Por qué no puedo permanecer enojada (incluso aunque quiera)

A veces me enojo.

Me enojo cuando una mujer joven describe lo que sintió al ver a los hombres levantarse y salir del santuario cuando se acercó al pulpito para dar su primer sermón. Me enojo cuando líderes evangélicos muestran más preocupación por proteger a los poderosos en Sovereign Grace Ministries [N. de LCC: ministerio envuelto en un escándalo de abuso sexual de menores] que proteger a los niños vulnerables. Me enfado cuando mis argumentos más razonables son descartados como “emocionales” y “estridentes” o cuando la gente cuestiona mi compromiso con mi fe porque acepto la evolución o apoyo a las mujeres en el ministerio. Me enojo cuando me veo confrontada por la charla de Jamie Wright acerca del comercio sexual en el Sudeste Asiático o cuando un joven gay llora en mi hombro mientras me cuenta que ha sido rechazado de su iglesia.

Me enojo cuando escucho a la gente en un restaurante hablando de cómo esperan que el veredicto en el caso de Trayvon Martin/George Zimmerman le “enseñe a esas personas a mostrar algo de respeto” (sí, ocurrió). Me enojo cuando, como Pablo, “Lo que quiero hacer no lo hago, sino lo que odio”.

(Y no tampoco sólo por cosas nobles. Deberías verme cuando perdemos nuestra conexión a internet).

No creo que el enojo sea intrínsecamente incorrecto. La ira es parte de lo que significa ser humano, ser empático, estar comprometido, reconocer el pecado por lo que es, ser tierno y vulnerable, estar despierto en este mundo. En toda la Escritura nos encontramos con un Dios que se enoja por la injusticia y la negligencia de los pobres. Jesús expresó su enojo hacia aquellos que explotaban a los pobres y vulnerables, que perjudicaban a los niños y que “cerraban la puerta del Reino en la cara de la gente” a través del legalismo religioso y la exclusión. Como N.T. Wright ha dicho: “Negar la ira de Dios es, en el fondo, negar el amor de Dios. Cuando Dios ve a los humanos esclavizados… si Dios no lo odia, no es un Dios amoroso”.

Tenemos razón al enfadarnos por la desigualdad y la injusticia, ya sea infligida a nosotros mismos o a otras personas. Y tenemos que tener mucho cuidado de decirle a otras personas -especialmente a aquellas que están en un proceso de sanidad- cuándo deben enojarse, cuándo deben perdonar, o cuándo deben “seguir adelante”.

Pero si Jesús es nuestro ejemplo, si ser completamente humano y plenamente Dios se parece a este carpintero de Nazaret, sabemos que el mal dentro nuestro y en este mundo no puede ser conquistado por el odio, sino que debe ser superado con amor.

Han oído que se dijo: ‘Ama a tu prójimo y aborrece a tu enemigo’” dice Jesús en una particularmente incomoda parte del Sermón del Monte: “Pero les digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos”.

Lucho con esto… o sea, bastante.

Como escéptica propensa al cinismo, y como contemplativa propensa a la indulgencia, me hundo en un estado de amargura de vez en cuando. Pierdo la esperanza, en mí misma, en otros, en la Iglesia, en Dios. Me olvido de que sabemos el final de esta historia y que se trata de una novia encantadora y un gran banquete, y en vez de eso asumo lo peor de otras personas, esperando lo peor de este mundo.

Pero sé por experiencia que la amargura debilita un argumento fuerte.

Rompe el diálogo.

Se interpone en el camino del cambio.

Me deprime.

La ira, creo, está destinada a despertarnos, a proporcionarnos claridad y dirección. Se supone que es un punto de partida, la pistola que suena al comienzo de una carrera, un catalizador.

La amargura nos priva de dormir. Nos paraliza con “¿por qué molestarnos?” y “no sirve para nada”. Nos arrebata como una marea y nos aleja de la costa. Eventualmente, nos ahoga.

Como un sabio amigo dijo recientemente: “Se supone que la ira es un incendio repentino que quema la paja y deja claridad en su estela. Permanecer en la ira o hacer de la ira la primera elección es quemar la humanidad dentro de ti”.

Recientemente me topé con un artículo fascinante sobre cómo Martin Luther King Jr. procesó y aprovechó su propia rabia, que ciertamente estaba justificada y era real. El artículo, escrito en enero por Hitendra Wadhwa, se titula “La Ira de un Gran Líder”, y cita ampliamente la autobiografía del Dr. King.

Recordando una negociación particularmente frustrante en torno al boicot de autobuses en Montgomery, el Dr. King escribió que “en dos o tres ocasiones me había permitido enojarme e indignarme. Había hablado apresuradamente y con resentimiento. Sin embargo, sabía que esto no era la manera de resolver un problema. ‘No debes abrigar el enojo’ me advertí. ‘Debes estar dispuesto a sufrir la ira del oponente, y sin embargo no devolver la ira. No debes volverte amargado. No importa cuán emotivos sean tus oponentes, debes permanecer tranquilo’”.

Cuando su casa en Birmingham, Alabama, fue bombardeada por extremistas blancos, escribió: “Mientras estaba en ese tranquilo dormitorio, comencé a pensar en la maldad de las personas que bombardearon mi casa. Que mi esposa y mi bebé podrían haber sido asesinados…  Estaba una vez más a punto de corroer de odio… Y una vez más me dije: “’No debes permitirte volverte amargado’”.

“No debes permitirte volverte amargado”.

Estoy escribiendo eso en un papel autoadhesivo para ponerlo encima de mi escritorio mientras hablamos.

El Dr. King no les dijo a sus seguidores que no se enojaran. Les dijo que convirtieran su ira en una acción constructiva (no violenta). En un artículo de 1968, dijo: “La tarea suprema [de un líder] es organizar y unir a la gente para que su ira se convierta en una fuerza transformadora”.

O, como la famosa frase de Gandhi: “He aprendido a través de la amarga experiencia la lección suprema para conservar mi ira; así como el calor conservado se transmuta en energía, así nuestra ira controlada puede ser transmutada en un poder que puede mover el mundo”.

A medida que los cristianos trabajan para encontrar voces proféticas en esta cultura, a medida que nos involucramos en el mundo y uno con el otro en áreas de desacuerdo, debemos guardar estas palabras en el corazón. Nos guste o no, somos llamados a un nivel superior; somos llamados a perdonar, a ser pacificadores, a extender la gracia a aquellos que no lo merecen.

E incluso mientras escribo esas palabras, no quiero hacerlo, no para Mark Driscoll, ni para la gente que defiende a Sovereign Grace, ni para los idiotas del restaurante.

Últimamente he estado pensando que para mí la parte más difícil de abandonar del fundamentalismo es la parte que iguala la rectitud con la justicia, la parte que hace que “logre” el objetivo.

Porque me gusta ganar argumentos.

 No, me encanta ganar argumentos.

 No, si pudiera casarme con argumentos ganadores y acurrucarme con argumentos ganadores cada noche mientras miramos las repeticiones de ’30 Rock’ juntos, probablemente lo haría.

 Y, sin embargo, siento la presencia de Dios más profundamente cuando renuncio, no a argumentar, sino a ganar. Conozco el amor de Dios con más certeza, no cuando lo demuestro, sino cuando lo experimento y lo extiendo. Encuentro la mayor paz cuando, como Dallas Willard, “practico la disciplina de no tener que tener la última palabra”.

Es posible, supongo, ganar una discusión y perder tu alma.

Jesús dijo que debemos ser astutos como serpientes e inofensivos como palomas, y eso me fastidia porque me gusta que la gente sepa que soy sabia, que no soy una niña ingenua con la que pueden jugar, y me he convencido a mí misma de que la única manera de probar mi sabiduría es atacar con veneno en mis dientes, para causar dolor.

Pero Jesús no dice que debemos ser ingenuos. Él no dice que seamos estúpidos como palomas o ingenuos como palomas o desagradablemente alegres como palomas (sin ofender a las palomas aquí). Él dice que debemos ser inofensivos como palomas. Así que, si he de convertirme en esta impresionante fusión de Jesús/serpiente/paloma, creo que tendré que ver qué hago con todo este veneno… algo como donarlo al banco de antídotos o algo así, como hacen las serpientes.

Después de todo, las palabras que Jesús promete al final de este viaje no son “¡Felicitaciones! ¡Tenías razón!”. Las palabras que Jesús promete al final de este viaje son: “Bien hecho, mi siervo bueno y fiel”.

Bueno. Fiel. Furioso. Esperanzado. Sabio. Inofensivo. Astuto. Amable.

Ahora, no me malinterpreten: no estoy diciendo que no te enojes. Puede que estés en una importante etapa de sanación en la que la ira sea saludable, importante y necesaria para el crecimiento.

Y ciertamente no te estoy diciendo que dejes de defender la justicia, para las mujeres, para las personas LGBT, para los pobres, para los marginados, para los abusados, para ti mismo.

Te estoy diciendo por qué no puedo permanecer enojada, aunque a veces quiera hacerlo.

No puedo permanecer enojada porque me debilita. Me hace infeliz y hace infeliz a la gente alrededor mío.

No puedo permanecer enojada porque creo genuinamente que el cambio es posible, así que necesito practicar viendo esa capacidad de cambio en mí misma, en la Iglesia, en aquellos con quienes no estoy de acuerdo, incluso en mis enemigos. Solo entonces podremos extraerlo juntos.

No puedo permanecer enojada porque en los buenos días creo que el amor gana.

Y no puedo permanecer enojada porque, incluso en los malos días, no puedo deshacerme de la obstinada esperanza de que tal vez algún día esta pequeña semilla de mostaza de fe en mí se convertirá en un árbol después de todo.

El Papa Francisco les dijo recientemente a las enormes multitudes que se reunieron en Río para la Jornada Mundial de la Juventud: “A menudo decepcionan los hechos que hablan de corrupción por parte de las personas que anteponen sus propios intereses al bien común. A ti y a todos, repito: nunca cedan al desánimo, no pierdan la confianza, no permitan que se extinga vuestra esperanza”.

Me recuerda a las palabras de Jesús: “No se turbe vuestro corazón”.

No te digo que no te enfades.

Te digo que no pierdas la esperanza.

 

Fuente original:

https://rachelheldevans.com/blog/why-i-cant-stay-angry

 

 

Cananeos, hechos comprobables y sacar a la Biblia afuera de la caja (con Peter Enns)
Rachel Held Evans

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