Sólo hablamos de lo que no sabemos (Introducción)

Cuando recibí la invitación por parte de La Conversación en Curso para participar en este espacio, muchas ideas vinieron a mi mente. Desde la alegría de haber sido tenido en cuenta para aportar en tan importante proyecto, hasta el nerviosismo que presupondría el hablar de temas difíciles abiertamente, la desnudez de las ideas que al final serán completadas únicamente hasta que sean leídas.

Para ampliar un poco el entendimiento sobre esto último, resulta pertinente enterarse que, desde hace siglos atrás, los filósofos se han preocupado sobre cómo nos perciben los demás, y a su vez, cómo es que nosotros los percibimos a ellos. Esta idea la escuché con una complejidad encantadora en la voz del educador colombiano, Antanas Mockus, quien en su momento me advirtió que no nos pertenecemos a nosotros mismos, sino que somos de quienes nos leen y nos escuchan; puntualmente, de lo que ellos entienden.

Una frase que resume decenas de tesis y planteamientos sobre la dinámica humana de la hermenéutica o interpretación de los textos. Al respecto se ha escrito muchísimo, se han desarrollado disciplinas y técnicas de interpretación abordadas desde la semiótica, la semántica, el lenguaje, e incluso, se han creado para ello herramientas como la exégesis.

No quiero aburrir al lector con tanto tecnicismo, si es que lo hay. Más bien me propongo sembrar la semilla de la inquietud para que cada una de las respuestas que se encontrarán en esta serie, sean más bien un nuevo interrogante que invite a la investigación y la profundización de las mismas.

Pero volviendo al tema de la hermenéutica, un buen comienzo para cualquier curioso lector bíblico sería reconocer que las Escrituras judías, como ningún otro texto, son particularmente susceptibles a interpretaciones. Esto no lo digo yo, lo grita la misma naturaleza del viejo libro, el cual ha sido escrito en múltiples espacios de tiempo, diversos lugares y multiplicidad de autores.

Si alguien hasta este punto está escéptico o confundido al respecto, quiero permitirme ilustrar con un sencillo ejemplo: Nuestra canción favorita en inglés. Ahora, ¡traduzcámosla al español! ¿Conserva exactitud la traducción de la original? El simple hecho que se deba de alguna manera forzar la letra para entrar en la melodía y el ritmo originales, ya evidencia un cambio… ¡Imaginémonos lo mismo con textos escritos en lenguajes que ya no existen o que tienen más de dos milenios de antigüedad! Exacto, estamos hablando ahora de la Biblia.

Por eso, y por algunas otras razones, nadie puede osar ostentar la verdadera interpretación bíblica, o la lectura bíblica más limpia y pura, pues hasta el más literalista lector del texto, está usando justamente esa técnica hermenéutica, el literalismo. No reconocerlo puede deberse a uno de dos factores principales; una ingenuidad infinita o una malicia seviciosa.

Así que las respuestas presentadas en esta serie no son la última palabra, sino más bien acercamientos desde una o varias orillas al tema propuesto. Esto nos debería dar una libertad esperanzadora, pues sólo entonces podremos nosotros reflexionar y decidir, inquietarnos y manifestar nuestra insatisfacción para así obtener más y más. Debo reconocer a su vez que dicho de este modo las cosas pueden sonar fantasiosas, incluso, hasta hollywoodescas; sin embargo, el viejo libro nos advierte en Eclesiastés 1 que en la mucha sabiduría hay mucha angustia y que quien añade conocimiento a su vida, añade dolor. Un precio que hay que pagar por culpa del gusano preguntón ¿No les ha pasado?

Lo más interesante del viaje, es que el mismo libro nos lo ha advertido desde siempre. En este momento recuerdo la metáfora usada por el pastor y profesor de teología colombiano Jeferson Rodríguez, quien, hablando del evangelio dijo que este es como una puerta abierta, en donde lo único cierto, es la puerta; pero lo que hay detrás de ella sigue siendo incierto, hay que asomarse para ver de qué se trata. Una de esas genialidades que todavía me rondan la cabeza.

¿A qué se habrá referido Rodríguez? No puedo dejar de pensar en la definición de fe que presenta la Biblia. Una explicación que usualmente recitamos, pero que lejos de entender, nos ha servido de muletilla para validar nuestras eiségesis. En Hebreos 11 se registra este intento de explicación, “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Perdón la onomatopeya, pero, ¡Jajajajaja!

¿No les parece gracioso que es la fe la certeza en lo incierto (lo que se espera), la convicción de lo que nadie sabe (no se ve)? ¡Paradójico! E irresponsable, por demás. Sin embargo, la Biblia, y, sobre todo, los discursos de Jesús, están llenos de estas paradojas. Pero tiene sentido, el único camino a Dios es la fe, es decir lo incierto, lo desconocido, aquello que no es comprobable.

La fe no prueba nada, sólo confía, así como invita la palabra griega para fe, Pistis. Pues si lo prueba dejaría de ser fe y se convertiría en seguridad, ciencia, conocimiento. Vamos a ver si lo podemos desenredar un poco con una ilustración.

Si yo digo, “Creo que va a llover”, ¿estoy afirmando que va a llover? ¡No!, estoy simplemente basando mi afirmación en una suposición, la cual seguramente ha sido construida con algunos elementos empíricos o de observación, como el viento frio que sopla y puedo percibir en mi rostro, o las nubes espesas que veo acercándose desde el horizonte, o la época del año en la que usualmente llueve; pero aún con estos elementos, no puedo afirmar que va a llover, no puedo probarlo, simplemente creerlo. Así es la fe, así funciona con Dios y con el mundo descrito en la Biblia, el del Espíritu.

Si nos propusiéramos elevar estas ideas a un escenario científico, por ejemplo, es imposible probar que Dios existe, aunque haya indicios que nos ha brindado la misma ciencia, que nos permite pensar y creer (otra vez la palabreja) casi con seguridad (convicción de lo que no se ve) que así es. El día que se pruebe que Dios existe, ya no creeríamos por fe en Dios, sino que sabríamos Dios y entonces estaríamos negando la misma Escritura cuando dice que por fe creemos para salvación… ¡Jaque mate apologistas!

Cuando un equipo explorador de investigación se propone estudiar una isla virgen, debe saber de antemano que una vez la explore y/o conozca, cambiará la naturaleza de dicha isla. ¿Qué quiero decir exactamente? Que cuando un solo pie se pose sobre tal lugar, junto con un solo instrumento o cámara fotográfica, ya no será virgen. Así mismo con Dios, cuando logremos desde el conocimiento enmarcar a Dios, ya no será Dios y entonces tendremos el reto de ir más allá, a lo desconocido.

Para poder entenderlo con un poco más de profundidad, bien podríamos echar mano de la filosofía y escuchar a algunos pensadores del pasado reflexionar al respecto. Uno de mis favoritos, es Jacques Derrida, quien con su frase “Nada hay fuera del texto”, nos mete en problemas, pues nos explica un poco la naturaleza de Dios.

Para el filósofo francés todo lo que cabe en el texto (lenguaje), existe. Pero si existe es porque es finito, predecible, explicable, se puede enmarcar en el discurso, los significados, las explicaciones, el texto. Sin embargo, Dios es infinito. Se sale del texto, no cabe, no hay palabras que lo puedan describir, es imposible encasillar a Dios en nuestras definiciones de él, porque cuando lo hacemos, entonces no hablamos de Dios, sino de nuestras ideas (imágenes) de él. Cuando hablamos de Dios, no es Dios, somos nosotros y nuestro limitado entendimiento.

Por eso la discusión filosófica en términos derridianos no debe basarse en si Dios existe, pues, ¡claro que existe!, desde que haga parte del texto (lenguaje), sino más bien, ¿Dios es?, ¿Qué es Dios?, para concluir que efectivamente, Dios es (no sabemos). ¿Estoy muy denso? No es tan complicado, es cuestión de fe.

Esa es la razón por la que Con Lugar a Dudas nos puede dejar más interrogantes que respuestas, y a su vez, nos brinda la oportunidad de aceptar que no tenemos la última palabra al respecto, que no esperamos con esto crear dogmas, sino más bien generar conversación a través de acercamientos, miradas divergentes, pues las oficiales ya las hemos tenido por siglos, pero llegó la hora de pensar un poco más allá de lo obvio, lo evidente. Sólo hablamos lo que no sabemos, por eso, ¡disfrutemos el viaje! Al final, Jesús es camino, no destino.

David A. Gaitán

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