ENCARNACIÓN: Semana 2, día 3. Nuestro destino.

ENCARNACIÓN: Semana 2, día 3. Nuestro destino.

La resurrección es simplemente la encarnación llevada a su lógica, certera y completa conclusión. Demuestra, para aquellos preparados para ver, que este mundo, esta carne, este físico, es parte de la verdad eterna y que siempre es importante para Dios. La iglesia primitiva parecía entender este movimiento de la encarnación como la senda a la divinización mucho mejor que nosotros siglos más tarde. Lee, por ejemplo, a San Ireneo y a San Atanasio en sus textos clásicos de los siglos segundo y cuarto. Ireneo dijo: “Jesucristo se hizo como nosotros para que nosotros pudiéramos hacernos como él mismo es”. Atanasio, quien es llamado el Padre de la Ortodoxia, dijo algo semejante: “Porque él se hizo hombre para que nosotros llegáramos a ser Dios”.

 

Ahora, por favor no me malentiendas. Yo no estoy diciendo que nosotros somos Dios. No podemos vivir a la altura de tal expectativa, y tampoco queremos tener que hacerlo. No estoy diciendo: “Nosotros somos El Ser Divino”, no obstante, estoy diciendo que participamos de manera muy real y objetiva en lo Divino. Esa es la razón de ser de la religión: hacernos saber que todo aquello que nos beneficia ya se encuentra plantado en nuestro interior. No lo creamos a través del buen comportamiento moral o ir a la iglesia el domingo. Podríamos despertarlo de esa forma, pero no lo creamos por nosotros mismos.

 

La resurrección está diciendo que materia y espíritu han estado trabajando en conjunto desde el primer momento del Big Bang y que están avanzando hacia una consumación positiva. Francamente, los cristianos deberíamos haber estado a la vanguardia en toda noción de evolución. Es tristemente revelador que en lugar de ello a menudo nos opusiéramos, demostrando que no teníamos una percepción activa del Espíritu Santo habitando en nosotros, especialmente aquellos fundamentalistas que más hablan acerca del Espíritu Santo. ¡Para ellos el universo todavía es estático e inanimado y Dios aún está “allá afuera”!

 

La resurrección no es un milagro de una sola ocasión a ser demostrado; es una manifestación de la plenitud que todos estamos destinados a experimentar, aún en este mundo. La vida eterna no es un “momento cronológico de duración interminable” sino el tiempo crítico que nos revela el todo ahora mismo. Cuando “el tiempo llega a una plenitud” (por ejemplo, Marcos 1:15, Gálatas 4:4, Efesios 1:10) como en los momentos de amor, nacimiento, unión, muerte, oración o exquisita belleza, entonces experimentas un instante de vida eterna. Sin tales momentos, la resurrección te resultaría muy difícil de imaginar, en caso contrario, la anhelarías como nadie más, que es ciertamente el sentido de la virtud de la esperanza.

 

El Cristo Resucitado es el icono permanente de la humanidad en su último y pleno destino. Él es la promesa y garantía de lo que Dios va a hacer con todas nuestras opresiones, abusos y crucifixiones. Esto, francamente, nos permite vivir con esperanza, propósito y dirección. Ya no es más un absurdo y trágico universo. Nuestras heridas ahora se convierten en el hogar de nuestras más grandes esperanzas. Sin tal expectativa implantada es probable que nos volvamos cínicos, amargados y cansados para la segunda mitad de nuestras vidas. Me temo que esto aplica a gran parte de la civilización occidental, que se siente muy cansada e incluso enamorada de la futilidad y de la muerte. La cantidad de enfermedades mentales y emocionales, adicciones, ira, depresión e infelicidad elemental son el precio que estamos pagando por vivir en un mundo tan vacío y sin sentido. El alma no puede vivir sin propósito ni sentido.

 

 

Fuente original:

https://cac.org/our-destination-2016-01-19/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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