PABLO: Semana 2, día 6. La ley y la gracia.

PABLO: Semana 2, día 6. La ley y la gracia.

Las cartas de Pablo a los Romanos y a los Gálatas son un hito sobre el significado puro de la gracia y de las serias limitaciones de la moralidad y la religión para guiarte a Dios. Pablo incluso llega a decir: “maldita sea la ley”. No es de extrañar que haya sido llamado un “anarquista moral” por aquellos que aún buscan algún maquillado camino de “realización personal”. Pareciera que el cristianismo ha prestado poca atención al revolucionario mensaje de Pablo, o incluso a Jesús, quien dijo seis veces seguidas: “La ley dice, ¡pero yo digo!” (Mateo 5:21-45). Tanto Jesús como Pablo sabían que las reglas y requerimientos eran sólo para que te comprometieras seriamente con la necesidad de la gracia y la misericordia, nunca fueron un fin es sí mismos (lee Romanos 7:7 en adelante).

 

“Si guardas la ley, la ley te guardará”, nos dijeron a los estudiantes el primer día del seminario. Y como cualquier joven fervoroso y ansioso de tener éxito, respondimos: “¡Sí, Padre!”. Sabíamos cómo sobrevivir en cualquier sistema cerrado. Me temo que pasamos tanto tiempo en ese mundo que se convirtió en toda nuestra agenda. El Derecho canónico nos era citado mucho más a menudo que el Sermón del Monte antes de las reformas del Concilio Vaticano II, y hoy en día los jóvenes sacerdotes son enseñados de manera muy similar a como lo fui yo. Un fuerte énfasis en la ley y el orden crea un sano internado, u organización, si vamos al caso. Realmente lo entiendo. Probablemente hiciera que fuera mucho más fácil para los profesores conciliar una buena noche de sueño con ciento veinte jóvenes en la habitación de al lado. Pero ni se acerca al evangelio. El evangelio no fue hecho para ayudar a las organizaciones a funcionar sin problemas. El evangelio integro en realidad crea dilemas necesarios para el alma mucho más que resolver problemas de organización de las instituciones. Afortunadamente, el evangelio también es un remedio para cualquier necesidad de rebelarse o ser un iconoclasta.

 

Llegamos a Dios no por hacer las cosas bien sino, sorpresa de las sorpresas, por hacerlas mal. Somos justificados no por obras, sino mediante la fe en una infinita Misericordia que llamamos gracia. No tiene nada que ver con desempeños pasados o futuros planes para un nido eterno. Todo lo que requiere es un profundo acto de confianza en un Dios amoroso. Es tan difícil creer que esta imperfecta e insignificante criatura que soy pudiera de alguna forma ser portadora del misterio eterno. Dios solamente puede crecer a medida que nosotros menguamos, como dijo Juan el Bautista (Juan 3:30). Si tratamos de crecer mediante algún criterio, excepto la misericordia divina en sí misma, sólo creceremos en el amor con nuestra propia imagen reflejándose en un espejo personal. Es lo que normalmente se conoce como narcisismo.

 

¿Cómo es posible que Dios me ame incondicionalmente? Nos preguntamos todos. Esta también fue la lucha de Pablo, y lo llevó a una conclusión cataclísmica. Dios amó a Pablo en su indignidad, “mientras era aún un pecador” como él mismo dijo (Romanos 5:8). Por lo tanto, él no tuvo que desperdiciar el resto de su vida tratando de convertirse en digno o demostrar su valor, ya fuere a sí mismo o a otros.

 

Pareciéramos pensar que Dios nos amará si cambiamos. Pablo tiene en claro que Dios nos ama para que podamos cambiar. Las únicas personas que cambian, que son transformadas, son las personas que se sienten seguras, dignas y amadas. Cuando te sientes amado, seguro, y sabes que eres digno, ¡simplemente continuarás creciendo! Eso es lo que las personas amorosas hacen por el otro, ofrecen relaciones seguras en las cuales podemos cambiar. Esta clase de amor está lejos de ser sentimental; tiene verdadero poder. Por lo general, se necesita una prudente combinación de seguridad y conflicto para mantenerse avanzando en la vida.

 

Pablo se ha enamorado de un Dios que lo ha amado “por nada”. Por el resto de su vida, Pablo está feliz de darle a Dios todo el crédito y deja de intentar validarse a sí mismo de cualquier manera. Esto crea una clase muy diferente de persona, alguien que es absolutamente libre. Pablo sabe que “el don superó ampliamente a la transgresión” (Romanos 5:15) y él vive dentro del don durante el resto de su vida. Él nunca mira hacia atrás a la ley o la religión para su validación personal, pero se convierte en el máximo reformador de toda la religión de autoayuda, no sólo del judaísmo y el cristianismo. Por lo menos el judaísmo ha sido honesto acerca de su aversión hacia Pablo. Los cristianos hemos fingido que lo amamos mientras ignoramos abrumadoramente sus ideas revolucionarias y transformadoras.

 

 

Fuente original:

https://cac.org/the-law-and-grace-2016-03-18/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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