportable que la mínima chance de conseguir alivio es como agua en el desierto. Aun si esa chance es abandonar esta vida. De hecho, cuando ya no se experimenta la vida de ninguna manera, prácticamente no se encuentra sentido en seguir respirando. Cuando ya no brilla el sol… ya no se teme a la oscuridad. ¿Para qué seguir viviendo?

¿Y la iglesia qué suele responder? “Si te suicidas te vas al infierno”. ¡Hola! ¡Mi vida ya es un infierno! es la silenciosa respuesta que pareciera materializarse en forma de lágrimas desde lo profundo del alma que sufre.

Hace unos años, una señora que participaba muy activamente en la iglesia a la que iba, perdió a su compañero de toda la vida. Intentó suicidarse varias veces mediante sobredosis. Aparentemente la respuesta “un día, allá en cielo, vas a volver a verlo y toda lagrima será enjugada” no fue suficiente para responder a su pregunta existencial: “¿para qué seguir viviendo?”. No fue suficiente para acortar las eternas horas del día. Ni siquiera el hecho de tener un hijo en la adolescencia. A veces el dolor nubla la razón. Mas cuando al resto del mundo poco pareciera importarle. A veces a una herida invisible sólo puede curarla el contacto con otro ser humano.

¿Pensamos en todo esto cada vez que oímos o leemos acerca de una persona que se suicidó? ¿Evaluamos todas las posibilidades que pudieron haber precipitado esa decisión? ¿O solo meneamos la cabeza casi con indignación? ¿Tratamos de imaginar el dolor que puedo haber estado sintiendo la persona que tomó esa decisión o solo condenamos su acto? ¿Abrazamos y compartimos el dolor llevando esperanza a la familia en cuyo seno ha sucedido la tragedia o estigmatizamos por medio del silencio?

Durante siglos, la iglesia ha proporcionado razones de sobra para morir (para mí el morir es ganancia llegó a decir uno de sus líderes allá por el siglo I), pero pocas para vivir, o al menos para no morir.  Y poco ha hecho para reducir la escalofriante estadística actual de la OMS, según la cual se produce un suicidio cada 40 segundos (sin contar los intentos, claro).

La iglesia se ha especializado en dar esperanza sobre lo que ocurre después de la muerte, pero casi nada que sirva de inspiración para no querer dejar esta vida. Ha despreciado el aquí y sobrevalorado el allá.  Ha reducido esta vida a poco más que una estación de tren, pero no ha hecho nada por aquellos que se debaten entre la vida y la muerte al borde del andén. Los ha dejado solos. Incluso muchas veces los ha visto tirarse a las vías sin hacer el mínimo intento por evitarlo.

Necesitamos esperanza. El mundo entero necesita esperanza. Aquí y ahora. La humanidad necesita una verdadera razón para no dejarse morir. No sólo para no temer a la muerte. ¿Se encuentra la iglesia en condiciones de dársela? ¿Será capaz de encontrar la solución al problema filosófico de Camus? ¿Será capaz de dejar de mirar tanto para arriba y comenzar a mirar un poco más para abajo?

¿La omnisciente iglesia será capaz de encontrar una respuesta a la problemática del suicidio? ¿O seguirá repitiendo como perico las palabras pecado mortal?

No creo que la solución para aquellos con pensamientos suicidas sea recibir amenazas sobre el infierno, sino tratar de aliviar su dolor (o tratar sus problemas mentales) y tomar el asunto con seriedad.

Todos los 10 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Prevención del Suicidio. El lema de este año fue “Conectar. Comunicar. Cuidar.”. Prácticamente lo contrario a lo que ha hecho gran parte de la Iglesia. Pero si nuestros hermanos católicos han podido cambiar su perspectiva acerca de este tema, creo que el resto de la iglesia también puede hacerlo.

Tenemos un problema entre manos, y no podemos limitar nuestra solución a una simple respuesta teológica.

Necesitamos ser capaces de conectar con la vida a todas esas personas que ya no la experimentan. Necesitamos resucitar a los vivos. Y debemos también entender, que a veces, hay heridas que jamás serán capaces de cerrar (sí, el final de Job es muy lindo, pero totalmente irreal.  Pareciera más un cuento de los hermanos Grimm que una historia de la Biblia. ¡No puede reemplazarse una vida por otra como si fuera un automóvil!) por lo que requerirán de un cuidado constante.

Valorar la vida es también entender el porqué del sufrimiento. Y en lo posible hacer algo para aliviarlo.

Debemos comenzar a hablar estos temas. Informarnos. Dejar de ocultarlos o mirar para otro lado como si fueran una vergüenza, la única vergüenza es haber podido hacer algo por alguien y habernos lavado las manos…

…haber sido tan herejes (e imbéciles) de asegurar que una persona luego de su muerte fue condenada a arder en el lago de fuego, y tan ciegos como para no haber visto cuando estaba viva… que su vida era un infierno.

 

RSV

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Dibujo: Jony López

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