Nuestras heridas nos entregan nuestras pasiones

Nuestras heridas nos entregan nuestras pasiones

Durante los últimos tres años he servido como pastora en mi iglesia aquí en San Diego. En realidad, cofundé la iglesia en mi sala de estar junto a mi esposo y un grupo de amigos, la gente más querida del planeta Tierra. Cada uno de nosotros más desgastado que el otro, ninguno supo exactamente por qué nos involucrarnos para crear una nueva versión de lo que nos había desgastado, y al mismo tiempo apasionados por reunirnos para hacer algo inexplicable. La iglesia, ya ves, había sido un hogar para nosotros y un lugar del que nos habían exiliado. Aun así, sentíamos ese tirón, una agonía en realidad, para mantenerla viva. Si las puertas seguían cerrándose sobre nosotros, seríamos los malditos porteros nosotros mismos. Tal vez haya sido un poco arrogante de nuestra parte, definitivamente un poco audaz, y seguramente muy peligroso. ¿Y si nosotros también nos convertíamos en porteros irresponsables? ¿Qué pasaba si en nuestro afán de convertirnos en un lugar de sanación para los heridos, solo infligíamos más heridas?

Tal vez lo más aterrador que haya hecho en mi vida sea haber dicho decir que sí a plantar una iglesia. Entonces, puedes imaginar la pasión que excede ese tipo de riesgo, ¿no? Si arriesgas tu trasero por algo que te lastima personalmente, debes creer en ello intensamente. Lo hago. Todavía es inexplicable, realmente. Y me he negado a hablar de ello porque todavía es algo muy crudo para mí. Creo que si soy completamente sincera, tengo miedo de hablar (o escribir sobre) de la iglesia, el pastorado, Dios, Jesús y la Biblia. Todavía tengo un profundo temor sobre mi lugar para decir esas cosas, especialmente porque estoy en un lugar de liderazgo en mi propia iglesia. Sin embargo, hoy me di cuenta de que mi liderazgo es insuficiente si no puedo decir la verdad sobre mi experiencia y la forma en que me ha formado. Si no puedo contarte mis dudas, mis miedos y mi por momentos hastiado punto de vista de la Iglesia, entonces mi liderazgo realmente está perdiendo un elemento crucial: la honestidad. Si te digo lo que realmente pienso sobre la Iglesia, Dios, Jesús y la Biblia, ¿pensarás menos de mí como pastora? Tal vez, pero también podía ser que llegues a encontrarte en mis historias. Y eso, mis amigos, es mi trabajo; digo la verdad y dejo que el Espíritu haga lo que ella debe. Pase lo que pase. Además, creo que parte de mi miedo sigue siendo esta creencia ancestral de que tal vez no se me permita decir lo que pienso y que sea una mierda el que todo el mundo me necesite para ponerse en pie.

Al principio, la Iglesia se sentía muy segura para mí. Cuando era niña, la escuela nunca se sentía segura para mí. Pasé la mayor parte de mi infancia en modo supervivencia; semana tras semana me abría camino durante los días escolares esperando y rezando que pasara mi niñez para entonces ya no tener que soportar la escuela. En la escuela me sentía absolutamente estúpida, creía que estaba fallada porque no podía cumplir con las expectativas del sistema, me sentía estresada y ansiosa, me sentía acosada por niños agresivos y desprotegida por los adultos en los que se suponía que debía confiar. En la iglesia, sin embargo, sentía un refugio de todo aquello de lo que escapaba e intentaba sobrevivir, de aquello que me entumecía y mataba por dentro. Podía cumplir las expectativas de mi iglesia: creer. No hagas preguntas Sólo cree. Haz lo que te digan. Eso se sentía seguro para mí en ese momento. No tenía que hacer ningún examen y nadie tenía que saber lo que pensaba. Podía quedarme tranquila y pertenecer. La iglesia era mi verdadero santuario. Corría con mis mejores amigos creando mundos imaginarios y riendo histéricamente sobre nada y creyendo que me encontraba tan segura como podía estar, metida dentro de las paredes de mi iglesia. En general, ignoré los confusos mensajes sobre mi feminidad, sobre cómo era intrínsecamente inferior a mi contraparte masculina, y el destino aterrador de mi alma si no compraba el sistema de creencias que me vendieron. Cuando era niña solo me importaba tener un lugar en donde poder hacer felices a la gente con las respuestas correctas y sin preguntas. Incluso me aferré a la teología aterradora porque era un sistema al que podía adherirme: creer y pertenecer. Lo captaba.

Sin embargo, cuando fui adolescente, la iglesia comenzó a sentirse menos como una red de seguridad y más como una carga, una carga que conllevaba graves consecuencias. Cree las cosas correctas o pasa toda la eternidad en tormento consciente y físico y separada de todos y de todo lo que amas. Eso no se sentía seguro. Además, eras responsable que todos los que te rodeaban también creyeran lo correcto para que no ardieran para siempre. Realmente no me sentía segura. Y no lo olvides, los hombres eran los líderes, las mujeres debían someterse en silencio. Así que, nada segura. Cuando era niña, casi siempre guardaba esos mensajes prolijamente escondidos en un compartimiento para poder concentrarme en toda esa seguridad que me hacía sentir ese edificio que amaba con personas a las que amaba, pertenencia. Pero la adolescencia trajo todos esos mensajes terroríficos a la vanguardia porque la vida se volvió aún más aterradora que las pruebas de matemáticas. Cuando tenía trece años, mi madre fue diagnosticada con una enfermedad terminal y se sometió a una cirugía cerebral peligrosa. Enfrentarme a la mortalidad de la persona más importante de mi vida, la persona que me ató a este planeta con su amor y ferocidad, me alejó de las vías. No pude compartimentar nada más. Todos esos mensajes que me atormentaban en el fondo de mi mente se convirtieron en una ansiedad insoportable a la vanguardia de todo lo que hacía. No pude contener la tensión. Ya no pude permanecer callada por lo que ya no pude pertenecer. Esa fue mi primera ruptura con la Iglesia. No me permitían romper con la Iglesia físicamente, así que todavía tenía que ir varias veces a la semana, pero me separé. Me separé mentalmente y decidí que el único lugar donde solía encontrar pertenencia ahora era solo otro lugar donde sentirme un paria.

Tenía muchas preguntas. Cuantas más preguntas tenía, peor me sentía acerca de mi propia dignidad y valor como persona. De esta manera es como demostramos nuestro desprecio por las preguntas en nuestras iglesias siempre tan certeras y modernas. Hacemos que los jóvenes cuestionen su valor inherente como seres humanos en nombre de la certeza. No preguntarás por qué demonios las cosas son como son. Aceptarás las verdades eternas que te han transmitido los hombres viejos y blancos. Estas son las reglas. Incluso frente a las tragedias más aterradoras e inexplicables, debemos ser constantes en nuestra creencia, nuestra creencia en la doctrina. Entonces, ¿qué pasa si tu vida se desmorona por completo? Tienes tu teología. Así es como me sentía, como una adolescente preguntándome cómo vivir sin mi mamá. Simplemente no pude encontrar paz, fortaleza o esperanza en la doctrina de la iglesia y empecé a darme cuenta de que iglesia = doctrina. Yo quería enojarme pero me decían que orara. Yo quería derrumbarme, pero me decían que tuviera fe. Necesitaba a alguien que validara mi dolor, pero todo lo que encontré fue fe inquebrantable en un dios lejano que castigaba a la gente por sus pensamientos.

Cuando mamá falleció justo al entrar en lo que llaman la edad adulta, todas mis dudas, mi rabia y mi rebelión se encontraban dentro de sus compartimentos. Fue como si la muerte de mi madre me hubiera sacudido demasiado y necesitara los cimientos de mi infancia. Volví encarrilarme en la doctrina de la iglesia. Creí de nuevo, con fervor. Vivir mi vida sin mi mamá se sentía como la hazaña más aterradora y peligrosa, así que me aferré a la ilusión de seguridad que encontré en la Iglesia y en su doctrina. También fue en este momento que me enamoré de Colby y nos casamos apenas un año y medio después del funeral de mamá. Estaba emocionada de ser la esposa de un pastor y construir mi vida en la iglesia. Mis hijos crecieron de la misma manera que yo, en la iglesia tres veces por semana y creyendo todas las cosas correctas.

Solo había un problema: esas preguntas y dudas persistentes nunca desaparecieron realmente. La edad adulta es desquiciadamente difícil. Traté desesperadamente de mantener todo limpio y ordenado, pero a pesar de mis mejores esfuerzos, la vida era más confusa que las respuestas de la Iglesia. Mi matrimonio no podía revitalizarse adhiriéndose a los estrictos roles de género, lo creas o no. Mi depresión no podía ser curada con la cantidad justa de oración y confiando en Dios. Mis dudas no podían borrarse estudiando la Biblia con más frecuencia y diligencia. Rompí con la Iglesia por segunda vez, pero de todos modos seguía yendo, esta vez por estar casada con un pastor. Me sentía como una impostora haciendo todos los ademanes, pero sin comprar nada de eso. Pueden imaginarse cómo, de alguna retorcida manera, me sentí aliviada cuando finalmente nos echaron de la iglesia. Era un dolor abrasador y una bocanada de aire fresco al mismo tiempo. Tal vez entonces finalmente podríamos ser personas normales. Dormir los domingos sonaba celestial.

Lo que ocurre con mi camino es que siempre fue tremendamente significativo. Todo lo es. Mi relación turbulenta con la Iglesia siempre me estaba guiando a algún lado. Cuanto más incómoda me volvía con la Iglesia, más apasionada me sentía por la Iglesia, extrañamente y sin darme cuenta. Eventualmente, se volvió tan claro para mí que todos esos años de sentirse como una inadaptada en la escuela y encontrar seguridad en la iglesia y luego descubrir que no estaba segura en la iglesia, esos años fueron un regalo porque me enseñaron a ser yo misma la Iglesia Si la institución de la Iglesia no era un lugar seguro para todas las personas, me haría un lugar seguro para todas las personas. Nuestras heridas nos entregan nuestras pasiones. Mi dolor me trajo al trabajo de mi vida, abriendo espacio para las personas. Y en última instancia, lo que aprendí es que, de todos modos, no hay porteros, porque en donde Dios está involucrado, ni siquiera hay puertas.

 

Fuente original:

http://www.katechristensenmartin.com/blog/2017/4/6/about-church

Kate Christensen-Martin

Kate Christensen-Martin

Autora, Pastora de Sojourn Grace Collective.

Un comentario en «Nuestras heridas nos entregan nuestras pasiones»

  1. Wow que increíble descripción de la vida. Me identifique con los sucesos de la niñez y la seguridad aparente de la iglesia. Pero cuando pasa el tiempo te encuentras en una lucha entre el ser y el deber ser.

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