ESCRITURA: Semana 1, día 6. Transformando nuestro dolor.

ESCRITURA: Semana 1, día 6. Transformando nuestro dolor.

Uno de los principales temas que se desarrolla en las Escrituras judeo-cristianas, y que alcanza su plenitud en el Jesús crucificado, es el reconocimiento del transformador significado del dolor y sufrimiento humano. Vemos esto especialmente en las cuatro “Canciones del Siervo” de Isaías (capítulos 42-53), en las biografías de Juan, Jeremías y Job, en la profecía de Simeón a María (Lucas 2:34-35), y en la advertencia común de Jesús a sus seguidores. Jesús construyó sobre lo que su tradición judía ya reconocía: cómo soportar, utilizar y transformar nuestro sufrimiento en una nueva clase de vida en vez de en una antigua forma de muerte. Es el movimiento desde un inicial orden autogenerado a una riesgosa permisión de necesario desorden, hacia la “tercera fuerza” que reordena lo que llamamos la vida resucitada. Es un duro esfuerzo, que todos tratamos de evitar tanto como nos sea posible.

 

La historia de Job es tanto la cumbre como el callejón sin salida de las Escrituras Hebreas. La humanidad nunca ha sabido qué hacer con el sufrimiento injusto ―el cual es nuestra experiencia universal en esta tierra― hasta que Jesús dio su sísmico cambio por respuesta. Uno podría decir que la historia de Jesús es la misma historia de Job, quien dijo: “Yo sé que mi redentor vive, y que al final triunfará sobre la muerte. Y cuando mi piel haya sido destruida, todavía veré a Dios con mis propios ojos” (Job 19:25-26). Esta es la exacta afirmación de fe de Jesús en la cruz, cuando primero dice: “¿Por qué me has abandonado?” (Marcos 15:34), seguido por: “Padre perdónalos” (Lucas 23:34) y “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Jesús es el nuevo Job, pero con una salida y un camino a seguir.

 

El dolor enseña la cosa más contraintuitiva: debemos ir abajo antes de que incluso sepamos lo que es arriba. En términos del ego, la mayoría de las religiones enseñan de alguna forma que todos debemos “morir antes de morir”. El sufrimiento de alguna clase pareciera ser la única cosa lo suficientemente fuerte para desestabilizar y revelar nuestra arrogancia, nuestra indiferencia y nuestra falta de compasión. Yo defino el sufrimiento simplemente como: “cada vez que no estás en control”. El sufrimiento es la vía más efectiva por la cual los humanos aprenden a confiar, permitir y entregar el control a Otra Fuente. Desearía que hubiese otra respuesta, pero Jesús revela en la cruz el camino y el precio de la completa transformación en lo divino.

 

Cuando la religión no puede encontrar un significado para el sufrimiento humano, con mucha frecuencia los seres humanos se convierten en cínicos, amargados, negativos y condenadores. La religión saludable, casi sin darse cuenta, nos enseña qué hacer con nuestro dolor, con lo absurdo, lo trágico, lo disparatado, lo injusto. Si no transformamos nuestro dolor, de seguro lo transmitiremos. Si no encontramos la forma de transformar nuestras heridas en heridas sagradas, invariablemente nos rendiremos ante la vida y la humanidad. Me temo que hay personas amargadas y condenadoras en todas partes, tanto dentro como fuera de la iglesia. A medida que avanzan en la vida, las heridas, desilusiones, engaños, abandonos, y la carga de su propio pecado y quebranto se amontona, y no saben cómo lidiar con todo ese negativismo. De esto es de lo que necesitamos ser “salvados”.

 

Si no hay una forma de encontrar un significado más profundo a nuestro sufrimiento, de encontrar que Dios de alguna manera está en ello e incluso puede usarlo para bien, nos cerraremos. El movimiento natural del pequeño yo o ego, es protegerse para no ser herido nuevamente. Como compartí la semana pasada, la neurociencia ahora nos muestra que nos adheriremos a la negatividad “como un velcro” a menos que desarrollemos intencionalmente otros caminos neurales como el perdón o el soltar.

 

La religión madura se trata de transformar la historia y a los individuos de tal manera que no sigamos transmitiendo el dolor a las próximas generaciones. Los cristianos, aprendemos a identificar nuestras propias heridas con las heridas de Jesús y el sufrimiento del Cuerpo Universal de Cristo (ver Filipenses 3:10-11), esto tiene un Profundo Significado que alimenta continuamente el alma. Es entonces que podemos ver nuestro propio sufrimiento como una participación voluntaria en la Gran Tristeza de Dios (Colosenses 1:24). Con esta significativa cosmovisión, podemos construir algo nuevo, bueno y eternamente original, a la vez que no participamos en el rol de víctima ni victimizamos a otros. Podemos ser conductos libres de la gracia hacia el mundo.

 

Fuente original:

Transforming Our Pain

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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