¿Pero…soy bonita?

¿Pero…soy bonita?

Crecer siendo una chica. (Acerca del cuerpo, las mujeres, el amor, el feminismo y los estándares de belleza de la sociedad).

“Quiero disculparme con todas las mujeres

a las que he llamado bonita

antes de llamarlas inteligente o valiente.

Lo siento, lo hice sonar como si

algo tan simple como aquello con lo que naces

fuese lo máximo de lo que tienes que estar orgullosa cuando tu

espíritu es capaz de aplastar montañas.

De ahora en adelante diré cosas como

eres resistente o extraordinaria,

no porque no crea que seas bonita,

sino porque eres mucho más que eso”.

-Rupi Kaur

No podría ser más consciente de mi cuerpo. Y no podría encontrarme menos en mi cuerpo, allí presente. O así ha sido. El yoga ayuda. La meditación ayuda. Los círculos de mujeres que sostienen mis historias compasivamente ayudan.

Tenía muchos intereses cuando era niña y nada de eso tenía nada que ver con mi apariencia. Disfrutaba mucho fotografiando la naturaleza, pisoteando riachuelos en el bosque, mirando las nubes mientras eme tumbaba en la hierba fría, saltando en el trampolín y mirando películas de Disney con mi familia. Estaba completamente obsesionada con las novelas de misterio y adoraba el tiempo a solas en mi habitación con un millón de velas encendidas. Ir a la iglesia con mi familia era genuinamente una de mis actividades favoritas, y las discusiones sobre la existencia de Dios y el amor de Dios por la humanidad eran realmente cautivadoras para mí. Me encantaba cualquier cosa al aire libre siempre que no involucrara deportes. Estaba convencida de que los animales tenían a Dios en ellos y quería que todos ellos estuvieran lo más cerca posible de mí. Mi madre era mi ser humano favorito en el planeta y tenerla cerca de mí era lo más importante en todo el mundo. Prefería su compañía a la de mis amigas de mi propia edad, pero oh, cómo amaba a mis amigas también. Las novias eran como tesoros y me sentía rica. Todas estas partes de mi vida me hicieron lo que fui: una chica salvaje, libre y enérgica que amaba la vida.

Sin embargo, en el interior, de manera lenta pero segura, mi voz era rehén de la voz que preguntaba una y otra vez, “¿pero soy bonita?”.

El crecer siendo una chica significaba estar constantemente al tanto de cómo mi cuerpo se veía en el mundo que me rodeaba y de que mi aspecto externo particular coincidiera con el de los estándares perversamente crueles de la sociedad. No lo busqué, no elegí esto, pero uno de mis primeros recuerdos es sentirme especial porque era bonita, me lo decían. En la TV, en la iglesia, en mi casa, en la escuela y en todas, todas partes. Eventualmente, interioricé el mensaje que ya me habían enviado un millón de veces: mi valor estaba en mi cuerpo y en lo que mi cuerpo podía hacer por la especie masculina. Mientras me interesaba en la literatura, la teología, la religión y la naturaleza a medida que crecía, lo único que me parecía interesante de mi era mi apariencia externa. Solo mi apariencia.

Kate junto a su esposo Colby

“Es tan bonita”, oía que se lo decían a mis padres mientras captaba la expresión de orgullo en sus caras. “Seguramente serás modelo algún día”, me dirían, a los ocho años, y sabía que se suponía que debía entusiasmarme con esa perspectiva. Lo supe desde tan temprano como puedo recordar que se suponía que debía invertir en mi apariencia. Sentía la mirada del mundo sobre mi cuerpo como una capa de ladrillos que me forzaban a llevar conmigo a todas partes, esta pesada carga de autoconsciencia acerca de mi cuerpo desde la niñez. En lo profundo de mí, en el centro de lo que realmente era, no me importaba lo que parecía o lo que otros decían sobre mi apariencia. Mi verdadero yo quería explorar el planeta Tierra y escribir poesía, pero el mundo no me decía que me interesara por esas cosas. El mundo me decía que me preocupara por mi aspecto. Finalmente, estos mensajes sutiles y no tan sutiles se sintieron como verdades divinas. Serás bonita.

Tengo once años y me encuentro caminando por los pasillos de la escuela secundaria. “Tiene el pecho plano y no besa lo suficiente”, mi mejor amiga me informó sobre por qué mi novio me había dejado. Mi querida amiga envolvió esta trágica noticia con tanta compasión como pudo reunir, pero no fue suficiente. Fue mortificante y, sin embargo, tampoco podía entender exactamente por qué me importaba. Me sentía usada, asustada y avergonzada. ¿De qué estaba exactamente avergonzada? “Es plana y no besa lo suficiente”. Tenía senos muy pequeños, lo cual era apropiado ya que era una niña muy pequeña. Ese era un hecho que hasta este momento no me había molestado en lo más mínimo. Por el contrario, había estado tan en contra de la idea de tener pechos grandes que le había pedido a Dios que me mantuviera pequeña. Cuando mis senos comenzaron a crecer, incluso un poco como para que mis pezones se hicieran visibles con mi ropa, simplemente los tapé con la ayuda de bandas con la esperanza de que desaparecieran. Las tetas en crecimiento solo serían un obstáculo en mi infancia y en los perfectos placeres como trepar árboles y andar en bicicleta en el barro. Sin embargo, cuando este chico criticó mi pecho plano me enfurecí inmediatamente. La peor parte fue que no estaba para nada enojada con el chico. Estaba furiosa con mi propio cuerpo; enfurecida porque me había causado tanta humillación.

Tengo doce años y me encuentro de pie en el baño mientras mi pandilla de amigas clama por bolsas de lápiz labial y pestañas postizas, todas compiten por el espacio del espejo. Echo un último vistazo al espejo, sintiéndome pequeña por el acné que amenaza con invadir mi cara y la forma en que esos círculos oscuros bajo mis ojos nunca desaparecen. “Sabes que todos piensan que estás obsesionada con tu aspecto, ¿verdad?”. Un cuchillo en mi estómago se retuerce y gira mientras asimilo ese mensaje brutal sobre la forma en que mis compañeras me experimentan. Todo lo que quiero en este mundo es acurrucarme en los brazos de mi madre con una larga novela de misterio y una taza de té.

Año tras año me desvinculo más y más de mi cuerpo. Mi cuerpo; una mercancía, una meta, un ideal, un medio para un fin. ¿Qué fin? Placer.

Comienzo a detestar este recipiente en el que mi alma cabalga. Ni siquiera sé quién soy, me siento vacía y perdida, separada y desconocida. Desconocida. ¿Hay alguna miseria conocida tan preocupante como esta para los seres mentalmente programados?

Tengo veintinueve años y reúno el coraje para preguntar: “¿Podrías por favor simplemente felicitarme por algo más que mi aspecto? Tal vez, ni siquiera menciones mi aspecto por un tiempo. No puedo soportarlo más. Siento que no soy más que tu premio”.

Tengo treinta y cuatro años y entro en un auditorio donde he sido invitada a hablar. Me acerco al micrófono porque alguien una vez me escuchó hablar y quiso que trajera mi sabiduría a su espacio. Mi sabiduría. Mi intelecto. Mi pasión. Mi experiencia. Pero es mi cuerpo en lo que estoy pensando. ¿Qué tan rizado está mi pelo? ¿Alguien puede notar que mi estómago sobresale más allá de mis pechos? ¿Estoy metiendo panza lo suficiente? ¿He elegido una camisa que cubra lo suficiente? ¿Mi cabello está bien peinado y enmarca mi rostro lo suficiente como para disimular lo redonda que es mi cara? ¿Las ojeras bajo mis ojos cuentan una historia sobre mi vida? ¿Mi cuerpo está distrayendo mi mensaje? Intento desesperadamente callar esa voz, ese narrador poco confiable que me tiene cautiva. He practicado durante años: practiqué la posesión de mi verdadera voz, practiqué calmar la voz del mundo dentro de mi cabeza, practiqué centrar toda mi atención en lo que me importaba. “¿Pero soy bonita?”, susurra por todo mi cuerpo como un gong resonando en un armario de zapatos. Una y otra vez la pregunta pide ser respondida.

Puedo llamar la atención de una habitación con mi fuego y mi espíritu, mis caprichos y mi ingenio. Puedo envolverte en los brazos de mi alma con mi compasión y empatía hasta que realmente creas la verdad a la que perteneces. Puedo pintarte una imagen de un futuro mejor y describir inteligentemente los modos de la historia.

¿Pero soy bonita?

Puedo cultivar jardines de alimento y maravillas de la tierra que una vez fue estéril y arcilla quebradiza. Puedo entretejer palabras en hogueras de verdad que se asienten en los corazones de los humanos como el abrazo de una madre que ni siquiera sabían que necesitaban.

¿Pero soy bonita?

Tengo treinta y cinco años y asisto a una conferencia llena de mujeres a las que adoro con el propósito de hablar sobre las verdades más profundas de la vida. Esta conferencia, de la cual he sido parte de la planificación, esta conferencia trata sobre la conversación. Se trata de liderazgo. Se trata del llamado. Se trata de romper el statu quo y revolucionar la forma en que las personas lideran en el mundo. Pero no me siento bonita.

Hablamos de sexo y poder. Hablamos de antiguas comprensiones de la feminidad. Hacemos preguntas importantes. El diálogo es intrigante, emocionante, inteligente y cambiante. Pero no me siento bonita.

Me siento desaliñada e imperceptible. Mi cabello es todo un frizz debido al viaje. He elegido una camisa que solo acentúa mi vientre redondo. Me parezco exactamente a Anne Hathaway al comienzo de El diablo viste a la moda. Y entonces me encojo, plegándome a mí misma, envuelta en la duda y la confusión acerca de quién soy y cómo encajo en este mundo.

El primer día de nuestra conferencia concluye con un cóctel y un evento principal en la azotea y nuestro evento es patrocinado por una increíble tienda de ropa boutique. Entonces, antes de subir las escaleras para tomar un cóctel, examinamos esta magnífica tienda y es aquí donde encuentro mi salvación. Busco frenéticamente en los estantes de ropa algo que me haga bonita. Necesito esto. Esta no es una búsqueda superficial de más ropa para llenar mi armario ya desbordante. Esta es mi búsqueda de mi propio valor. Esto es décadas de memoria muscular en funcionamiento, mis dedos hojeando casualmente los vestidos mientras mi corazón se acelera y mi rostro suda. Necesito esto como un adicto necesita su droga. Estoy consumida.

Compro un vestido que no puedo pagar, me armo el cabello dentro de un moño elegante y desordenado, y corro las escaleras hacia nuestro evento en la azotea con satisfacción en mis huesos. Mientras los elogios llegan, suspiro, me relajo, estoy a gusto, estoy en casa. Soy digna de ocupar espacio aquí ahora. Porque me siento bonita.

Esa niña que no conoce su valor todavía se esconde en lo profundo de mí. A pesar de años de llamarla a la luz de la verdad de su potencial, a veces se encoge. Y cuando se siente particularmente débil, se abalanza sobre mí autoestima como un gato montés que busca a su presa. Pero ella no puede lastimarme. Me vuelvo hacia ella y le digo que está bien. Le recuerdo que ya no es pequeña. Le explico que sé quién es ella ahora y que no tiene absolutamente nada que ver con ser bonita. Practico la gentileza con ella. Lo último que necesita es más vergüenza. La sostengo. Y le pido que se una a mí para seguir adelante, otro día de ajuste de cuentas.

Estoy aprendiendo a regresar a mi cuerpo, abandonarlo no ayudará en nada. Mi cuerpo nunca fue el problema. Crecer siendo una chica en un mundo que cosifica los cuerpos de las chicas fue lo que me arrancó de mí misma. Tendré que practicar por el resto de mi vida; practicar amar mi yo en integridad. Es un trabajo pesado y santo.

 

Fuente original:

http://www.katechristensenmartin.com/blog/2018/5/23/growing-up-girl-part-1-but-am-i-pretty-about-bodies-and-women-and-love-and-feminism-and-societys-beauty-standards

Kate Christensen-Martin

Kate Christensen-Martin

Autora, Pastora de Sojourn Grace Collective.

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