01 La Sangre de Cristo tiene poder

Saludos Conversación en Curso,

1.- ¿Qué necesitamos entender cuando me hablan que la sangre de Cristo es la que me limpia? ¿Qué representación mental y perceptual es saludable tener cuando me hablan de la sangre de Cristo?

2.- Cuando se me habla de que por la fe en Jesús y en su sangre soy salvo, ¿De qué estoy siendo salvo?

3.- ¿Qué significa la salvación? ¿Ser salvo de qué o de quién?

Esas preguntas tengo y siento plantear por ahora. Gracias.

Carlos Miranda Cromilakis, Chile

 

Gracias por tus interesantes interrogantes Carlos. Me he propuesto presentar una introducción a esta serie, de la cual debo recomendar su lectura, casi que obligatoria, para desde ella, construir algunas respuestas. En dicha introducción sustentamos un poco la importancia de los diferentes acercamientos a los textos bíblicos, así que la invitación es a pasarse por allí para que tengas una idea más o menos contextualizada de lo que sigue.

Generalmente en nuestros barrios latinoamericanos, por haber sido mayormente evangelizados en los últimos años por norteamericanos pentecostales, hemos desarrollado un pensamiento sobre diversos temas bíblicos desde el misticismo.

No quiero entrar en detalle sobre si esto está bien o mal, sino que principalmente encuentro que la semilla pentecostal, junto a su subsecuente neopentecostal y carismática, en un sentido antropológico fue pragmática para las poblaciones en las que fue sembrada aquí, en nuestros países.

¿Qué quiero decir con esto? Nuestros pueblos tienen ascendencias indígenas, las cuales desarrollaron modos de entender el mundo desde el misticismo, lo desconocido, lo sobrenatural. Evidencia de esto lo encontramos en los mitos y leyendas propias. La patasola, la llorona, la mujer sin cabeza y otros relatos hablan de la conexión que existía entre los primeros habitantes de nuestros territorios y lo desconocido.

Así, cuando lecturas bíblicas se hacen en esos mismos escenarios, sin duda tienen aceptación porque brindan respuestas. Por eso, la frase “La Sangre de Cristo tiene poder” está cargada de un componente sobrenatural que actúa desde el mundo espiritual y trasciende al físico para que nos proteja del mal. Es la lucha eterna entre el bien y la maldad, en donde, por tratarse de Cristo, el hijo del Dios omnipotente, siempre tendremos la de ganar los buenos. A eso me refiero con lectura mística. No es metáfora, pero es etérea y a su vez pragmática, ya que tiene alcances reales o prácticos.

Sin embargo, dicha lectura que ha devenido casi en un dogma, ha sido actualmente fuertemente cuestionada por algunas corrientes reformadas y calvinistas, las cuales están tomando cada vez más fuerza en nuestras ciudades y pueblos. Para ellos, habrá que eliminar todo componente místico y entender que la sangre de Jesús fue derramada una vez y para siempre, así que usarla como una suerte de muletilla o talismán, ubicaría a los cristianos al mismo nivel de los espiritistas y rezanderos. Para esta posición, la sangre de Cristo tuvo un fin redentor expiatorio y lo demás es buscarle la quinta pata al gato.

Pero, caminando un poco, en otra vereda me encontré con un teólogo chileno, Ulises Oyarzún, quien explica que para hacerse una idea bien interesante del asunto, habrá que intentar meterse en la mente de los habitantes del mundo en los tiempos bíblicos. Recordemos que en las Escrituras, la sangre significa vida; en otras palabras, la vida nadaba por las venas alrededor de la sangre.

Esa es la razón por la cual en la Biblia, tanto en el Antiguo, como en el Nuevo Testamento, se menciona lo inapropiado de consumir la sangre del animal, así como la importancia del derramamiento de sangre en el holocausto. Es literalmente que se derrama la vida por…

El simbolismo es extraordinario. Cuando se invita a recurrir a la sangre de Jesús, se está animando a observar su vida, sus acciones, actitudes, discursos, costumbres, etc. Es encontrarlo a él viviendo, y a su vez, esa vida nos salva… “Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” Jesús (énfasis mío).

Entonces esa vida nos guarda del peligro, ¿cómo, de un modo místico? Tal vez, pero ¿y si más bien el vivir la vida de Jesús nos guarda de dichos peligros? ¿O a lo mejor, nos da herramientas para actuar frente a ellos?

El apóstol Pablo dice que la consecuencia del pecado (errar al blanco) es la muerte (separación). Si así es la cosa, Jesús nos salva de ese pecado y de esa muerte, pues a través de su vida, aprendemos cómo vivir de manera que pequemos menos y en consecuencia, nos separemos menos de las personas y de Dios, objeto de nuestra ofensa.

El sermón del monte es otra gran herramienta de pacifismo activo. Si lo aplicamos, habremos reducido el efecto del mal, pues estaremos atacando la causa del mismo y habremos aprendido a reaccionar con bien al mal que nos sobreviene, cortando con el ciclo de violencia y venganza, el cual, en vez de traer el bien, perpetúa el mal.

Entonces el sentido más práctico de la sangre de Jesús tiene poder, sería, la vida de Jesús me da poder para tomar el control de las circunstancias y convertirme en agente activo del bien y no del mal, o cuando aquel mal que no controlo me golpea, reacciono ante él a la manera de Jesús y de esa forma no perpetuo dicho mal sobre mí mismo y sobre otros.

Esto nos desemboca en tu segunda pregunta, ¿de qué nos salvó Jesús? La respuesta que siempre tenemos en el bolsillo es la de la trascendencia, es decir, la vida después de la muerte. Otra vez, y en cierta medida, desde el misticismo.

Sin embargo, ¿y si el mensaje del Reino de Dios que anunció Jesús nos habla más bien de la inmanencia, del aquí y ahora? Hay algunos detalles que nos dan indicios sobre la primera, la cual ya conocemos de memoria. Cielo, infierno, paraíso, nueva Jerusalén, apocalipsis, etc. Pero a su vez hay otros indicios que nos pueden llevar a creer que también se trata de la segunda. A propósito, ¿ya leíste la introducción a esta serie, específicamente la parte sobre la diferencia entre creer y probar?

Para descubrir los indicios sobre la segunda posibilidad habría que remitirnos a acercamientos históricos de Jesús y su contexto, pero también de la iglesia primitiva y los primeros creyentes. Al parecer los textos iniciales escritos del Nuevo Testamento son autoría de Pablo, un hombre que no conoce personalmente al Maestro de Galilea, sino que tiene un acercamiento con Dios a través de la teofanía. En medio de su ejercicio eclesiástico, construye una teología desde la expectativa del inminente regreso de Jesús en las nubes.

Sin embargo, pasa el tiempo y el Señor no se manifiesta en los aires y las iglesias comienzan a tener discusiones, inician diversas expresiones de fe divergentes dentro del mismo nuevo movimiento y sobre todo, quienes caminaron con Jesús se dan cuenta que no hay documentación de su experiencia con el Maestro. Así que de manera reaccionaria, escriben los evangelios. Esto es tardío, alrededor del año 70 y hasta el año 100 de nuestra era. De este modo, se vuelve a la importancia de la vida del Maestro desde su humanidad, sus pasos, palabras, acciones; y se toma un poco de distancia de la visión neoplatónica, la cual queramos aceptarlo o no, seguramente influenció al apóstol de los gentiles debido a su formación académica, si se quiere.

Es entonces cuando resulta importante ver que si la salvación que planteaba Jesús estaba dirigida a su contexto aquí y ahora (el de él) y esa salvación nos alcanza a nosotros en nuestro propio contexto; ¡ya hemos sido salvos!

Esto quiere decir que Jesús nos salva del pecado, o sea, errar en el blanco con nuestros allegados, familia, amigos, personas del común e incluso enemigos. Nos salva de ofenderlos, pecar contra ellos y en esa expresión, contra Dios mismo. Para entender esto último, bien vale la pena considerar la declaración en 1 Juan 3:17 y 4:20.

También nos salva de la muerte, es decir, de la separación de las personas contra quienes erramos al blanco, a causa de dicho pecado. Nos salva de las consecuencias funestas de la tristeza que causa el mal y convertirnos en sus reproductores. Pero también nos salva de nosotros mismos. Alguien alguna vez me dijo, un poco en broma, pero muy en serio, ¿usted quiere ver al diablo? ¡Mírese en un espejo! O sea, yo soy todo el diablo que necesito para irme al infierno, o mejor, hacer de mi vida un infierno, por eso, ¡Jesús me salva del diablo!

Pero una de las cosas más importantes, y perdón si sueno reiterativo, pero ¿ya leíste la introducción?, porque Jesús nos salva de tener una mala imagen o una incorrecta del Padre, tal como ocurrió en la parábola de los talentos en Mateo 25, en donde la destrucción del siervo inútil se debió justamente a esa mala imagen que tenía del Señor y que le inspiró miedo. Recuerda que de la imagen que tengamos de Dios, dependerá nuestra relación con él y con los demás.

Para el tema de la salvación más a profundidad y algunas visiones con respecto a la expiación vicaria, recomiendo leer sobre las diferentes teorías de la expiación y además la serie del escritor de la Conversación en Curso, Yoe De simone al respecto.

David A. Gaitán
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