ENCARNACIÓN: Semana 1, día 6. El rostro del otro.

ENCARNACIÓN: Semana 1, día 6. El rostro del otro.

Fue probablemente San Francisco el primero en hacer notar la humanidad de Jesús. Antes de que viviera este santo, las pinturas de Jesús enfatizaban en gran parte su divinidad, como siguen haciéndolo la mayoría de los íconos de Oriente. Se dice que Francisco creó el primer pesebre viviente. Hasta el siglo trece, la Navidad no era muy importante y el énfasis recaía enteramente en los días sagrados de la Pascua, como en apariencia debería ser. Pero, para Francisco, la encarnación ya era redención, porque que Dios se convirtiera en un ser humano entre los pobres, nacido en un establo entre animales, implicaba que ser humano es bueno, que la carne es buena y que el mundo es bueno, en sus formas más simples y humildes.

 

En Jesús, Dios recibió un rostro y un corazón; se convirtió en algo que podíamos amar. Si bien Dios puede describirse como una fuerza moral, una conciencia y una elevada energía vibrante, no nos enamoramos de las abstracciones (¿será que no podemos hacerlo?). Así que Dios se hizo una persona a la que “hemos oído, […] hemos visto con nuestros ojos, […] hemos contemplado, y [a la que] palparon nuestras manos” (1 Juan 1:1). El brillante filósofo judío Emmanuel Levinas afirma que lo único que realmente convierte a la gente es “el rostro del otro”, y desarrolla este concepto en detalle y de forma muy persuasiva. Cuando recibimos y empatizamos con el rostro del otro (en especial, el rostro sufriente), se genera una transformación en todo nuestro ser. Esto crea una demanda moral en nuestro corazón mucho más persuasiva que los Diez Mandamientos. El solo hecho de impartir mandamientos en tablas de piedra no cambia el corazón. Puede endurecer la voluntad, pero no ablanda el corazón como lo hace un encuentro “yo-TÚ”. Así que muchos místicos cristianos hablan de ver el rostro divino o enamorarse del rostro de Jesús. No hay dudas de que tal fue la experiencia de Francisco y de Clara de Asís. Creo que por eso Clara usa la idea de “reflejar” con tanta frecuencia. Nos reflejamos no mediante conceptos, sino por los rostros que se deleitan en nosotros, dándonos el rostro que no podemos ofrecernos a nosotros mismos. ¡Es la mirada la que nos acaba!

 

Jesús enseñó cómo es Dios mediante sus palabras, sus acciones, su ser mismo, dejando en claro que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Si Dios es Trinidad y Jesús es el rostro de Dios, entonces el nuestro es un universo benevolente. Dios no es alguien a quien temer, sino el fundamento del ser, y está de nuestro lado.

 

Fuente original:

https://cac.org/the-face-of-the-other-2016-01-15/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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