500 años de la Reforma: Una mirada desde Colombia

500 años de la Reforma: Una mirada desde Colombia

¿Qué Iglesia reformada tiene Colombia?

Unirnos a la celebración mundial que conmemora los 500 años de Reforma -un evento significativo tanto para la Iglesia católica como para la, a partir de entonces, Iglesia protestante- se presenta como el momento idóneo para plantearnos diversas cuestiones sobre el tipo de Iglesia protestante que tenemos en Colombia. Quizá omitimos la presencia de la Iglesia protestante en Colombia porque su nombre es muy poco usado; en su lugar, hay un pequeño grupo de Iglesias protestantes que son reconocidas por el nombre de su denominación específica (como es el caso de las Iglesias Luterana, Presbiteriana, Metodista o Wesleyana), y un poderoso y creciente grupo que se presenta como un gran todo interdenominacional –que en ocasiones pareciera ser un gran todo que pretende sobrepasar cualquier denominación- bajo el nombre de Iglesias evangélicas o cristianas.

Y es que, después de 500 años, hablar de la Iglesia protestante, así, en singular, se hace imposible. Porque si por algo se ha caracterizado el protestantismo desde sus inicios es por su capacidad de fragmentación. Lutero, el gran reformador que entre su legado nos dio una fecha para conmemorar  hoy la Reforma, promulgó entre sus principios que la Iglesia debía tener como única fuente doctrinal y práctica de fe la Biblia, la cual cada creyente tiene el derecho y deber de interpretar. Esta libertad en la interpretación de las Escrituras, entre otras cosas, dio pie a una amplia diversidad de iglesias protestantes, al surgimiento de nuevas doctrinas, de nuevas prácticas y a la extinción de otras. Esta diversidad que cada día pareciera hacerse más diversa ha mantenido a la Iglesia reformada en continua reformación.

Con este panorama, creo entonces que celebrar 500 años de la Reforma debería traducirse en una invitación a concientizarnos de la diversidad y la transformación que se ha dado al interior de la Iglesia protestante durante todos estos años; a reconocer los distintos procesos que particularmente han ido definiendo a la Iglesia protestante en Colombia; a ver que por más generales y abarcadores que pretendan ser los nombres con los que se reconoce a su principal rama, hay un trasfondo histórico que le precede a esta y la hace sujeta y susceptible a cambios. Por lo demás, tomar consciencia de los procesos que han marcado el pasado de la Iglesia protestante en Colombia debería ayudarnos a ver, no solo el rumbo que esta ha tomado, sino a determinar cuál es el camino que debería tomar.

Inicios de la reforma

Tras un profundo estudio de los libros de Romanos y Gálatas, Martín Lutero, un joven monje alemán, se percata de ciertos errores que la Iglesia católica había estado cometiendo, especialmente respecto a la doctrina de la justificación; pues mientras la Iglesia consideraba que el creyente podía hacer una serie de actos y penitencias para obtener el perdón y la salvación, Lutero pensó que ningún ser humano podía hacer algo por lo cual se hiciera merecedor de ella, sino que esta era otorgada exclusivamente por la gracia de Dios. Aunque no hay suficiente evidencia al respecto, se ha supuesto que, con tales consideraciones en mente, el 31 de octubre de 1517, Lutero clava en la puerta de la iglesia del palacio de Wittenberg sus noventa y cinco tesis. En ellas expresa su preocupación por el abuso de la autoridad eclesiástica, por la venta de indulgencias, y en general, por el distanciamiento que varios presupuestos teológicos tenían con respecto a las Escrituras.

En principio, la publicación de estas tesis pretendía ser el inicio de un debate, el cual degeneró en una fuerte disputa en la que el papa Pío X terminó por excomulgar a Lutero en 1520. Excomulgado y además perseguido por el emperador, Lutero tuvo que refugiarse en el castillo de Wartburg, donde tradujo la Biblia al alemán, siendo esta la primera vez que la Biblia era traducida a una lengua distinta al latín, lo que permitía que pudiera ser leída por el común de la gente, y lo más importante, sin la mediación de un sacerdote. Como esta, gran parte de las propuestas luteranas fueron dirigidas a quebrantar la autoridad sacerdotal, pues no solo promulgó la libre lectura e interpretación de las Escrituras, sino que afirmó que el único mediador entre Dios y el ser humano era Cristo.

Todas las propuestas de Lutero fueron prontamente conocidas y adoptadas por otros, constituyendo así, más que una reforma, una nueva rama de la cristiandad. No obstante, Lutero rechazó que se hablara de una Iglesia luterana, y en su lugar, para distinguirla del catolicismo, se refería a ella como “Iglesia evangélica”, por lo que muchas de las principales instituciones del protestantismo fueron conocidas como evangélicas, término que aun hoy acompaña el nombre de varias Iglesias luteranas, entre otras denominaciones. El término “protestante” fue empleado a partir de 1529, cuando el emperador convocó una nueva asamblea para convencer a los príncipes alemanes convertidos al luteranismo de que se sometieran al papa, pero muchos se resistieron a hacerlo y protestaron contra ello.

Por su parte, en Ginebra, Juan Calvino se posicionó como otro de los grandes padres de la Reforma. Teniendo en consideración muchos de los principios teológicos de Lutero, Calvino promovió el proceso de reformación en Suiza, Escocia y Francia. Varios de dichos principios fueron promulgados por Calvino de manera más radical: por ejemplo, no solo afirmaba que la gracia era el único medio de salvación, sino que Dios tenía decidido con antelación a cualquier acción humana a quién concedería esa gracia y a quién no; también creía que todos los sacramentos debían ser abolidos; y que los líderes religiosos debían ser escogidos por su congregación, lo cual era muestra de su preferencia por un proceder democrático, adecuadamente combinado con un poder aristocrático.

En Suiza la reforma también fue impulsada por Ulrico Zuinglio, quien con una postura más severa que Lutero, propuso que la comunión tenía como único propósito ser un acto de recordación. Y en Escocia, la influencia calvinista permitió que John Knox fundara en 1560 el presbiterianismo. Junto a estos procesos de reforma que tomaron un carácter nacional, surgió también la Iglesia anglicana en Inglaterra, fundada por Enrique VIII. Años después, en estos mismos lugares surgieron pequeños grupos: puritanos, pietistas y anabaptistas, los cuales reclamaron una reforma que condujera más a un cambio de vida que a un cambio teológico. Sin mucho éxito, estos grupos fueron perseguidos y no tuvieron más remedio que huir a las colonias del Nuevo Mundo, especialmente a las colonias en Estados Unidos.

Protestantismo en el Nuevo Mundo

La migración a terrenos vírgenes donde ni el catolicismo ni el protestantismo habían propiamente izado sus banderas, permitió que las pequeñas comunidades protestantes que llegaron a Estados Unidos durante los siglos XVII y XVIII crecieran, se dividieran y se esparcieran en varias regiones (anglicanos en Virginia, presbiterianos escoceses en Nueva Jersey, cuáqueros y anabaptistas en Pensilvania, etc.)[1]. Esto afianzó otra de las características del protestantismo: su localismo, es decir, que cada comunidad religiosa fijara sus ideas y prácticas de acuerdo a la locación donde se establecían.

En 1730, el pastor anglicano George Whitefield decidió visitar estas colonias. Con sus predicaciones se desató una serie de acontecimientos, que aunque interrumpidos por la Revolución Americana, produjo un gran movimiento de avivamiento religioso –o evangélico, como también sería conocido- el cual se desarrolló durante todo el siglo XVIII. Estos eventos estuvieron marcados especialmente por el primer y el segundo gran despertar, con los que se manifestó la oposición a un protestantismo frío, elitista e intelectual, y la necesidad por un “volver a nacer” espiritual que se reflejara en un vivir correctamente. Whitefield no solo impulsó dicho avivamiento en Estados Unidos, sino también en Inglaterra, donde sus ideas inspiraron a John Wesley para la fundación del metodismo.

Con el avivamiento impulsado por Whitefield, se generó una división entre aquellos que se sumaron a tal movimiento, conocidos como evangelicalistas o nuevas luces, y los que no se sumaron, conocidos como viejas luces. Estos últimos serían la base de los que hoy conocemos como protestantes liberales -pertenecientes en su mayoría a las Iglesias protestantes históricas: luteranos, episcopales y anglicanos-, los cuales, aunque conservadores en cuanto a su estilo (el orden de las celebraciones, los templos, los trajes pastorales y los coros musicales), son teológicamente liberales, pues no se comprometen con la infalibilidad bíblica, están orientados a una conversión social más que personal, lo que significa que, más allá de preocuparse por los pecados personales de cada quien, se preocupan por las injusticias sociales y por comunidades rechazadas, como mujeres y población LGTBI.

Por su parte, los evangelicalistas o nuevas luces, tomando el legado del conservadurismo puritano, se enfocaron en mantener un fervor religioso, orando y estudiando continuamente la Biblia -algunos argumentaron que esta debía ser entendida literalmente-, se opusieron a teorías científicas, despreciaron lo mundano, aunque también se ocuparon de algunas problemáticas sociales, ofreciendo a mujeres y a personas afroamericanas la oportunidad de dirigir y construir comunidades de fe.

A lo largo del siglo XIX los evangelicalistas fueron tildados de ignorantes y emocionales, y en respuesta, en 1920 publicaron una serie de principios doctrinales bajo el nombre de Los fundamentales, publicación que no logró borrar el desprestigio en el que había caído, pero sí que muchas denominaciones evangelicalistas decidieran independizarse y otras prefirieran volver a las Iglesias protestantes principales. Esto dejo al grupo de los evangelicalistas convertido en lo que hoy conocemos como comunidades evangélicas o cristianas.

La primera mitad del siglo XX transcurrió sin que los evangélicos pudieran limpiar su nombre, aunque esto no les impidió seguir creciendo; al movimiento se sumaron pentecostales y carismáticos, y poco a poco se fueron constituyendo más institutos bíblicos y congregaciones. Fue hasta 1949 que con Billy Graham los evangélicos volvieron a la arena pública, y aunque manteniéndose conservadores en temas morales, comenzaron a mostrarse bastante modernos en cuanto a sus herramientas de comunicación, llenando estadios, apareciendo en televisión y teniendo artistas musicales reconocidos. Algunos empezaron a ver con mejores ojos las comodidades del mundo, especialmente en asuntos de prosperidad y poderío político.

Protestantismo en Colombia

El historiador Francisco Ordoñez[2] nos cuenta que, desde principios del s. XVII, cuando a la Isla de San Andrés comenzaron a llegar colonos europeos de Inglaterra y Escocia, la religión protestante, especialmente de raíz puritana, se introdujo en el territorio colombiano. No obstante, sería hasta un siglo después cuando, luego de que terminara el proceso de independencia y Bolívar solicitara ayuda al sistema educativo británico, Diego Thomson (sic), educador, pastor bautista y miembro de la Sociedad Bíblica Británica, llegaría a Colombia y fundaría la primera Sociedad Bíblica Colombiana (1825). Este hecho marcó el inicio de la llegada de varios misioneros al país, principalmente bautistas y presbiterianos, provenientes en especial de Estados Unidos.

En 1861, cuando el liberal Tomás Cipriano de Mosquera derrocó al conservador Mariano Ospina, apaciguó el poder de la Iglesia católica, expulsando jesuitas y permitiendo que se fundara la primera iglesia protestante de Colombia, la “Iglesia Evangélica Presbiteriana de Bogotá”. Las misiones presbiterianas no solo se preocuparon por la fundación de sociedades bíblicas e iglesias, sino que también fundaron colegios y, en unión con diversas denominaciones protestantes que llegaron durante la primera mitad del siglo XX (Cruzada Mundial, Misión Interamericana, luteranos, metodistas, menonitas, entre otros), emprendieron diversos procesos de evangelización, a veces trabajando en equipo y otras veces repartiéndose el territorio para así alcanzar la mayor cantidad de zonas posibles del país.

En el complejo panorama político de la lucha entre liberales y conservadores se involucraron las dos principales ramas del cristianismo en la nación; los católicos optaron por el lado conservador y los protestantes por el liberal. Pero este, sin duda, no era un conflicto entre iguales, pues el Estado era confesionalmente católico, lo que facilitaba que las primeras comunidades protestantes fueran múltiples veces violentadas. Muchos misioneros, pastores y nuevos conversos fueron golpeados o encarcelados, y muchas iglesias e incluso los colegios protestantes se vieron obligados a cerrar sus puertas por algunas temporadas. Algunos opositores incluso se valían de panfletos donde se ridiculizaba a los protestantes y se les acusaba de comunistas. El objetivo de los protestantes en ese entonces era lograr un ambiente de tolerancia, respeto y libertad religiosa, algo que la ley empezaría a garantizar hasta la constitución de 1991, donde se declararía a Colombia como Estado laico.

En medio de una de las épocas más difíciles que ha enfrentado el país, conocida como La Violencia (1948-1958), las diversas denominaciones protestantes, en su mayoría de corte evangélico, decidieron organizarse y formalizar las reuniones interdenominacionales que desde 1929 venían realizando. Es entonces cuando llevan a cabo la asamblea constituyente de la Confederación Evangélica de Colombia, conocida en aquel momento por las siglas CEDEC, y ahora como CEDECOL. A partir de ese momento empezaron a crecer de forma masiva, en especial por la reciente vinculación de las Iglesias pentecostales, las cuales, pese a introducir nuevas doctrinas y prácticas con las que no toda la comunidad protestante estaba de acuerdo, fueron las que más fervorosamente impulsaron dicho crecimiento. Con sus espectáculos musicales modernos, milagros de sanación, profecías e incluso la facultad de hablar en lenguas extrañas, las nuevas congregaciones cautivaron fácilmente a una nación latina con grandes carencias económicas y académicas, pero a la vez con un espíritu folclórico y pasional. El estilo carismático en la música, los campamentos y otras actividades más, propias de las Iglesias pentecostales, empezaron a impregnar incluso a las Iglesias católicas. Pero como Thompson hace constar, este tipo de prácticas con un carácter más experiencial y emocional fue desplazando poco a poco los argumentos de corte teológico, y nombres como Calvino o Lutero dejaron de mencionarse[3]. En su lugar se introdujo una de las nociones características de algunas denominaciones evangélicas, el restauracionismo, con el cual se promueve la idea de que estas Iglesias son el remanente de la Iglesia verdadera (la Iglesia primitiva), cuya doctrina y practica es tomada no de los reformadores, sino de las Escrituras[4], negando con ello la historia que llevó a la formación de las mismas.

Este gran crecimiento continúa hasta nuestros días, en los que la Iglesia evangélica se muestra cada vez más como la rama representativa del protestantismo en Colombia y en casi toda América Latina. También por estos días han sido muchas Iglesias evangélicas, comenzando por la entidad que las regula (CEDECOL), las que se han unido a la celebración de los 500 años de la Reforma. Esto, creo yo, se presenta como el escenario ideal para tomar consciencia de las raíces de la actual Iglesia protestante en Colombia y nos permite analizar una historia cargada de cambios doctrinales, de costumbres y perspectivas sobre lo que debería ser el cristianismo y lo que debería ser su Iglesia.

No es posible entonces celebrar 500 años de Reforma sin considerar que lo que llevó a que esta se realizara fue la búsqueda de una Iglesia en donde primara la gracia, la cual ningún ser humano puede merecer ni comprar y que debería hacernos mirar al otro con la misma gracia con la que Dios nos trata a nosotros. Por lo demás, la historia de la Reforma en cuanto historia de la división y trasformación de la cristiandad, nos permite evaluar los encuentros y desencuentros entre la Iglesia protestante y la Iglesia católica, nos recuerda el valor de tener un Estado que permita a cada quien tener sus propias creencias religiosas y la esperanza de poder, pese a las diferencias, habitar en hermandad.

Fernanda Rojas

 

Referencias

[1] Balmer, Randall y Winner, Lauren, Protestantism in America, Nueva York: Columbia University Press, 2002, p. 14

[2] Ordoñez, Francisco, Historia del cristianismo evangélico en Colombia, Medellín: Alianza cristiana y misionera, 1956.

[3] Thompson, Leslie, Establishment and Growth of Protestantism in Colombia, Bangor: University of Wales, 2005, p. 148.

[4] Balmer, Randall y Winner, Lauren, Protestantism in America, p. 37.

Fernanda Rojas

Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

Deja un comentario