Bautismo en agua

Bautismo en agua

Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Mateo 28:19

 

La palabra “bautismo” es una latinización del griego baptisma [βάπτισμα], que significa lavar o sumergirse, por lo que casi de manera esencial hace referencia al uso de agua. El cristianismo empezó a hacer uso del término desde Juan el Bautista, aunque ya antes había sido usado, con algunas variantes, para designar tanto a los cultos mistéricos de judíos helénicos, que consistían en lavatorios y baños de purificación, como a las prácticas de los esenios, comunidad judía del Qumrán que usaba depósitos de agua para la purificación de sacerdotes por inmersión y los baños diarios que todos los miembros debían tomar diariamente antes de la comida. Para esta comunidad los lavatorios tenían ya un sentido de conversión y de recepción del Espíritu[1].

El Antiguo Testamento nos permite apreciar cómo la purificación por agua era usual para los judíos: el diluvio (Génesis 6:17), el paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo (Éxodo 14), la curación de la lepra de Naamán en el Jordán (2 Reyes 5: 14), etc. Sin embargo, varios teólogos e historiadores consideran que ninguno de los ritos judíos anteriores a Juan el Bautista es propiamente la base del bautismo cristiano, pues eran prácticas repetitivas, cuyo fin era solo una limpieza inmediata y temporal[2].

Gerhard Lohfink sostiene que algunos investigadores han encontrado el bautismo de prosélitos más cercano al bautismo cristiano, especialmente por su carácter único. Con este bautismo los paganos, tras una inmersión total, quedaban purificados de su paganismo y entraban a formar parte del judaísmo. No obstante, a diferencia del bautismo cristiano, el de prosélitos era practicado sólo por paganos, era un autobautismo, y lo más importante, no había en él una motivación escatológica; es decir, nadie se bautizaba como una forma de prepararse para el más allá[3].

Fue entonces con Juan que se sentaron las bases del bautismo actual, o quizá deberíamos decir, de las distintas formas bautismales de las actuales vertientes del cristianismo. Su bautismo ya no era un autobautismo, y aunque era proclamado como bautismo de conversión para perdón de los pecados, estaba dirigido a los israelitas, pues era además un bautismo de preparación para que luego fueran bautizados por quien les bautizaría ya no con agua, sino con Espíritu Santo (Marcos 1: 4-8). Las palabras de Juan en Mateo y Lucas dejan ver con mayor claridad el mensaje de su bautismo: ya no basta con proclamar ser hijo de Abraham, sino que debe haber un verdadero arrepentimiento de los pecados, pues aquellos que no se arrepientan y no den buen fruto, serán cortados y arrojados al fuego (Mateo 3: 5-11. Lucas 3: 3-9). El bautismo de Juan tiene entonces el tinte escatológico del que carecían los ritos de purificación judíos: es la anunciación de un fin[4]. Si este es el bautismo de Juan, la pregunta que naturalmente podría surgir es ¿por qué Jesús, estando sin pecado alguno, se bautiza? ¿Por qué más bien no es Jesús el que bautiza a Juan y a los demás?

A la primera pregunta podrían darse muchas respuestas: el bautismo de Jesús es necesario quizá como el momento mesiánico donde Cristo recibe su convicción, su llamado, su consagración como mesías, o como el momento que le permite iniciar su vida pública, o como la manifestación de la humilde y piadosa personalidad de Jesús[5]. Con respecto a la segunda pregunta, si bien no puede saberse con precisión si Jesús bautizó alguna vez o no, cobra perfecto sentido pensar que, como Lohfink lo hace, Jesús no impartió el bautismo de Juan, pues a diferencia de este, el centro del mensaje de Jesús era la salvación y no el juicio[6].

La conexión entre un mensaje y otro es trazada por el propio Jesús quien les delega a sus discípulos el ir por el mundo a llevar la buena nueva para que todo aquel que crea y sea bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo sea salvo (Marcos 16:16. Mateo 28:19). Este es entonces el bautismo anunciado por Juan: un bautismo no solo de purificación y preparación para el fin, sino un bautismo del Espíritu, el cual es dado a los que creen para salvación. A partir de la evidencia escritural, y claro, desde una misma línea interpretativa, muchos han asegurado que la práctica bautismal de los primeros cristianos es un claro reflejo de este intento por unificar el mensaje de arrepentimiento junto con el anuncio de las buenas nuevas de salvación. Podemos verlo, por ejemplo, en pasajes como: Hechos 2: 38; Tito 3:5; 1 Pedro 3:21.

Desde los primeros siglos de la era cristiana hasta hoy la práctica del bautismo ha ido tomando diversos matices respecto a su forma. Así, por ejemplo, aunque quizá solo con excepción de los cuáqueros, para las distintas vertientes del cristianismo el uso de agua aparece de forma esencial en el rito del bautismo, ha habido diferentes opiniones con respecto a si el bautismo debe ser  por inmersión o subinmersión (los partidarios de esta opción suelen hacerlo por motivos etimológicos y escriturales, entre estos están los bautistas, iglesias de Cristo, mormones, Iglesia católica ortodoxa, testigos de Jehová, adventistas y algunas iglesias particulares de otras denominaciones), o por aspersión o ablución (normalmente quienes eligen alguna de estas dos opciones no lo hace por razones doctrinales o teológicas, sino por practicidad, aquí se encuentran la mayoría de Iglesias católicas, luteranas, anglicanas, presbiterianas, moravos, metodistas, entre otros).

También han surgido discusiones en torno a la mención de la fórmula trinitaria. Aunque la principal fuente de autoridad que se cita en este respecto es Mateo 28:19, algunos filólogos y teólogos han considerado que la mención a la trinidad hace parte de un trabajo editorial posterior a la escritura del evangelio de Mateo[7]. De cualquier forma, fuera de este pasaje de Mateo, hay varios elementos tanto en los evangelios (en el propio bautismo de Jesús se hacen presente las tres personas: Padre, Hijo y Espíritu) como en las narraciones sobre los primeros cristianos que hacen que no sea imposible pensar en una incipiente formula trinitaria anterior a la oficialmente formulada en el Concilio de Nicea en el siglo IV. Actualmente son pocos los grupos cristianos que no utilizan dicha fórmula en el bautismo, algunos como los pentecostales unitarios, basados en varios pasajes de Hechos (2:38, 8:16, 10:48, 19:5), bautizan solo en el nombre de Jesús, otros como los testigos de Jehová y los mormones, no hacen mención de la trinidad, o al menos no de la concepción estipulada en Nicea.

Pero quizá el punto de mayor discusión sea el carácter salvífico del bautismo. De la postura que se tome respecto a este punto suelen surgir al menos dos discusiones más, una sobre el talante sacramental del bautismo y otra sobre el bautismo infantil. Aunque como afirma Mark Moore, una selección de citas puede servir casi para probar cualquier cosa, y, por tanto, prácticamente nada, es al menos un punto de partida para abrir la discusión, especialmente si en ellas se muestra información relevante y representativa para el tema en cuestión. Así pues, por un lado, está la lista de citas tomadas de la Escritura que ya antes había mencionado: los pasajes de Hechos, Tito y 1 de Pedro y junto a estos está el famoso pasaje de Marcos 16:16 (“El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado”).

Por otro lado, están los testimonios de diversos Padres de la Iglesia. Entre ellos está Justino Mártir (110-165 d.C.), quien en su primera Apología hace mención a la regeneración o renacimiento que se da a través del bautismo[8]. También Tertuliano (145-220) escribe que es por el sacramento del agua que nuestros pecados son lavados y somos admitidos en la vida eterna[9]. Y no podrían faltar los testimonios de Agustín (354-430) y Tomás de Aquino (1225-1274) quienes de manera semejante afirman que el bautismo es el punto en el tiempo en el que Dios confiere su gracia al convertido, por lo cual el bautismo es necesario para la salvación[10]. Estas y otras consideraciones han consolidado la que hasta hoy es la postura de la Iglesia católica romana sobre el bautismo: que este es el primero y principal sacramento para el perdón de los pecados; su carácter sacramental es el sello espiritual de ser signo sensible y eficaz de la gracia de Dios[11].

Pese a las muchas objeciones que Lutero vio en la forma en que la Iglesia católica estaba impartiendo los sacramentos, la Reforma luterana no modificó propiamente ni al sacramento del bautismo ni al de la eucaristía (los únicos dos sacramentos vigentes para la mayor facción del protestantismo). Pues de modo análogo, Lutero consideraba al bautismo como un regalo concedido por Dios, en el cual se unen el signo externo que es el agua y la palabra de Dios. El agua sin la palabra no es nada, de manera que no se puede pensar supersticiosamente que es el agua quien limpia y salva, sino que es a través de la gracia de Dios quien hace del agua un elemento salvífico; gracia que además es concedida con antelación a que el bautismo, como regalo de Dios, sea recibido. Ahora bien, aunque no es el acto de bautizarse lo que salva, sino el acto divino que por medio de la Palabra instituye el bautismo, sí es al recibirlo que se obtienen los beneficios del Espíritu, que son el ser santificados y formar parte de la comunidad de fe[12].

Fue entonces con Zuinglio, padre de la Reforma en Suiza, con quien de forma más radical se abrió el debate, pues consideró que si como afirman las Escrituras somos salvos por gracia y no por obras, el bautismo como acto hecho por hombres no podría ser para salvación. Para Zuinglio tampoco resultaría correcta la postura católica y la luterana de considerar el bautismo como el momento en el tiempo en el que la gracia de Dios es concedida al bautizado, pues para él el bautismo era más bien la ratificación del pacto que ya Dios había hecho con Abraham, es decir, era la señal de pertenecer a la cristiandad. Bajo esta visión el bautismo adquiere un carácter más simbólico, porque el verdadero perdón y limpieza de nuestros pecados solo tiene lugar a través de la sangre de Cristo, nadie puede contribuir a su salvación ni puede coartar la libertad de Dios para que su gracia sea concedida en el momento determinado que se elija para ser bautizado.

Muchas de las tesis de Zuinglio sirvieron para que en Suiza los anabaptistas promovieran un segundo bautismo y se opusieran al bautismo infantil. Pues si el bautismo no es necesario para la salvación y es más bien una manifestación pública de la fe en la gracia que Dios me ha otorgado con antelación, no hay razón para bautizar a los niños. Al ver esta respuesta de los Anabaptistas, Zuinglio se retractó de algunas de sus tesis y al igual que Lutero y que la Iglesia católica, condenó y persiguió a los anabaptistas, pues aquellos consideraban que no solo había un fundamento Escritural para el bautismo infantil (Hch 16:15, 16:33, 18,8; 1 Co 1,16; Col 2: 11-12), sino que era impropio negarles los beneficios y la pertenencia a la comunidad de fe que se obtiene a través del bautismo.

Esto es apenas una breve muestra de las discusiones teológicas y doctrinales en torno al tema del bautismo; muchas de estas posturas se han hecho más sólidas y más numerosas en adeptos, lo cual plantea un verdadero reto teológico el decidirse por la “correcta”, como también debería hacer más difícil el condenar a las “incorrectas”. Lutero afirmaba que, aunque fuera necesaria la ceremonia mediante la cual morimos al viejo Adán y resucitamos al nuevo hombre, ambas cosas debían suceder toda la vida. De tal forma que la vida del cristiano no es sino un bautismo diario, un continuo morir al odio, a la avaricia, a la envidia, a la soberbia, etc., y un renacer al amor, a la humildad…[13]  quizá debería ser este bautizo del que con más fervor debiéramos participar, aun si su expresión externa de ser introducidos en o salpicados de agua tuviera lugar en la niñez o en la vida adulta, ya sea como sacramento o como mandato, como algo esencial o como mero símbolo.

 

Notas:

[1]Lohfink, Gerhard. El origen del bautismo cristiano. p. 2-3

[2]Lohfink, Gerhard. El origen del bautismo cristiano. p. 3

[3]Ibíd.

[4]Lohfink, Gerhard. El origen del bautismo cristiano. p. 5.

[5]Bundy, Walter E., “The Meaning of Jesus’ Baptism” en The Journal of Religion, Vol. 7, No. 1, 1927, pp. 56-71.

[6]Lohfink, Gerhard. El origen del bautismo cristiano. p. 6.

[7]Lohfink, Gerhard. El origen del bautismo cristiano. p. 2.

[8]Justin Martyr, “The First Apology of Justin,” 61, tr. Dods and Reith, en The Ante-Nicene Fathers, ed. Alexander Roberts y James Donaldson (Grand Rapids: Eerdmans reprint, 1979), I:183.

[9]Tertullian, “On Baptism,” tr. S. Thelwell, en The Ante-Nicene Fathers, ed. Alexander Roberts y James Donaldson (Grand Rapids: Eerdmans reprint, 1978), III: 669.

[10]Augustine, “A Treatise on the Merits and Forgiveness of Sins,” I: 34, The Works of Aurelius Augustine, Vol. IV: The Anti-Pelagian Works, vol. i., ed. Marcus Dods, Tr. Peter Holmes (Edinburgh: T. & T. Clark, 1872), p. 35.

Thomas Aquinas, Summa Theologica, vol 2., tr. Fathers of the English Dominican Province (New York: Benzieger Brothers, 1947-1948), 68:1, pp. 2398 – 2399.

[11]Catecismo de la Iglesia Católica 976-985.

[12]Catecismo Mayor de Lutero, pp. 59-66.

[13]Catecismo Mayor de Lutero, pp. 65-66.

 

Fernanda Rojas

Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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