05 Ya es hora de empezar a hacer algo al respecto

Estimados Conversación en Curso. Hace poco descubrí su página, y tiene la capacidad de vislumbrar ciertas cosas que permanecen en la “oscuridad”. Mi preocupación es la siguiente: Me salí de la iglesia hace alrededor de tres años, y mi fundamento era, “prefiero una mente pura, que una mente segura”. Esta última tiene que ver con la aceptación social de ciertas posturas eclesiásticas, que son bien vistas.

Eso me parecía muy desalentador en mi vida espiritual, y me incliné hacia una mente pura (esta definición es creada por Bonhoeffer). La cuestión es que yo quiero asistir a la iglesia, y lo que entiendo por “Iglesia”, es esa comunidad que comparte ciertas cosas en común, pero siempre tienen un punto de conexión. No he podido encontrar eso. No he podido encontrar personas que compartan en cierto grado tal pensar. Todo acá es muy atrasado, muy dogmático, y no cualquier dogmatismo, sino una lucha vulgar por asuntos meramente económicos para mantener concurrencia de los feligreses. Renuncié a la iglesia, pero el vacío no lo he podido llenar. Es por ello que su página me resulta de gran interés.

En definitiva, la pregunta sería: ¿“mente segura” o “mente pura”? Añoro encontrar personas que busquen a Dios y que duden que ya lo encontraron. Vivir en eterna búsqueda, eso sí, que la búsqueda sea alimentada por la gracia de Dios.

René Morales, Honduras

 

Como es costumbre, quiero iniciar agradeciendo tu interrogante. Y con esto no pretendo actuar atendiendo a una mera formalidad, sino que genuinamente cada pregunta refleja el anhelo, incluso la angustia de muchos que se identifican con ella. Pero esta en particular es extremadamente profunda y sentida, estoy seguro de que es un grito de muchas personas en nuestra amada Latinoamérica.

El arte logra llegar a donde nuestras mentes limitadas de información no. Esto me hace acordar de una frase del teólogo colombiano Alvin Góngora, quien reconoce que la poesía lleva cien años de ventaja, la filosofía cincuenta y la ciencia, unos diez. Más o menos es lo que dice, estoy parafraseándolo. Y lo traigo a memoria porque justamente estoy pensando también en que hay una pieza musical que sintetiza tu sentimiento, apreciado René, y así como dijo Góngora, esta canción se convierte en una vía de escape y entendimiento. Hablo de “sencilla y arrogante” de Jesús Adrián Romero.

La escucho y lloro, pues como ilustra el artista en su composición, la iglesia inspira amores y odios, predica venganzas y extiende su mano que cura… ¡Todo un cóctel de posibilidades que a la final nos deja un rastro de desconcierto! Tengo que admitir que en principio me costó trabajo entender, tanto la metáfora que usó Romero, como el sentimiento que la inspiró. Alguna vez hablando con él, me expresó su amor casi visceral por la iglesia, pero lo hizo en un momento en el que yo mismo estaba por el lado más bien de la decepción, tal vez esta combinación de sentimientos te resulta familiar.

Habiendo dicho esto, me veo en la obligación de abordar el tema con cierto respeto, pues hablamos de la iglesia de Cristo, nada más y nada menos, lo cual presupone una responsabilidad y delicadeza superlativos, si es que nos proponemos construir en vez de destruir. Por eso bien valdría la pena como primer acercamiento a este asunto, intentar llegar a un acuerdo sobre lo que entendemos como iglesia.

Hace unos meses atrás presenté una mini serie de dos entregas, en la que expongo algunas ideas sobre qué podría significar el ser iglesia en nuestros días. Si tienes un tiempo, te recomiendo buscarla en internet, se titula “La iglesia que soñó Jesús”. Sin embargo, una descripción no necesariamente nos dará una definición. Para eso, quiero echar mano de algunas palabras de Jesús que se encuentran en el evangelio de Mateo, capítulo 18, versículo 20. “Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”.

Definiciones sobre iglesia se han dado muchas, pero la simpleza y profundidad de esta frase particularmente me impulsan a entenderla como una explicación natural sobre lo que el Carpintero de Galilea tenía en mente. Desde esta premisa, si es que la quisiéramos aceptar, podemos construir sistemáticamente un conjunto de columnas y paredes para así llegar a la imagen de iglesia ideal (¿?). Permítete dar un ejemplo al respecto, por favor. Iglesia es reunión (dos o tres), iglesia es compartir la comida en las casas (libro de los Hechos), iglesia es encargarse de los huérfanos y las viudas (otra vez, libro de los Hechos). En resumen, comunidad.

Otra vez quiero evocar las palabras de Alvin Góngora. Él se cuestiona con cierta decepción sobre cómo es posible que en nuestros días, una que debería ser virtud, se condene desde los escenarios eclesiásticos como amenaza, maldición y pecado; me refiero a la rebeldía. ¿Acaso no fue Jesús rebelde a su religión? ¿Acaso no lo fue Daniel a su Rey? ¿Acaso Lutero y Calvino a su iglesia? A partir de este momento podemos entrar en zona de peligro, pero bien puede valer la pena.

Por eso, esta mezcla de reflexiones, e incluso, sentimientos deberían llevarnos a algo, porque no debemos olvidar la frase del viejo Libro, la letra mata y la letra muerta no sirve. ¿Qué quiero decir con esto? Que de nada sirven las largas reflexiones y postulados teológicos si no los traemos a la praxis de alguna manera. Recuerda que no debemos ser sólo oidores, sino hacedores… En ese sentido, me atrevo a juntar estas dos ideas en una misma frase, me refiero a las rebeldías y al hacernos cargo.

Es imperativo que recuperemos las rebeldías como un valor y le quitemos poco a poco la carga negativa que se le ha impuesto desde el discurso eclesiástico contemporáneo, pues es justamente la rebeldía la que nos dará esperanza y herramientas para levantar la voz y poner manos a la obra. Es decir, la rebeldía nos da el impulso iniciar para hacernos cargo, no la dejemos como sólo un ideario etéreo, traigámoslo a la realidad; a nuestras realidades.

Así que si no hay una comunidad que nos represente, pues bien; ¡creémosla! Es tiempo de hacernos cargo y que a través de nuestro trabajo, nuestra propia inconformidad tome manos y pies para traer el reino de los cielos a la tierra, para que a través de nosotros mismos, Jesús sea mostrado. Sigamos el consejo del Apóstol Pablo y ¡seamos el Cuerpo de Cristo!

Personalmente estoy agradecido y conmovido, casi hasta las lágrimas, por poder ser testigo de esas rebeldías que están brotando como pequeñas semillas a lo largo y ancho de toda América Latina. Son grupos de cristianos llenos de preguntas y cansados del establecimiento religioso, quienes se reúnen en las sombras cobijantes de la clandestinidad para formar comunidad.

He conocido grupos heterogéneos que están hablando de Jesús en los bares argentinos, alrededor de una cerveza o un pedazo de pizza; los he visto reunirse en medio de casas campesinas en las selvas colombianas, me he enterado de sus actividades por debajo de cuerda en alguna cafetería de Madrid o Barcelona; incluso, en apartamentos en Costa Rica o México.

Sí, apreciado René. Hay decenas de personas que como tú y como yo, no se conformaron a la religión y sus discursos homogeneizadores, sino que están incubando rebeldías en la periferia, al lado del camino, en las cuevas y en los parques. Los encuentro por todos lados. Cada cierto tiempo recibo una llamada vía Skype, un mensaje de chat o un correo electrónico de algún líder en algún lugar apartado de nuestra geografía contándome que esta vez brindaron con una copa de vino y discutieron sobre la sustitución penal o sobre escatología.

Otros más osados se atreven a hacer reuniones en plena luz del día, promoviéndolas a través de redes sociales e invitando a una tarde de birras y fe. Pero el espíritu revolucionario de Jesús está alimentando estos grupos que por iniciativa propia y de una manera orgánica y desinstitucionalizada, están haciendo preguntas, brindando abrazos y alimentándose de sonrisas desde las humanidades propias y de sus pares, allí en lo oculto, en medio de lugares y horas prohibidas, formulando interrogantes políticamente incorrectos.

¿No hay un grupo así en tu ciudad? ¡En hora buena! Es tiempo que inicies uno, convocando a personas cercanas o lejanas, conocidos o extraños, ricos o pobres. No temas, trae a las prostitutas y a los contagiados de VIH, invita a los zarrapastrosos y a los indeseables. Reúnete con los metaleros y los tatuados, convoca a los mechilargos, a los rebeldes, no te olvides de los viejitos del ancianato o de los que no tienen los zapatos de moda. Trae a los raperos, a los millonarios, llama a los LGBT y a las que abortaron, que no falten las de mini falda y los que tienen aretes o piercings, pero no vayas a dejar de lado a los encorbatados y los ejecutivos. Es tiempo que te hagas cargo.

Quisiera poder tener espacio en tiempo y líneas para contarte las historias que he oído alrededor de esto. Hijos de pastores que sostienen relaciones sexuales habitualmente sin que sus padres se enteren, el domingo están tranquilos en la celebración, pero el sábado en la noche hablan de Jesús en uno de estos grupos. También sé de líderes de alabanza, que aunque aman sus cultos y la posibilidad de ministrar adoración profética, encontraron en estos espacios un lugar donde descansar y hablar de aquello que no se puede preguntar en la reunión de jóvenes de la iglesia. Incluso, te puedo hablar de uno que otro pastor, que aunque no puede predicar de ciertos temas abiertamente el domingo, en medio de estos espacios se siente libre de compartir sus ideas y pensamientos.

Los hay también que no quieren volver a una iglesia porque ha sido tal el daño que recibieron en ella, que como medida de autoprotección se resguardan lejos; pero que no pueden negar el amor de Jesús. He conocido jovencitas que quedaron en embarazo mientras ejercían un ministerio en el grupo de danza y fueron expulsadas, pero en medio nuestro han encontrado el abrazo del Padre, porque entendieron que no hay un hombre que puede, en verdad, ser superior a otro moralmente, todos tenemos nuestros secretitos sucios. Por más que los vistamos de piedad y supuesta santidad.

Así que si vamos a hablar en términos de Bonhoeffer, tengamos nuestra mente pura, purificada en Jesús y siguiendo sus pasos, pues llega un momento en la vida en que la protesta tiene que tomar manos y pies. Manos para abrazar y pies para llevar el pan y el agua que hemos acumulado todo este tiempo para dar a otros.

David A. Gaitán
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