03 No pudimos cumplir con lo que nos comprometimos

¡Hola amigos! El dogma y el pecado son grandes temas que aún me siguen incomodando, pero entre estos dos me gustaría saber, ¿cuál es el verdadero pecado?

Si, supuestamente, ya no estamos bajo la ley sino bajo la gracia.

¡Muchas gracias!

David Acosta, Chile

 

Buenos días David, gracias a ti por animarnos a entrar en estos importantes temas. Al final del día todos tenemos nuestros dogmas, incluso los más liberados ateos u agnósticos, han convertido sus ideas en principios inamovibles, que a la postre, como todo buen paradigma, se arraigan a su sistema de creencias o pensamientos.

Pero en ese sentido, bien vale la pena, como dice la canción, ir des.pa.ci-to. Así que abordemos los cuestionamientos en orden como propones, primero el del pecado y luego el del dogma; aunque los dos son uno, el mismo, pero diferentes. Y perdón por el oxímoron.

De los significados más comunes de pecado, se destaca uno, este es, fallar en el blanco, derivado de la palabra griega hamartia. La misma Biblia presenta también una definición bastante interesante en la primera epístola de Juan, capítulo 3, versículo 4, donde reseña que el pecado es infracción de la ley.

Entonces de pecado se han hecho bastantes aproximaciones hermenéuticas, la mayoría de ellas en relación con la moral y la ética, construidas, curiosamente desde las mismas Escrituras, principalmente de la visión cristiana de ellas. Así, de acuerdo a la corriente cristiana, hay pecado que ofende a Dios al violarse o quebrantarse la norma que quedó claramente establecida en las líneas del viejo libro. Desde esta óptica se tienen un sinnúmero de comportamientos pecaminosos, una lista de qué hacer y qué no hacer para así evitar enfurecer a Dios y recibir castigo divino a cambio de ello.

Con el pasar de los años y de acuerdo a las diferentes lecturas, se iban agregando más elementos a esta lista. Comenzando desde la prohibición del asesinato y el robo, pasando por la mentira, los engaños matrimoniales y llegando hasta el bailar, escuchar música secular o tomar una copa de vino, eran comportamientos igual de condenables e igualmente merecedores del castigo eterno, pues para Dios no hay pecados grandes ni chicos, sino que todos ofenden al Señor de igual manera.

Así, cada vez que algún cristiano transgredía algún elemento de la lista, recibía como primera medida en pago por ello una buena dosis de culpa y eso lo llevaba al remordimiento-arrepentimiento que lo impulsaban al altar, cada vez que un emotivo predicador tocaba sus fibras desde el púlpito, para así llorar amargamente al final del culto, durante el tiempo de ministración, con una bella melodía de piano amenizando el momento y con la ilusión de no volver a caer en lo mismo, pero pecando nuevamente el siguiente martes en la soledad de su vida cotidiana; para así, volver a tachar de la lista de prohibidos aquella conducta vergonzante.

De esta manera se vivían las semanas hasta el encuentro o campamento, en el que nuevamente el remordimiento y la melancolía hacían de las suyas, conmoviendo a los individuos de tal forma, que se hacían, e incluso firmaban resoluciones de no fallar más, las cuales se rompían a los dos o tres meses, cuando había pasado la euforia y la realidad de la flaqueza humana se hacía evidente.

Podría gastar líneas enteras describiéndote ejemplos de pecados, arrepentimientos y recaídas, completando ciclos enteros de frustración, llanto, desahogo en el altar y empoderamiento que no terminaban en nada, pero que a decir verdad se sentían bien. Porque hay algo macabro en todo esto, y tiene que ver con la emoción que se experimenta en aquellos encuentros y predicaciones emotivas, las cuales son como una buena película que entretiene, pero que al fin de cuentas sólo deja eso.

Sin embargo, en medio de esto hay una lectura que comienza a sobresalir y que nos deja casi contra la espada y la pared; se trata de cómo habría Jesús abordado el tema y las opciones que nos dejara en frente. El teólogo chileno César Soto escribe un maravilloso libro, Metáforas, en el que propone un acercamiento a los relatos del Carpintero de Galilea como fuente inagotable de conocimiento, pero por sobre todo, reflexión.

Este último aspecto es de destacar de sus postulados, pues propone que cuando nos acercamos al Jesús de los evangelios debemos ir más allá, debemos pasar por el filtro de nuestra propia conciencia aquello que consideramos pecado y esto presupone un mayor nivel de responsabilidad, ya que tal acción es consecuencia de la libertad que el Hijo del Hombre nos prometió.

Me explico. Antes, la ley nos daba una lista de pecados, nos decía exactamente qué hacer o qué no hacer (aunque exactamente se lo decía a las sociedades que eran el objeto de los textos, a las que estos iban dirigidos); con el Maestro de Galilea la cosa se complica un poco, ya que él no nos dice qué hacer exactamente o qué no, sino que nos invita a reflexionar sobre en qué estamos errando al blanco.

Porque si de la definición a la que ya hice referencia en Primera de Juan se trata, la infracción de la ley presupondría el quebrantar los mandamientos de Moisés y todas las leyes que los complementaban; Sin embargo, a Jesús le hacen la pregunta, ¿Cuál es el más grande mandamiento? (Mt. 22 / Mr. 12), de cuya respuesta hoy deberíamos nosotros venir a beber. Amar a Dios y amar al prójimo. De este depende toda la ley y los profetas.

Te recuerdo, apreciado David, que estoy simplemente construyendo una reflexión teológica, hay muchas más lecturas al respecto. A propósito, ¿ya leíste la introducción a esta serie? Por eso desde la respuesta que dio Jesús a los escribas y fariseos que lo cuestionaban, deberían nacer más interrogantes para nuestra vida cotidiana, ¿estoy con mi comportamiento ofendiendo a Dios o a mi prójimo?

Porque en últimas, pecar es eso. Transgredir el mandamiento que claramente estaba direccionando aquel predicador itinerante de Nazaret. Claro está que las declaraciones revolucionarias del Maestro tienen sus aristas, porque en primera instancia resultaría fácil identificar cuándo ofendemos al prójimo, pero, ¿y qué de Dios? Aquí entra nuevamente el misticismo, en donde el enviado del Señor nos puede revelar qué es pecado y qué no.

Esto podría llegar a estar bien si las mismas Escrituras no nos dieran pistas al respecto, pero particularmente me gusta lo que declara otra vez Juan en su primera epístola, en el capítulo cuatro; en donde, hablando sobre el amor de Dios y el del hombre, concluye: Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano.

Con esta sentencia el autor correlaciona en implicación doble que se ama a Dios, sí y sólo sí se ama al prójimo. Pecar es ofender a Dios, cuando se ofende al prójimo, ya que esta acción iría en detrimento o en contra del amor. Sólo se puede pecar contra Dios, cuando se peca contra el hermano.

Así las cosas, erramos al blanco cuando somos malas personas con los demás, cuando nuestras acciones hieren a los otros por causa de nuestro egoísmo, cuando ofendemos, herimos con palabras, acciones, y por supuesto, físicamente. Estamos errando al blanco con nuestro cónyuge cuando no damos la vida por él o ella, erramos al blanco con nuestros hijos cuando los tentamos a ira, cuando no los educamos, cuando no los amamos ni se los demostramos. Estamos errando al blanco cuando no desarrollamos el fruto del espíritu en nuestra vida.

Ya no tenemos una lista de qué hacer o qué no hacer; ahora debemos reflexionar sobre qué cosas de esas que hacemos van en detrimento de los demás y por consiguiente ofenden a Dios.

Desde esta perspectiva se puede pensar, e incluso llegar a cuestionar muchas de las cosas que consideramos pecado. En este punto, habría que tener en cuenta otro elemento, el que añade el evangelio de Mateo en el capítulo 22. “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esta sentencia nos debe obligar en aquellas acciones que atentan contra nosotros, las cuales, desde una lectura lineal, se convierte también en pecado contra Dios.

¿Lo que hago me daña a mí mismo o a alguien más? Entonces podría estar pecando, errando al blanco. Jesús nos salva del pecado. Desde esta conclusión, leer al apóstol Pablo diciendo “todo me es lícito, pero no todo me conviene” (1 Corintios 23); toma unas connotaciones mucho más profundas y con sentido.

Así mismo, el apóstol en la misma primera carta a la iglesia en Corinto, en el capítulo 8, versículo 7 en adelante advierte que no hay problema en comer o no determinada cosa, pero si ello es piedra de tropiezo para el hermano es mejor no hacerlo (al menos no enfrente de tal hermano). Claramente eleva esto a la conciencia personal, cada quien es responsable de discernir sobre la ley que propone Jesús, la del amor, qué daña al hermano o a sí mismo y qué no.

Vivir de esta manera presupone la responsabilidad que trae consigo la libertad, a tal punto que el individuo que busca a Dios, debe irremediablemente desarrollar el dominio propio, pues se convierte este en un asunto de convivencia.

Hay que añadir un elemento más a la conversación. Si el pecado es personal, también, y principalmente, es comunitario. Esto nos direcciona una vez más a Jesús. En la oración del Padrenuestro, el Hijo del Padre nos estaba hablando un poco de esto. Si prestamos atención a este ejemplo de cómo debemos hablar con el Dios del cielo, encontraremos que esta se hace en plural.

Reconocemos juntos al Padre como nuestro, alabamos en comunidad, pedimos la venida de su Reino a todos, anunciamos su voluntad y le solicitamos que el pan no nos falte (aquí subrayo, no de manera individual, sino comunitaria). Entonces la iglesia se convierte en el cuerpo de Cristo en la tierra y ella también se hace proclive a errar en el blanco, cuando ve que un miembro se duele y los demás no lo acompañan.

Así, el pecado comunitario del que somos culpables todos, nos impide traer transformación como la que Jesús condujo en sus días por la tierra. Nuestra trasgresión es la indolencia. Vuelvo al teólogo César Soto, quien nos advierte que cuando oramos a Dios antes de comer los alimentos, pidiéndole que provea a quienes no lo tienen, él nos responde algo así como “tú eres mi cuerpo (la iglesia) así que esta es ahora tu responsabilidad; es decir, yo lo haré, pero a través tuyo”. En vez de eso, estamos comprando comida de más y la estamos desperdiciando en la basura. Estamos errando al blanco.

Desde esta perspectiva, no hay cabida al dogma, porque ahora no tenemos esa lista de hacer o no hacer; tenemos en frente una reflexión profunda continua, arrepentimiento y cambio, tomar el rol que nos corresponde y entonces darnos cuenta que entre más estamos cerca al Dios de Jesús, más compasivos, amorosos, misericordiosos y serviciales somos. No hay dogma, no obedecemos ni servimos por temor al castigo ni por hambre de recompensa, sino que lo hacemos porque tenemos identidad, nos identificamos con aquel que dio su vida y por gracia nos dio lo que tenemos, nos brindó su salvación.

Esto nos libera de la ley del pecado y las dispensaciones de la gracia, la segunda venida, la tribulación y demás escatologías. Mientras esperamos que él regrese, nos proponemos saber que somos su representación en la tierra, la manifestación de los hijos de Dios, su segunda venida.

David A. Gaitán
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