AMOR: Semana 1, día 2. Un viaje al centro.

AMOR: Semana 1, día 2. Un viaje al centro.

Tanto la verdadera identidad de Dios como la nuestra es amor. Entonces, ¿por qué no es tan obvio? ¿Cómo encontrar lo que supuestamente ya está allí? ¿Por qué deberíamos despertar a lo más hondo y profundo de nosotros? ¿Y cómo hacerlo? ¿Por medio de la meditación y la oración? ¿Mediante más silencio, soledad y sacramentos? Sí a todo lo anterior, pero la manera más importante es vivir y aceptar completamente nuestra realidad presente. Esta solución suena tan simple e inocua, que la mayoría de nosotros fabricamos todo tipo de adornos religiosos para evadir hacernos cargo de nuestra vergonzosa, mundana y constante cruz del momento actual.

Como dijo James Finley: “El mejor maestro de la presencia de Dios en nuestras vidas es nuestra vida”. Por alguna razón, es más fácil asistir a las reuniones de la iglesia que detenernos a reverenciar lo verdadero, la “práctica de la presencia de Dios”, como algunos de nuestros santos la han llamado. Asumir este compromiso no requiere mucha disputa dogmática o apoyo de gestión, sólo vigilancia, deseo y la disponibilidad de empezar una y otra vez. Al vivir y aceptar nuestra realidad no nos sentimos muy espirituales. Sentimos que estamos en la periferia en vez de estar tratando con la esencia. Así que la mayoría corremos hacia posturas más dramáticas y esotéricas en vez de sobrellevar el misterio del sufrimiento y el gozo de Dios dentro nuestro. Pero la periferia de nuestra vida, llena de experiencias de sufrimiento y gozo, nos lleva de vuelta al centro y a la esencia, la cual es el amor.

No encontramos nuestro propio centro; él nos encuentra a nosotros. Nuestra propia mente no es capaz de descubrirlo. Colapsamos hacia la verdad cuando estamos desnudos y libres espiritualmente, lo cual probablemente no suceda muy a menudo. No pensamos en nuevas formas de vivir. Vivimos en nuevas formas de pensar. En otras palabras, el diario vivir en torno a nuestras realidades (o la “circunferencia”), nos guía a la realidad esencial, donde encontramos tanto a nuestra verdadera identidad como a nuestro verdadero Dios. Realmente no sabemos lo que significa ser humano a menos que conozcamos a Dios. Y, así mismo, no conocemos realmente a Dios sino a través de nuestra quebrantada y jubilosa humanidad.

En Jesús, Dios nos dice que no es diferente de la humanidad. Por eso Jesús se llama a si mismo comúnmente y casi exclusivamente “Humano” o “Hijo de la Humanidad”. Usa el termino setenta y nueve veces en los cuatro evangelios. La realidad de Jesús, su cruz, es decir un “sí” libre a lo que diariamente le demanda su humanidad. Pareciera que los cristianos hemos estado adorando la vida de Jesús en vez de vivirla. Lo primero se siente muy religioso; lo último humano y ordinario. No somos seres humanos en un viaje hacia el Espíritu, somos seres espirituales en un viaje hacia la plena transformación en humanos, lo cual, por alguna razón, pareciera más difícil, precisamente por ser tan ordinario.

Fuente original:
https://cac.org/journey-to-the-center-2015-12-28/

Richard Rohr

Richard Rohr

Autor, Monje Franciscano.

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