ENCARNACIÓN: Semana 1, día 3. La integración entre el amor humano y el amor divino.

ENCARNACIÓN: Semana 1, día 3. La integración entre el amor humano y el amor divino.

Dios siempre es concreto, se encarna en cada momento y se hace presente ante aquellos que saben cómo estar presentes. Así de simple y así de difícil. Estar presentes en oración puede ser como la experiencia de ser amados a un nivel profundo. Espero que hayas sentido tal intimidad al estar en soledad con Dios: te aseguro que está disponible y a tu alcance. Quizás lo único que muchos necesitamos es escuchar que esta intimidad divina es lo que debemos esperar y buscar. Tenemos miedo de pedirla, de buscarla. Suena arrogante. No podemos confiar en que semejante amor exista, y que exista para nosotros. Pero es así.

A menudo, el simbolismo que se emplea para ilustrar la relación entre lo humano y lo divino es erótico, porque es el único lenguaje adecuado para describir una profunda experiencia contemplativa. Me he preguntado con frecuencia por qué Dios nos daría una fascinación tan poderosa y constante por la imagen, la forma y el rostro del otro. ¿Cuál es la conexión entre nuestra pasión humana y el conocer a Dios? ¿Son todas las relaciones una escuela sobre la comunión?

La religión sana, tal como lo indica la palabra re-ligio (“religar”, “volver a vincular”), es la tarea de volver a juntar nuestras realidades divididas: lo humano y lo divino, lo masculino y lo femenino, lo celestial y lo terrenal, el pecado y la salvación, el error y la gloria. Son los místicos —como San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y el autor del Cantar de los Cantares de la Biblia— quienes lo elaboran muy bien. El místico sufí Mohammed Shams-od-Din Hafiz (aprox. 1320-1389) redacta poesía persa con tal integración entre el amor humano y el amor divino que el lector suele perder la conciencia de cuál es cuál. Que las distinciones se desdibujen al leer su poema “Dejaste a mil mujeres enloquecidas”:

Amado,

la última vez

que visitaste la ciudad

tan bello y tan desnudo,

dejaste a mil mujeres enloquecidas

con quienes ya es imposible vivir.

Dejaste a mil hombres casados

confundidos sobre su sexualidad.

Los niños salieron corriendo de sus aulas,

y los maestros se alegraron de que vinieras.

Y el sol intentó escapar

de su jaula real en el cielo

y finalmente, finalmente,

poner su amor ancestral a tus pies.

Sí, Hafiz está hablando de la abundante presencia de Dios que camina por las calles del tiempo y la ciudad, pero sus imágenes proceden de fascinaciones y sentimientos humanos. Sí, habla del ardoroso deseo humano, pero también está convencido de que es una dulce senda hacia Dios. ¿Por qué esta integración, esta coincidencia de aparentes opuestos, ha tenido lugar con relativa rareza en la mayor parte de la religión organizada? Es más común en espiritualidades nativas, en el hinduismo y entre místicos islámicos y católicos, quienes van más allá de la “religión McDonald’s” para llegar al misterio mismo.

Podríamos pensar que la tradición religiosa que mejor habría acogido esta integración es el cristianismo. Después de todo, es la única religión que cree que Dios se convirtió en un cuerpo humano viviente (Juan 1:14): una personificación plena, concreta y física, o “encarnación”. A esta encarnación la llamamos “Jesús”. Si el verbo se hizo carne, entonces Dios está diciendo que la carne es buena, tal como dijo de la Creación (Génesis 1:31). Sin embargo, a veces otras tradiciones religiosas parecen inclinarse ante este misterio mejor que los cristianos. Creo que ese es el significado exacto y la predicción de los tres sabios de Oriente que “postrándose, lo adoraron” (Mateo 2:11).

Fuente original:
https://cac.org/integrating-human-and-divine-love-2016-01-12/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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