Cazar y predicar; Dakota del Norte llama

Cazar y predicar; Dakota del Norte llama

El autor se dirige a la pequeña ciudad de Gackle, en donde chocan sus pasiones: su espiritualidad, la gente, y el alejarse un tiempo.

Gackle, Dakota del Norte. —  Antes del amanecer, en una mañana de octubre, Harry Krause y yo lanzamos algunos señuelos de pato en un pantano de las afueras de Dakota del Norte. La mañana anterior, habíamos estado cerca de allí cazando y disparado a un par de ánades reales, pero nos dimos cuenta que el pantano estaba lleno de patos, unos 400 tal vez. Krause y yo decidimos que sería nuestro lugar ideal el domingo.

Por supuesto, las cosas cambian. No le dimos a un solo pato. “Así es cazar”, dijo Krause, una frase común. Al poco tiempo, tuvimos que hacer las maletas y regresar al pueblo. Había venido a Gackle para hacer dos de mis cosas favoritas: cazar y predicar, y era el orador invitado en First United Church of Christ, esa misma mañana.
Regresamos a la casa de Krause para lavarnos antes del servicio y coincidimos en algo: El Señor nos debe preferir en la iglesia y no en un refugio al aire libre.

El viaje que me llevó a Dakota del Norte comenzó con un antojo. Publiqué en mi blog una oferta un tanto en broma que supuse que sería en vano: predicaría en cualquier iglesia a cambio de caza. Un par de días después, recibí un correo electrónico de la Rev. Jean Mornard, una sacerdote en la Iglesia Episcopal de la Gracia en Huron, Dakota del Sur. No sabía mucho sobre Huron, pero sabía que tenían una estatua de un faisán gigante. Una buena señal.

Aquel noviembre, me encontraba llamando a la puerta de los feligreses de la Madre Jean, Jorge y Connie Vicuña. Y un par de horas después, mi labrador amarillo Albert y yo nos encontrábamos atravesando a paso firme el campo con Vicuña y sus perros, en busca de faisanes. Llegó el domingo, y prediqué en la Iglesia de la Gracia.

Este año, será mi cuarto viaje a Huron, predicaré sobre el domingo de Adviento, y cazaré faisanes con Vicuña a lo largo del río James y en la tierra del Programa de Conservación de Reservas que él administra. Y desde entonces he añadido el viaje a Gackle y otro a una iglesia luterana en Davenport, Iowa.

No crecí cazando. Llegué a la caza cuando era un joven pastor de 20 años. Un miembro de la iglesia me llevó a su cabaña en el Lago de los Bosques y me enseñó a cazar patos, luego me llevó a Dakota del Sur en busca de faisanes. Quedé enganchado. Pero también tenía una creciente sensación de que mi propia espiritualidad —mi sentido de conexión con Dios— se intensificaba cuando estaba cazando.

Eso sólo se incrementó a medida que mi carrera evolucionó del ministerio pastoral a la enseñanza y la escritura. Lo que me impulsa es el aire libre y los silencios, ver a mi perro en acción y hacer nuevos amigos. Doy clases en un par de seminarios, y sin embargo me he cruzado con otro profesor de seminario en un refugio al aire libre, un teólogo y una escopeta no suelen ir de la mano. El haber llegado a combinar una actividad que me da una gran alegría con mi vocación es casi demasiado bueno para ser verdad. Tal vez sea la providencia.

Quintaesencia de Dakota del Norte

Albert y yo viajamos más de cinco horas a Gackle el 7 de octubre y nos instalamos en la casa de Krause y su esposa, Brenda. Agricultores de toda la vida, se trasladaron a la ciudad hace unos doce años y ahora arrendan sus 2200 acres de maíz y soja. Es muy sencilla la vida de los Krauses aquí en Gackle. Harry y Brenda son dos de los 300 residentes, y todo, excepto Dani’s bar, la estación de servicio Co-op y el restaurant Tastee-Freez, ha cerrado. El supermercado más cercano está a 40 millas de distancia en Jamestown.

Harry Krause, de 76 años, es la quintaesencia de Dakota del Norte. Él conduce una Ford F-150 de 1977, a pesar de que tiene un modelo 2016 en el garaje. Él y Brenda provienen de linaje ruso-alemán, y llenan mi estómago con delicias llamadas küchen (pastel de crema), knoephla (estofado de bola de masa, a menudo con carne de res y chucrut) y Küchle (pan frito). Otra ventaja es que Krause conoce a cada agricultor de la zona, lo que nos abre muchísimas posibilidades de caza.

Maíz, frijoles, avena y trigo llenan los sentidos en estos lugares. También los pequeños pantanos y los grandes lagos. Es esta abundancia de agua y cultivos lo que ha atraído la migración oeste de los patos, fuera de Minnesota y las Dakotas.

Poco después que llegamos, el viernes por la tarde, Albert y yo nos subimos a la camioneta de Krause y salimos a tirar, lo que significa que condujimos en busca de patos en los pantanales antes de intentar un ataque furtivo. Los ánades reales son el premio principal, pero estaban particularmente nerviosos, les habían estado disparando durante tres semanas.

Cada pantano estaba repleto de patos, pero por lo general las aves se asustaban mucho antes de que pudiese acércame lo suficiente para disparar. Le di a tres patos frisos y a una cerceta, cada uno felizmente recuperado por Albert.

También nos quedamos cerca de los fangales un par de días, escondidos entre eneas y juncos. El sábado por la tarde, para cambiar de ritmo, cazamos gansos canadienses en un campo de maíz. Pusimos señuelos en una franja que había sido cosechada, y nos sentamos en la profundidad de una fila de maíz que todavía estaba de pie. Al cabo de tres horas, dos grandes grupos entraron. Le di a dos en el maíz, y Krause le dio a uno en la hierba alta. Albert encontró uno de los míos, pero él y yo buscamos en vano el segundo. El ganso de Krause, al parecer, también estaba perdido.

Más tarde, mientras Krause caminaba en busca de la camioneta para poder empacar y dirigirnos a cenar, llevé al perro a una última búsqueda. Un ganso bastante vivo asomó su cabeza fuera de la hierba y emitió un sonido. Sin inmutarse, Albert forcejeó con el ave, la agarró fuertemente con su boca, y la entregó, dejándome la desagradable tarea de matar al ganso.

Tiempo para la iglesia

El Rev. Rick Steele pastorea tanto la iglesia Congregacional como la Luterana en Gackle porque ninguna es lo suficientemente grande para un clérigo a tiempo completo. El domingo, las congregaciones se combinaron llegando a ser alrededor de 50 en las bancas, llenando aproximadamente la mitad del santuario. Aun así, todo el mundo se sentó en la mitad posterior. “Ven para acá”, dijo Krause en un momento, así que abandoné el púlpito y hablé desde el pasillo central.

Prediqué acerca de los desafíos de la iglesia en el siglo 21, cantamos himnos y oré. Más tarde todos nos dirigimos al sótano de la iglesia para una cena de ensueño. Debería haber una docena de ollas, cada una llena de alimentos deliciosos, incluyendo frituras de papa, albóndigas, salchichas caseras y algo llamado botones de queso (que más tarde supe que es otra versión de knöpfla).

Después de eso, Steele y yo nos encontramos con el grupo de jóvenes, de los cuales un par se habían perdido el servicio, ya que estaban cazando. Luego caminamos alrededor de la esquina hacia el Centro de Atención Gackle, en el que estaban teniendo una reunión casera abierta con una venta de pasteles y un hombre tocando polka en un acordeón.

“¿Cómo estuvo la caza?”. Me preguntó todo el mundo.

“Nada mal. Nada mal en lo absoluto”.

Creo que hablo por muchos cazadores modernos que viven en las afueras y trabajan en la ciudad, pero que pasan los fines de semana en el campo. Tener una bolsa de caza llena no es el punto. Alejarse lo es. Encontrar un poco de silencio. Y tal vez incluso la conexión con el Creador.

Albert y yo emprendimos el regreso a casa el lunes por la mañana con un poco de carne en la nevera, una tarta de manzana casera de la venta de pasteles, y sueños que nos pedirán volver a Gackle para cazar y predicar el otoño próximo.

 

Fuente original:

http://www.startribune.com/offer-goes-out-to-hunt-and-preach-north-dakota-town-comes-calling/397620401/#1

Tony Jones

Tony Jones

Teólogo, Autor.

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