PABLO: Semana 1, día 5. El amor es un cuerpo.

PABLO: Semana 1, día 5. El amor es un cuerpo.

Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz; un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo ―La escuela de Pablo (Efesios 4:1-7).

 

Me gusta imaginar la unidad del espíritu descrita aquí como un campo de energía, un dinámico campo de fuerza, creado al compartir el Espíritu de Cristo, el Espíritu de Amor. Así es como uno de los grandes eruditos paulinos, Jerome Murphy-O’Connor, lo explica:

 

La iglesia se diferencia de los demás grupos humanos en la medida que su unidad no es funcional, sino orgánica. Sus miembros no están unidos simplemente por un propósito en común, sino que comparten una existencia en común. Un cristiano autónomo es tan imposible como un brazo o pierna independiente. Los brazos y piernas sólo existen como partes. Si se les da el estado de un todo independiente mediante la amputación, ya no son un brazo o una pierna. Los mismo es cierto de los creyentes. Su existencia es amorosa ―“sin amor nada soy”―, lo cual necesariamente implica una relación con otra persona. Amar y ser amado es la esencia del cristianismo y constituye el ser del creyente. Están unidos mediante lo que les hace ser lo que son. Sólo ahora se hace claro lo previsto tentativamente por Pablo cuando dijo: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20).

 

Para Pablo, este es el significado que le da a Cristo: el misterio participativo de Jesús continuó a través del espacio y el tiempo en nosotros. Como Pablo dijo a los atenienses: “En él vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17:28). Esto es similar al lema de Francia: “libertad, igualdad y fraternidad”. Pablo nombra lo que finalmente llamaremos “la comunión de los santos” en el Credo de los apóstoles. Este “campo de energía” es creado mediante el flujo de ida y vuelta de todos aquellos que aman y por lo tanto es un campo de energía infinitamente en expansión. Se pretendía que la “iglesia” fuese el grupo que conscientemente viviera y ejemplificara esta diferente calidad de ser. La vocación de la iglesia es un privilegio, como el mismo Israel; hacer visible y posible la obra de Dios. Pero al igual que Israel, nos hicimos una elite de escogidos ―un club para salvados―, en vez de una señal de neón que apunte más allá de nosotros mismos.

 

Cuando Pablo dirige sus cartas a “los santos”, claramente no habla de la posterior idea romana de santos canonizados. Él habla de vivientes comunidades de amor que son sus ojos y oídos en toda Grecia y Asia menor. Pablo no crea héroes individuales, sino que precisamente “brillan como estrellas” como miembros del Cuerpo y son “perfectos hijos de Dios en medio de una generación engañosa y deshonesta” (Filipenses 2:15). Continuando directamente a Jesús, Pablo ve a sus pequeñas comunidades como una certera y eficaz “levadura” mediante las cuales Dios eventualmente cambiará todo el corrompido Imperio romano. Hoy en día los sociólogos nos dicen que Pablo fue increíblemente exitoso en el mero periodo de una década, en gran parte, debido a que él le devolvió a la gente su dignidad y autoestima al decirles que ellos eran iguales y completamente “hijos de Dios”. Esto aún es revolucionario, pero este maravilloso mensaje perdió la mayoría de su impacto cuando la Iglesia comenzó a funcionar como si algunos tuvieran esa dignidad y otros no.

 

Fuente original:

https://cac.org/love-is-one-body-2016-03-10/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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