PABLO: Semana 1, día 4. Somos espejos de doble vista.

PABLO: Semana 1, día 4. Somos espejos de doble vista.

Hay una sola cosa que definitivamente debes responderte a ti mismo: “¿Quién soy?”. O, reformulo: “¿Dónde estoy?”. Si logras hacer eso bien, el resto se encargará de sí mismo. Pablo responde a la pregunta directamente: “Tú estás escondido con Cristo en Dios, y Dios es tu vida” (Colosenses 3:3-4). Cada vez que comiences a odiarte a ti mismo, pregúntate: “¿Quién soy?”. La respuesta vendrá: “Yo soy alguien que está escondido con Cristo en Dios” en cada parte de mi vida. Soy un portador del misterio del sufrimiento de la humanidad y de la gloria de Dios. Tal vez ahora mismo deba cargar la parte del sufrimiento en solidaridad con la humanidad y “Cristo”, lo cual sólo es otra palabra para todo (ver 1 Corintios 3:21-23, 15:20-28, o Colosenses 1:15-20).

 

Dios se mantiene observando lo que es bueno en el humano. Lo que es completamente bueno en mí se llama Dios y, por supuesto, Dios siempre encuentra a esto totalmente digno de ser amado. Dios fija intensamente su mirada en donde yo rehúso mirar, en mi compartida naturaleza divina como hija o hijo de Dios (1 Juan 3:2). Dios me ve a mí y ve a Cristo. Y un día mi manera de ver coincidirá con la de Dios. Esto es lo que entendemos por oración. En esos momentos, me encontraré a mí mismo y a Dios completamente dignos de amar al mismo tiempo. ¿Por qué? Debido a que serán la misma clase de ojos los que mirarán (2 Corintios 3:18), y de aquí en más miraremos a la vida juntos y coincidiremos en lo que vemos.

 

“El ojo con el que veo a Dios es el mismo con el que Dios me ve a mí. Mi ojo y el ojo de Dios son uno solo; una sola vista, un solo conocimiento, y un solo amor”, decía Meister Eckhart, el maestro no dual (1260-1328 d. C.) ¡No es de extrañar que lo llamarán “Maestro”! [N. de LCC: Meister en alemán significa maestro]. Todo lo que tienes que hacer es recibir la mirada y luego volver a lo que has recibido. Es un programa para toda la vida. En realidad, todo lo que haces es completar el circuito, “el amor retorna al amor”, como dijo mi padre, San Francisco. Somos espejos de doble vista.

 

Somos salvos por pararnos consciente y confiadamente dentro del campo de fuerza que es Cristo, no por hacer las cosas bien en nuestras vidas privadas. Esta es una verdad muy grande para que el pequeño ego siquiera la imagine. Somos tan minúsculos, tan inseguros, tan preparados para castigarnos a nosotros mismos. No necesitamos ser correctos, sino que necesitamos tratar de permanecer siempre conectados a nuestra Fuente. La gran, y para algunos, decepcionante sorpresa es que mucha gente que no es la “adecuada” es la que se encuentra más conectada.

 

Todo lo que podemos hacer es caer en la misericordia eterna —en el amor— de la cual en realidad nunca podemos desprendernos porque “pertenecemos a Cristo y Cristo pertenece a Dios” (1 Corintios 3:23), como Pablo tan hermosamente escribió. Eventualmente, sabremos que somos salvos por misericordia a pesar de nosotros mismos. ¡La suprema ironía es que somos salvos haciendo mucho más las cosas mal que bien! Esa debe ser la humillación final para el ego.

 

Nuestra santidad es, primero que todo y en realidad, sólo la santidad de Dios, y es por eso que es cierta y segura. Es una participación en el amor, una morada compartida, no un logro o desempeño de nuestra parte. “Si alguno quiere gloriarse, gloríese en el Señor” grita Pablo al final de su largo argumento (1 Corintios 1:31). Jeremías dijo lo mismo mucho antes que Pablo (Jeremías 9:22-23).

 

Fuente original:

https://cac.org/we-are-two-way-mirrors-2016-03-09/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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