¿Por qué necesitamos creer en el infierno? (Parte 2)

¿Por qué necesitamos creer en el infierno? (Parte 2)

¿Qué causa que una persona no solo defienda la idea del infierno, sino que en realidad quiera que exista un infierno, necesite creer en el infierno? ¿Qué lleva a una persona a defender inflexiblemente el infierno como algo bueno y correcto? La vez pasada, planteé una razón, la cual es el miedo. O sea, temes por una persona que te importa, temes que se esté dirigiendo en la dirección incorrecta, e intentas comunicar esa urgencia a través de la amenaza y el miedo.

La cuestión aquí no es si el peligro es real o no, sino si el miedo y la amenaza son medios efectivos para guiar a una persona a cambiar y arrepentirse. Los que predican sobre el infierno claramente creen que lo es. Sin embargo, hay un montón de evidencia acerca de que infundir miedo en una persona puede hacer mucho daño. Si queremos ver a la gente arrepentirse, si queremos ver a la gente volverse hacia el amor, si queremos ver chicos malos convertirse en chicos buenos, la manera de hacer eso no es sembrando semillas de miedo (conseguirás lo que plantas), sino sembrando semillas de amor. El amor produce amor. El miedo produce miedo.

¿Existe un infierno? No lo sé con certeza. Nunca he estado ahí. Pero sé que el infierno puede ser muy real para las personas en la tierra.  La gente es capaz de mucha maldad y daño. El reciente tiroteo en San Bernardino, por supuesto que nos viene a la mente. Hay un profundo mal sobre todo el mundo. Hay tráfico humano. Hay abuso infantil. Es asombroso el solo contemplar cuanto infierno hay, cuánto daño hay en el mundo, incluso en la calle al otro lado de tu puerta.

Esto plantea dos preguntas desde una perspectiva cristiana. Una es ¿cómo hacemos que la gente deje de dañarse a sí misma y a otros? Mantengo que el miedo no es un medio efectivo. Como dice Pablo: es la bondad de Dios que nos guía al arrepentimiento (Rom 2: 4). Sin embargo, otro aspecto que esto trae a colación es el odio y la venganza.

Es una reacción humana natural responder a los actos humanos de maldad con furia. Vemos gente inocente siendo lastimada y nos hace enloquecer. Cada padre puede sentirse identificado con Jesús cuando dice que cualquiera que dañe a un niño debería atarse una roca al cuello y lanzarse al mar. Eso es ira, e ira es solo un sinónimo de furia. Sentimos furia cuando nos sentimos explotados. Tenemos un deseo de hacer pagar, de retribución, de venganza. Probablemente la mayor razón por la que la gente necesita creer en el infierno, la razón por la cual quieren que haya un infierno, sea porque quieren que esas personas que han cometido esos terribles actos dañinos sufran. Si no lo hacen, ellos creen, sería injusto.

Esa es la razón por la cual la gente de la época de Jesús se enojaba tanto con él por hablar sobre la gracia y el amor hacia los enemigos. Lucas nos cuenta eso sobre una ocasión, donde Jesús predicó su primer sermón sobre la gracia, la gente se puso “furiosa” y trató de asesinar a Jesús arrojándolo por un acantilado. Un público difícil. Ellos no querían gracia, querían ira. Ellos no querían ver a los Gentiles recibir la misericordia de Dios y la redención, querían que recibieran la retribución divina. Querían infierno.

El deseo de infierno es común. Podría decirse que es instintivo. No solo pensamos en ello como una reacción animal, incluso lo asociamos con justicia. La idea de justicia retributiva puede encontrarse en todo el AT, y en toda cultura, incluida la nuestra. De hecho, podría decirse que EE.UU. es, entre las naciones desarrolladas, la mayor defensora de la justicia que se comprende como castigo.

El castigo puede entenderse legítimamente como una forma de justicia. La pregunta es si es la mejor o más alta forma de justicia. Es mejor que no hacer nada, ¿pero hace que las cosas sean mejores? ¿Hace al mundo más seguro y a las personas mejores? Hasta cierto punto, sí. Pero hay un punto adonde puede empeorar las cosas, produciendo un ciclo de venganza y violencia creciente, todo en el nombre de la justicia. Esa búsqueda de justicia retributiva en sí misma produce un infierno.

Si nuestra meta es crear justicia, detener el daño, hacer que la gente sea buena, entonces la pregunta es: ¿hay una mejor manera de hacer justicia que el castigo y la ira? Ahí es donde entra el evangelio. Si entiendes el evangelio, entiendes que lo que propone es lo opuesto al infierno. Propone que la manera en que Dios corregirá las cosas no es dañando a los chicos malos con ira y castigo, sino convirtiendo a los chicos malos en buenos con amor inmerecido (es decir gracia). Notar que esto decididamente no es lo mismo que no hacer nada. La gente imagina que la elección es la venganza o no hacer nada y renunciar a la justicia, pero eso no es en lo absoluto lo que el evangelio propone. Se trata de un cambio que lleva a que las personas cesen el daño y actúen con amor hacia otros. La gracia y la misericordia no están en conflicto con la justicia, sino que implican una redefinición de la justicia. La justicia del evangelio, la justicia que Pablo llama en Romanos “la justicia de Dios” es justicia restaurativa más bien que justicia retributiva.

La justicia restaurativa es una forma más alta de justicia que la justicia retributiva. El evangelio de los salvíficos actos de gracia de Dios en Jesús hacia la pecadora humanidad es una forma más alta de justicia que la del infierno, la ira y la venganza. Es una forma más alta de justicia porque funciona mejor, es más efectiva. Tiene éxito en donde el infierno falla. Eso es lo que la hace más alta, más avanzada, más desarrollada y superior a la del castigo y el infierno.

Aquellos que quieren ira, aquellos que necesitan el infierno, ven esto como malas noticias. Significa que no obtendrán el justo castigo que anhelaron. Pero Pablo argumenta que este evangelio en realidad son buenas noticias porque todos somos chicos malos, todos hemos lastimado a otros. Puede que tú quieras que alguien sufra, dice Pablo, pero también hay alguien que quiere que sufras por lo que hiciste. En esa economía de venganza todos perdemos. En la economía de gracia todos ganamos. No por pasar por alto el daño y la maldad, sino por encontrar una forma de deshacerlo.

¿Si creo en el infierno? Sí, en el sentido de que creo que claramente hay daño, sufrimiento y maldad muy reales. Creo que el sufrimiento y la maldad existen. Pero ¿si creo en la justicia del infierno? No, creo que hay una justicia superior revelada en el evangelio. Insisto en que creer en el evangelio implica descreimiento de la justicia infernal. Implica pasar de la ley a la gracia, de una comprensión inferior de la justicia basada en el castigo a una superior y más moralmente desarrollada comprensión basada en la restauración y el amor. Así que podría decirse que creo que existe el infierno, pero no que el infierno sea bueno. Creo que el evangelio revela que el infierno es eso a lo que Dios se opone, no a lo que está a favor. Creer en la justicia del evangelio es descreer de la justicia del infierno.

Lo que Víctor Hugo escribió en la introducción de su brillante novela Les Misérables personifica para mí lo que significa tener el corazón por los perdidos de Cristo:

“Una sociedad que tolera la miseria, una religión que tolera el infierno, una humanidad que tolera la guerra, para mi es una inferior. Con todas las fuerzas de mi ser quiero destruir esta depravación humana. Maldigo la esclavitud, ahuyento a la miseria, sano la enfermedad, disipo la oscuridad, odio el odio.”

Creo que el amor es más fuerte que el infierno. La luz brilla en la oscuridad, y la oscuridad no la puede vencer.

 

Fuente original:

http://www.therebelgod.com/2015/12/why-do-we-need-to-believe-in-hell-part.html

Derek Flood

Derek Flood

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