Cuestionando las respuestas en nuestras preguntas

Cuestionando las respuestas en nuestras preguntas

Recuerdo que una vez un amigo me hizo la siguiente pregunta:

Un hombre se acerca al centro de un campo. Cuando llegue allí morirá. ¿Por qué?

Podía hacer tantas preguntas como quisiera, pero sólo podía recibir “sí” o “no” por respuesta. El objetivo era tratar de responder lo más rápidamente posible. La dificultad para resolver la pregunta residía en las suposiciones que traía la pregunta. Suposiciones que podían notarse en el tipo de preguntas iniciales que hice:

¿Es un campo minado?

¿El hombre está enfermo?

¿El campo es una metáfora?

Todos tenemos toda una serie de suposiciones horneándose en nuestras mentes. Cosas acerca de las que no pensamos, pero que influyen en la manera en que pensamos.

Uno de los roles tradicionales de la filosofía ha sido la de llevar estas suposiciones a la superficie e interrogarlas.

Lo que todos en nuestra comunidad damos por hecho, el filósofo lo cuestiona. En el proceso muchos problemas aparentemente insolubles no son respondidas como tales, pero se disuelven.

Básicamente, nuestras preguntas tienen respuestas implícitas ocultas dentro de ellas. Cosas que damos por sentado como correctas.

Si tomamos una pregunta a su valor nominal, aceptamos las respuestas inherentes en la que se basa. Un ejemplo evidente se puede ver en la pregunta del patio de recreo de la escuela que recuerdo: ¿Has sido alguna vez atrapado espiando a las chicas de la clase de gimnasia?

En respuesta al inevitable “no”, quien pregunta, con aire de suficiencia respondería: “Así que debes haber sido muy bueno en ello”.

La forma en que estaba formulada la pregunta significaba que cualquier respuesta implicaría que espiabas a las chicas. La única salida involucraba rechazar la suposición oculta en la pregunta.

Para Wittgenstein, la filosofía fue capaz de resolver muchos de los problemas filosóficos más difíciles al mostrar cómo en realidad eran pseudo-problemas haciéndose pasar por los verdaderos problemas. Que una vez que la planteabas de una manera diferente, la pregunta aparentemente imposible se evaporaba.

Este proceso de cuestionar nuestras suposiciones básicas puede ser una actividad difícil e incluso peligrosa, una que hizo a Sócrates el primer mártir de la filosofía.

Parte de ser un buen predicador involucra la capacidad de aislar y sacar a la luz las distintas suposiciones que una comunidad está haciendo. Haciéndolo de una manera que evite la activación de los mecanismos de defensa de los pueblos. De esta manera, la comunidad podría ser capaz de considerar y cuestionar las suposiciones en lugar de simplemente ser influenciada por ellas.

Una de las formas en que podemos llegar a ver las suposiciones que hacemos es cuando nos enfrentamos a diferentes comunidades. Cuando esto sucede a menudo nos enfrentamos a lo que damos por sentado, y lo ponemos en una posición donde podemos evaluarlo. Una confrontación que puede llevarnos a vernos a nosotros mismos bajo una nueva luz, y quizás incluso a cambiar de manera positiva.

Esta es una de las razones por las que desarrollé “El Proyecto de Evangelización”.

Ah, y la respuesta al acertijo anterior es que él está cayendo desde cielo después de que su paracaídas fallara en abrirse.

 

Fuente original:

http://peterrollins.net/2015/07/questioning-the-answers-in-our-questions/

Peter Rollins

Peter Rollins

Filósofo, Teólogo, Autor, Conferencista.

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