Adivina qué: Las profecías no son predicciones del futuro – Parte 2

Adivina qué: Las profecías no son predicciones del futuro – Parte 2

La publicación de hoy es la segunda parte de una serie de tres acerca de por qué Jesús no ha vuelto pronto como dijo que lo haría, o en términos técnicos, por qué se ha retrasado la parusía.

Las publicaciones son co-escritas por Christopher M. Hays y C. A. Strine y se basan en el reciente libro editado por Hays: “Cuando el Hijo del Hombre no vino: Una propuesta constructiva sobre el retraso de la parusía”.

La esencia de la publicación anterior (Hays) fue que, de hecho, Jesús les dijo a sus discípulos que iba a volver pronto, pero luego no lo hizo. La publicación de hoy, escrita por el especialista en Antiguo Testamento Strine, comienza contándonos por qué.

Publicación 2: Los profetas no son adivinos o meteorólogos (por C. A. Strine)

¿Cómo se explica con algo de honestidad intelectual una Segunda Venida, la cual Jesús dijo que sucedería pronto, pero no fue así? Como Christopher menciona en la primera publicación, creemos que se reduce a cómo se entiende “la profecía predictiva”.

Nosotros creemos que las declaraciones sobre el regreso de Jesús en los Evangelios son profecías, lo cual no significa que sean predicciones de eventos futuros. Ahora, eso suena muy extraño.

Excepto que no lo es.

Cuando la mayoría de la gente lee algo llamado profecía, en especial profecía predictiva, asumen que las declaraciones sobre el futuro pretenden describir con precisión lo que el profeta interpreta que, por inspiración divina, realmente sucederá en el futuro.

Tendemos a pensar en los profetas como meteorólogos divinos que proporcionan un pronóstico a largo plazo. Predicciones de fatalidad y pesimismo o imágenes de abundantes bendiciones son tomadas como afirmaciones acerca de cómo será el futuro. Esto es lo que hacen los profetas: nos hablan ahora de cómo serán las cosas luego, en algún momento del futuro.

Sólo que eso no es lo que el Antiguo Testamento nos dice.

El libro de Jeremías se aproxima a mostrarnos cómo funciona la profecía predictiva, y es bastante diferente al modelo de “predecir el futuro”.

De hecho, Jeremías deja muy claro que algunas profecías predictivas no están destinadas a pasar en lo absoluto.

Veamos Jeremías 18:5-10. Este pasaje explica que Dios se reserva la posibilidad de cambiar el rumbo, incluso después de que el profeta que habla en nombre de Dios predijera bendición o maldición.

 En ese momento la palabra del Señor vino a mí, y me dijo: «Pueblo de Israel, ¿acaso no puedo hacer con ustedes lo mismo que hace este alfarero con el barro? —afirma el Señor —. Ustedes, pueblo de Israel, son en mis manos como el barro en las manos del alfarero. En un momento puedo hablar de arrancar, derribar y destruir a una nación o a un reino; pero si la nación de la cual hablé se arrepiente de su maldad, también yo me arrepentiré del castigo que había pensado infligirles. En otro momento puedo hablar de construir y plantar a una nación o a un reino. Pero si esa nación hace lo malo ante mis ojos y no me obedece, me arrepentiré del bien que había pensado hacerles.

En otras palabras, Dios podría no enviar el castigo predicho si las personas se arrepienten, o, al contrario, retener una bendición predicha si las personas hacen lo malo a sus ojos.

Las declaraciones sobre el futuro son descripciones de cuán malo podría ser, o cuán abundantes podrían ser las bendiciones de Dios. Todo depende de lo que se haga.

Las profecías son declaraciones condicionales. Las profecías predictivas explican lo que se encuentra en oferta, no lo que ya se ha decidido.

Esta dinámica se pone de relieve más adelante en Jeremías (cap. 26, para ser exactos). Después de haber profetizado la destrucción del templo —obviamente, una posición no popular en Jerusalén— los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo condenan a muerte a Jeremías (v. 7-9) debido a su predicción de condenación.

Pero entonces los ancianos del país recuerdan que Miqueas había predicho un destino similar para Jerusalén. También recuerdan que, en esa ocasión, Ezequías (el rey de ese momento) no trató de eliminar a Miqueas por estar molesto a causa de su horrenda profecía; más bien, la amenaza de destrucción provocó que Ezequías implorara a Dios para salvar a Jerusalén.

Y Dios lo hizo. Crisis evitada.

La profecía de Miqueas no llegó a ocurrir, sino que condujo a Ezequías a cambiar sus caminos. Y eso lo hizo un buen profeta. Uno muy bueno, por cierto.

La profecía no busca simplemente predecir el futuro, sino cambiar el presente. El potencial de un futuro desastre tiene la intención de cambiar el comportamiento actual, para motivar a la gente a arrepentirse, a volver a Dios, y vivir de una manera que persuada a Dios de retener el juicio.

O bien, cuando se promete bendición, la profecía tiene como objetivo animar a la gente a perseverar en seguir los mandatos de Dios, para hacerlo con mayor convicción, y recordarles que la reincidencia en la rebelión podría convencer a Dios de no otorgarles las cosas buenas que se les ha ofrecido en lo absoluto.

Los profetas quieren activar ciertos comportamientos en sus audiencias, no pronosticar eventos futuros. Son como padres advirtiendo a sus niños contra el comportamiento tonto y alentándolos al buen comportamiento, no pronosticadores del tiempo diciéndote si necesitarás o no un paraguas al mediodía de mañana.

Este es el caso en todo el mundo antiguo y el Antiguo Testamento (como hemos comentado en el libro).

Piensa, por ejemplo, en el libro de Jonás. Este profeta sin duda es una figura cómica, en un libro cómico, pero ciertamente con un punto serio.

¿Por qué Jonás se resiste a ir a Nínive? Precisamente porque sabía que alertar a la gente de esta nación extranjera de la posibilidad del castigo de Dios causaría que cambiaran sus caminos (Jonás 4: 1-4). Jonás quería que Dios castigara a Nínive; sabía que su “predicción” de castigo podría cambiar su comportamiento y evitar ese resultado; por lo que escapó.

En el libro mostramos cómo este mismo punto de vista acerca de la profecía se encuentra escondido en pasajes de Isaías, 2 Samuel, textos judíos tempranos, y, como Christopher habrá de explicar en la próxima publicación, también en el Nuevo Testamento.

Los profetas no son adivinos o meteorólogos. No intentan predecir un futuro inevitable e inmutable, sino cambiar la forma en que las personas viven en el presente.

Cuando leemos profecía predictiva en el Antiguo Testamento, en los Evangelios, o en otro lugar, tenemos que preguntarnos lo que quiere activarnos a hacer, no lo que podría pronosticar acerca del futuro.

Como veremos en nuestra próxima publicación, esto es justo lo que el Nuevo Testamento nos muestra.

(Parte 3)

 

Fuente Original:

http://www.peteenns.com/guess-what-prophecies-arent-predictions-of-the-future-you-can-look-it-up/

Peter Enns

Peter Enns

Teólogo, Autor.

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