GRACIA: Semana 2, día 3. Deseo implantado

GRACIA: Semana 2, día 3. Deseo implantado

La idea de la gracia se desarrolla por primera vez en las Escrituras hebreas a través del concepto de elección, y al final es llamada “pacto de amor” porque se convierte en un mutuo dar y recibir. Este amor siempre inicia desde el lado de Yahvé hacia el pueblo de Israel, y ellos gradualmente -muy gradualmente- aprenden a confiar en él y a responder adecuadamente, justo como cada uno de nosotros. La Biblia muestra un movimiento implacable hacia la posibilidad real de intimidad y unión divina entre el creador y las criaturas. Para que esto suceda, es necesario que exista algún grado de compatibilidad, semejanza, o incluso “igualdad” entre las dos partes. En otras palabras, debe existir una pequeña porción de Dios en nosotros que quiera encontrarse a sí misma. (Sí, ¡lee esto nuevamente!).

 

En Jesús vemos el mensaje de la gracia implantada con más claridad. Él es capaz de reconocer plenamente que es uno con Dios. Jesús parece saber que es la parte de Dios en él la que pone en práctica el conocimiento, el amor y el servicio en profundidad. Él parece ser capaz de confiar plenamente en su profunda identidad y nunca duda de ella, el cual probablemente sea el carácter distintivo de su filiación divina. Nosotros dudamos, negamos y rechazamos nuestra filiación y hermandad la mayor parte del tiempo. Los humanos encontramos difícil creer en cosas que no escogemos o creamos por nosotros mismos. Tal gratitud inexplicable es precisamente el significado de la gracia y también la razón por la cual tememos confiar en ella.  “No soy la fuente” dice el orgullo, “así que no puede estar sucediendo”. Sí, es Dios en ti quien siempre se busca y conoce a sí mismo; lo similar se atrae. Desde el principio fuimos hechos el uno para el otro (Efesios 1:4-6). Quizás la gracia suprema sea conocer plenamente que esto es completamente gracia, para empezar. De por sí es gracia reconocer que esto es gracia.

 

En Deuteronomio 7:7-8 Dios le dice a Israel: “El Señor se encariñó contigo y te eligió, aunque no eras el pueblo más numeroso, sino el más insignificante de todos. Lo hizo porque te ama y quería cumplir su juramento a tus antepasados; por eso te rescató del poder del faraón, el rey de Egipto, y te sacó de la esclavitud con gran despliegue de fuerza”.

 

Este pasaje y la continuación de este mismo patrón a través de las Escrituras emerge como el tema central de la gracia, el cual Pablo enseña concretamente. De hecho, deberíamos llamarlo el tema de temas. Dios no elige amar a los israelitas, a alguien más o a nosotros hoy en día porque seamos buenos. Dios nos ama desde una elección completamente libre, deliberada y arbitraria. Este reconocimiento es el motor que impulsa todo el drama divino. Sin él, no tenemos nada más que requerimientos y rituales estériles. Desde el principio, recibir el amor de Dios nunca ha sido un “concurso de méritos”. Esto es muy difícil de aceptar para casi todos. Al final se trata de rendición y no de comprensión absoluta. El orgullo rara vez se rendirá “hasta que sea derrocado de su trono”, como lo dijo María (Lucas 1:52). Esto simplemente no cabe dentro de nuestros cerebros binarios, prejuiciosos, competitivos y comparativos.

 

Dios no te ama porque seas bueno; Dios te ama porque Dios es bueno. Entonces tú puedes ser bueno porque recurres a semejante fuente infinita. A medida que envejezco, estoy más seguro que Dios hace todo el trabajo de dar y nosotros todo el de recibir. Por siempre y para siempre Dios es el iniciador en mi vida, y en ocasiones, yo soy quien responde a medias. ¡Esto es cierto! Mi respuesta tipo semilla de mostaza parece ser más que suficiente para un Dios humilde, incluso aunque la semilla de mostaza sea “la más pequeña de las semillas” (Mateo 13:32).

 

Sí, Dios es muy humilde y paciente, si todo lo que vemos del universo es cierto. Dios usa todo lo que ofrecemos y pareciera más que agradecido por los más mínimos pedacitos de conexión o respuestas de nuestra parte. De otra manera no habría un pacto (en mayor medida unilateral), sino una mera coerción. Dios “no quiere esclavos sino amigos” (Juan 15:15). Y esto sólo se pone mejor: Dios incluso creó el deseo en nuestro interior para que deseáramos el amor y a él. Así que todo lo que debemos hacer es orar por el deseo de desear, especialmente en aquellos días en los que nos sentimos secos, ordinarios o aburridos.

 

 

Fuente original:

https://cac.org/implanted-desire-2016-02-02/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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