06 Abuso sexual a menores de edad

Saludos apreciado pastor David. Sigo de cerca su trabajo editorial y me identifico con algunas de sus posturas, las cuales me han ayudado personalmente y en el desarrollo de mi ministerio.

Como parte del grupo de apoyo pastoral en mi iglesia, continuamente recibo llamadas de algunos miembros de nuestra comunidad pidiendo consejo en ciertas áreas, nada fuera de lo común. Sin embargo, le escribo porque en esta oportunidad, una familia se contactó conmigo porque su hijo sufrió acoso y tocamientos de orden sexual por parte de otro joven de nuestra iglesia, quien pertenece al ministerio de alabanza. Según me comentaban ellos, esto habría ocurrido durante un congreso en el que participaron en el mes de agosto de este año. Al parecer, hacia él solo fueron tocamientos insanos, pero tal vez no fue la única víctima de este comportamiento, sino que jóvenes que se quedaron en el cuarto de hotel con él, también. Sin embargo, nadie se ha atrevido a hablar.

Los papás piensan que este joven escogió muy bien a sus víctimas, personas tímidas que casi no hablan, no son muy activos en medio de las actividades de la iglesia. La verdad estoy en shock, no sé qué hacer, qué aconsejar. Creo que lo mejor que pude decir es que lo hablaran con el pastor, pero tengo una lucha en mi interior; ¿se debe denunciar para proteger más jóvenes?, soy padre y esto en verdad me preocupa. ¿Se debe otorgar gracia y misericordia? No sé la verdad y me tiene muy confundido el asunto. El agresor tiene unos 25 a 28 años y las víctimas entre 13 y 17 años. Me gustaría saber mucho cuál es su opinión al respecto y que desde su experiencia, pudiera traer un poco de paz sobre esta agitación que traigo dentro. Muchas gracias.

Víctor Urdaneta Manizales – Colombia

 

Apreciado Víctor, gracias por darme el honor de confiar un asunto tan sumamente dedicado, tanto para usted, como para su comunidad. Este tema demanda la más alta responsabilidad y juicio, ya que estamos hablando de vidas humanas que se están viendo afectadas en nombre de la fe, pero sobre todo, porque esas vidas son menores, los cuales deben recibir por parte nuestra, la mayor atención y cuidados posibles.

En línea a esto, debo advertir que este tema tiene muchas aristas, las cuales quisiera intentar abordar en la medida que el tiempo y espacio en líneas me lo permitan; pero además, entendiendo que este bien podría ser un primer acercamiento a la problemática y poder traer una solución definitiva, demandará del compromiso y acción de las comunidades, principalmente los padres de los menores.

En primer lugar, debo decir con toda la sensibilidad del caso y sin ánimo de juzgar, sino todo lo contrario, con el deseo de identificarme en misericordia con la situación, no solo de su comunidad, sino de muchas otras en nuestros países, donde esta actitud es generalizada; que encuentro sorprenderte que en medio nuestro tengamos que dar este tipo de discusiones. Quiero decir, para el mundo es claro: Hay que denunciar. Incluso para algunas otras expresiones de fe también lo es. Pero el hecho que nosotros nos estemos debatiendo la posibilidad de callar ante este tipo de agresiones, debería hacernos recapacitar sobre la calidad del mensaje que estamos recibiendo y transmitiendo, pero sobre todo, sobre nuestra comprensión del Evangelio.

Repito, aunque estas palabras en principio puedan resultar fuertes o emitidas desde el juicio, en realidad muestran una cara muy triste y vergonzosa dentro de muchas iglesias, las cuales están encadenadas a la esclavitud del discurso de la infalibilidad del “ungido” y desde el cual se infunde temor a cualquier acción que pueda afectarlo a él o a sus queridos.

En un segundo escenario, debo pensar en las comunidades de fe como tal, muchas de las cuales, incluso, la mayoría, cuentan con un gobierno episcopal, en el que el matrimonio pastoral es el que toma todas las decisiones. Hay otros casos en los que las determinaciones son colegiadas y se debería escalar el caso a estas instancias. No sólo para que se dé un correctivo, sino para examinar cuál serán sus acciones al respecto.

Desde su posición, apreciado Víctor, lo más sabio es que usted, como entiendo ya lo hizo, anime a los padres del hijo o los hijos afectados, a que pongan en conocimiento, tanto del pastor, como de la junta de ancianos, los hechos que han ocurrido y observen lo que ocurre.

En un contexto sano, libre de vicios y con un deseo puro de servir al Señor, se adelantaría una investigación interna del caso para poder determinar la responsabilidad, culpabilidad o inocencia del acusado, para luego escalar la denuncia a las autoridades penales del país en caso de encontrarse responsable de las acusaciones al joven de alabanza. Durante este proceso, el acusado deberá ser retirado preventivamente de sus responsabilidades ministeriales y acompañado espiritualmente, todo desde el beneficio de la presunción de inocencia y amor cristiano, respetando su legítimo derecho a la defensa y al debido proceso.

En un contexto insano o manipulador, se guardará silencio, se pasarán por alto las acusaciones y no habrá investigación, sino que se apelará a un discurso sobreprotector a favor del acusado y en detrimento de las víctimas. Incluso, en algunos casos extremos, se podría revictimizar a las víctimas acusándolas de comportamientos inmorales, antirreligiosos, impuros, demoniacos, etc.; y trayendo vergüenza sobre ellas y sus familias.

Si este último es el caso que usted observa, tanto usted, como su familia y las víctimas junto a sus familias, deberán abandonar inmediatamente esta comunidad de fe, la cual se convierte en una vergüenza al Evangelio y a la labor que Jesús nos llamó a realizar en medio de este mundo difícil y malvado.

Ahora, es importante que tanto usted, apreciado Víctor, como las víctimas de estos comportamientos y sus familias, sepan que estos procesos de denuncia nunca son fáciles. Pueden traer consigo momentos de vergüenza, rechazo y dolor. Nunca se sabe con qué se va a lidiar dentro de algunas comunidades de fe, pero como usted lo dice, denunciar siempre es el mejor camino a pesar de estas posibles situaciones, pues se estarán guardando las vidas de probables futuras víctimas, e incluso del victimario. Sin embargo estas decisiones son personales y respetables.

Sea cual fuere su decisión, en cuanto a hacer la denuncia o no dentro de su comunidad de fe; si consideran llevarla ante las autoridades judiciales y penales del país, se debe tener en cuenta que frente a estos casos siempre se deben presentar pruebas. Esto quiere decir que una denuncia de este tipo no se puede sustentar en la nada, sino que hay que aportar elementos que permitan que un juez verifique la veracidad de los hechos. En este caso, la ayuda de un abogado será determinante en el éxito de la diligencia. En caso que las familias sean de escasos recursos y no cuenten con el dinero para pagar uno, en las universidades hay consultorios jurídicos gratuitos en donde se les pueden prestar asesorías de este tipo y guiar para que el proceso no se enrede en el camino.

Hasta este punto, cualquier cristiano de a pie podría pensar que mi respuesta está soportada desde el juicio justo y la justicia, mas no desde la misericordia. En cuyo caso debo alegar que denunciar hace parte de expresiones de misericordia también.

Como comunidades de fe, estamos sujetos a leyes de la nación, las cuales han sido establecidas para el buen funcionamiento de nuestras sociedades y pensadas para que este tipo de acciones se puedan prevenir. Ese es el deseo cristiano. Por eso debemos hacer uso de ellas, no esperando venganza, sino sujetándonos a las regulaciones nacionales en estos temas y dejando que los entes judiciales hagan su labor determinando si quienes cometen este tipo de delitos deben estar privados de su libertad o no, con el fin de evitar que puedan continuar con su comportamiento nocivo.

Pero eso no es todo. Este tipo de momentos dolorosos, tanto para las víctimas y sus familias, como incluso para el victimario y su familia y amigos, debería llevarnos como comunidades de fe a reflexiones profundas acerca de nuestras propias concepciones de justicia, punitiva o restaurativa y nuestro papel dentro de la sociedad.

Quiero decir, el dejar que la justicia haga su trabajo es apenas el primer paso de estos dolorosos procesos, es aquí cuando la iglesia debe comenzar a hacer y hacerse preguntas, cuestionar procedimientos, dogmas e incluso discursos. Porque en última instancia la acción de abuso sexual por parte del joven adorador es lo evidente, pero, ¿qué hay detrás de esto? En ese sentido bien podría proponer algunos interrogantes a ser discutidos y que tienen que ver con los porqués alguien dentro de una comunidad de fe termina actuando de esta manera.

Este es el camino angosto, porque seguramente las respuestas a estas preguntas no nos van a gustar. Precisamente porque quizá, la misma comunidad de fe haya sido partícipe de manera activa o pasiva en este tipo de comportamientos. No sabemos si este joven haya tenido alguna inclinación homosexual, por ejemplo, y al haberla reprimido durante tiempo desde el miedo, lo empujó a actuar de esta manera indebida. Porque quiero dejar claro que no hay nada que justifique una agresión sexual, menos hacia un menor, pero se hace necesario ahondar en los porqués para poder generar planes de acción que nos permitan prevenir este tipo de eventos en el futuro.

Tampoco quiero decir con esto que todos los homosexuales que reprimen o no sus impulsos terminen generando acciones de abuso sexual contra otros, así como personas heterosexuales que reprimen sus impulsos sexuales no necesariamente terminan agrediendo a otros. Pero hay casos de abusadores sexuales en ambos lados y todas las posibilidades hay que considerarlas.

¿Y si este joven salmista padece una enfermedad mental y la iglesia ha satanizado este tipo de situaciones en escenarios condenatorios que impiden a la feligresía visitar psicólogos o psiquiatras libremente? ¿Estarían dispuestas nuestras comunidades de fe a revisar sus procedimientos, dogmas, discursos y demás con el fin de poder encargarnos de este tipo de situaciones, aún antes que ocurran? Si la respuesta es no, bien vale la pena evaluar la pertinencia de nuestra presencia siendo parte de ellas.

Porque desde nuestra fe y confianza, el Señor nos guarda de este tipo de situaciones, pero evidentemente, ni al agresor, ni a los jóvenes víctimas en su comunicación, Dios los guardó. Así como no ha guardado a decenas de miles de personas víctimas de este tipo de abusos en medio, incluso de comunidades de fe; tal y como lo denuncia el ministerio argentino “Placeres Perfectos” en cabeza de su director, el pastor José Luis Cinalli; quienes a través de la publicación de su investigación titulada “La Iglesia al desnudo”, muestra aterradoras cifras de abuso sexual, incluso en medio de congregaciones cristianas. Tal vez porque Dios no interviene en medio de esto, sino porque él acompaña*.

Por eso es hora que la iglesia comience a prestar atención a problemáticas de esta índole dentro de sí misma y entienda que a través de la educación, la información apropiada y el cuidado pastoral preventivo, muchas de estas situaciones se podrían prevenir.

Por otra parte, dar la discusión sobre justicia punitiva vs. justicia restaurativa desde los ojos de Jesús nos ayudaría a construir nuestra visión y decisiones políticas. Aprenderíamos que el castigo en sí mismo no tiene objeto, pero que la disciplina como herramienta de restauración es un arma poderosa en contra del mal; no esperando a corregir, insisto, sino prevenir. Este es un proceso muy largo, que podría tomar un par de generaciones, pero que sus resultados nos desembocarían en el establecimiento del Reino de los Cielos en la tierra. Sin duda.

Por eso, mientras esto ocurre, no hay mejor camino que el sujetarnos a la justicia terrenal en nuestros países, acompañando incluso al victimario en caso de ser hallado culpable, en la cárcel. Dándole soporte espiritual y generando para él un proceso de arrepentimiento y restitución mientras cumple su condena y observándolo en compasión una vez lo haga.

Por el lado de las víctimas, el perdón es lo deseable; sin embargo este no puede ser impuesto ni mucho menos coaccionado. Incluso, es una opción que cada quien tiene el derecho de aceptar o rechazar, sin que esto desemboque como consecuencia en el rechazo, aislamiento o juicio por parte de la comunidad, sino en acompañamiento y solidaridad en amor.

Para profundizar la problemática en medio de comunidades de fe, visite: ¿Qué trato se les debe dar a los abusadores de menores dentro de la iglesia cristiana?

David A. Gaitan
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*Lectura adicional recomendada: ¿Y si Dios no nos guarda?

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