Cananeos, hechos comprobables y sacar a la Biblia afuera de la caja (con Peter Enns)

Siempre he sido una nerd bíblica.

Al crecer en una iglesia evangélica, memorizaba todos los versos en mi cuaderno y presumía de bastantes insignias y pins en mi chaleco rojo brillante como para rivalizar con un general de cinco estrellas. Fui elegida presidente del Club Bíblico en la escuela secundaria y en la universidad minué en estudios bíblicos en una universidad famosa por enseñar a los estudiantes a analizar el mundo con una “cosmovisión bíblica”. La gruesa Biblia de estudio que llevaba bajo mi brazo tenía marcas de resaltador y sus páginas arrugadas y gastadas, pruebas de un lector dedicado.

Siempre he tenido preguntas sobre la Biblia.

Una vez, en la escuela dominical, levanté mi mano con brazaletes para preguntar por qué Dios ahogó a todos los animales del mundo en el Gran Diluvio -salvo los que estaban en el arca-, cuando era la gente la que había pecado, no los inocentes pingüinos y canguros. (Ella me dijo que fuera a casa y le preguntara a mi padre).

En la escuela secundaria, en medio de otro intento noble de leer la Biblia en un año, recuerdo haber respirado profundo al llegar a la historia de la batalla de Jericó y darme cuenta de que después de que las paredes se cayeran, los israelitas “destruyeron con espada a cada cosa viva en ella: hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, ganado, ovejas y burros”, todo por orden de Dios. En cualquier otro contexto, esto sería condenado como genocidio. ¿Por qué un Dios bueno y amoroso llamaría a la matanza de niños?

Un punto de inflexión ocurrió durante una soñolienta clase de Introducción a Literatura Mundial, a las 9 a. m., cuando mi clase leyó la Épica de Gilgamesh, un antiguo poema mesopotámico supuestamente escrito antes del libro de Génesis, que cuenta la historia de un diluvio mundial, una familia favorecida y un arca llena de animales, sólo con dioses sumerios y los héroes en su centro en lugar del familiar Yahvé. La similitud de estilo y contenido entre las historias que conocía de la Biblia y los mitos de otras culturas mesopotámicas repentinamente hizo que esos extraños cuentos de serpientes que hablaban, frutas prohibidas y botes llenos de animales parecieran coloquiales, rutinarios, nada más que mitos operando desde lo religioso y convenciones literarias de la época.

Había otras cuestiones también: La forma en que los relatos de la monarquía de Israel se contradecían entre sí, la manera en que Jesús y Pablo citaban la Escritura hebrea en formas que parecían extender el significado original, el hecho de que las mujeres fuesen consideradas propiedad en la ley levítica, la manera en que tanto la ciencia como la arqueología desafiaban la historicidad de tantos textos bíblicos y el hecho de que fuese casi imposible para mí escribir un relato creativo del Día de la Resurrección porque cada uno de los escritores del evangelio cuenta la historia de manera diferente, a veces con detalles contradictorios.

La Biblia simplemente no parecía querer comportarse de la forma en que se me dijo que debía comportarse, como un relato —científicamente demostrable e históricamente exacto— de las acciones de Dios en el mundo y un reglamento coherente e inerrante sobre cómo pensar y vivir como cristiano.

Invariablemente, cada vez que expresara mi preocupación por estas cuestiones, los apologistas bien intencionados me remitirían a la Enciclopedia de Dificultades Bíblicas de Gleason Arche, un volumen pesado que busca dar al lector explicaciones sólidas para cada rompecabezas concebible que se encuentre dentro de la Biblia -desde si Dios aprobó la mentira de Rahab a ¿dónde consiguió Caín a su esposa? Pero encontrar un libro de 500 páginas que enumeraba cientos de aparentes contradicciones bíblicas, la mitad de las cuales antes ni siquiera sabía que existían, no tuvo el efecto deseado y, de hecho, sólo empeoró las cosas.

Después de una década de dudas, de estudio y de frustración, hice una resolución: buscar la verdad sobre la Biblia sin comprometer mi integridad intelectual, sin importar si esa búsqueda me llevaba a afirmar mis presuposiciones de larga data o si me obligaba a cambiar de opinión. Quería aceptar la Biblia en sus propios términos, sin proyectar sobre ella las expectativas de mi comunidad evangélica. Quería dejarla salir de la caja.

A decir verdad, este es un esfuerzo un tanto inútil, ya que nadie puede acercarse a un texto con total objetividad, dejando de alguna manera su cultura, su experiencia, antecedentes, género y etnicidad a un lado. Pero la búsqueda me inició en un sorprendente y emocionante viaje hacia amar la Biblia más por lo que es que por lo que quiero que sea.

La vida nunca sería la misma.

Como he mencionado antes aquí en el blog, uno de mis guías favoritos en este viaje ha sido el erudito del Antiguo Testamento (y amigo) Peter Enns. Los libros, los blogs y los artículos de Peter tienen sentido para mí, como escéptica, como amante de la literatura y como cristiana. El tipo habla mi idioma, y él escribe constantemente con un ingenio, claridad y honestidad inusual.

Esto es especialmente cierto en su último libro, La Biblia dice así: ¿Por qué defender las Escrituras nos ha hecho incapaces de leerla?, que se publicó la semana pasada y que recomiendo encarecidamente.

No estoy segura de qué otra manera describir este libro, excepto decir que su lectura es una experiencia. Nunca he encontrado un libro sobre la interpretación bíblica que logre ser simultáneamente desafiante y divertido, incómodo y liberador, intelectualmente riguroso y accesible, culturalmente significativo y profundamente personal. Es un libro que invita al lector a luchar realmente con la Escritura, y no es para débiles de corazón.

Enns comienza observando que “cuando lees la Biblia en sus propios términos, descubres que no se comporta como un libro de reglas sagrado”. Hay contradicciones, discrepancias, historias extrañas, escenarios problemáticos y rompecabezas. Pero “el problema no es la Biblia”, afirma Enns. “El problema es llegar a la Biblia con expectativas que no está preparada para soportar”.

¿Y si la Biblia está bien cómo está?”, pregunta. ¿Y si no necesita ser protegida de sí misma? ¿Qué pasa si no necesita ser bañada y perfumada antes de salir en público? ¿Y si Dios está realmente bien con la Biblia tal como es sin necesidad de que nadie la proteja? No con la versión todo-muy-lindo-y-en-orden que creamos, sino con la desordenada, inquietante, extraña y antigua Biblia que realmente tenemos”.

Enns continúa contando acerca de su propio camino de hacer preguntas difíciles sobre la Biblia como cristiano devoto y erudito, a menudo a un gran costo personal y profesional. “Mi meta con este libro -escribe- es asegurarles a las personas de fe que no necesitan sentirse ansiosas, desleales, infieles, sucias, asustadas o marginadas por hacer estas preguntas de la Biblia, por interrogarla, por no gustarle algo de ella, explorando lo que realmente dice y discerniendo como lectores adultos lo que podemos aprender de ella en nuestro propio camino de fe… Respetamos más la Biblia cuando la dejamos ser lo que es y aprendemos de ella, en lugar de peinar el enredo para que sea presentable”.

Y luego se adentra, comenzando por lo que quizás sean los pasajes más perturbadores, problemáticos e incomodos de la Escritura: los que describen la conquista de Canaán por parte de Israel y la limpieza étnica supuestamente ordenada por Dios que la conquista implicó.

Enns desmantela con habilidad algunas de las respuestas comunes a estos pasajes —que los cananeos eran malvados y por lo tanto merecían ser exterminados, que la guerra con los cananeos era inevitable, que el retrato sanguinario de Dios en Josué se equilibra con retratos más halagadores en otros lugares, que cuestionar los relatos bíblicos del genocidio ordenado por Dios es pecaminoso porque Dios puede hacer lo que Dios quiera hacer, etc.— antes de ofrecer su propia, pero bien argumentada, controvertida conclusión: “Dios nunca les dijo a los israelitas que mataran a los cananeos. Los israelitas creían que Dios les había dicho que mataran a los cananeos”.

Te dije que este libro no era para corazones débiles.

Enns argumenta que, como pueblo tribal antiguo, los israelitas veían a su Dios de maneras tribales. Al describir su relación con Dios y el mundo que los rodeaba, hablaban su propio lenguaje cultural. “La Biblia”, escribe Enns, “es la historia de Dios contada desde el limitado punto de vista de personas reales viviendo en cierto tiempo y lugar… La Biblia se ve como lo hace porque ‘Dios deja que sus hijos cuenten la historia’ por así decirlo”.

Esto no significa que la Biblia “mienta”, o que nuestros antiguos antepasados fuesen bárbaros que simplemente hay que rechazar. Significa que cada vez que Dios entra en la historia humana, Dios habla a (y a través de) la gente usando su propio lenguaje, su propia visión del mundo. Y cometemos un error enorme cuando proyectamos nuestras presuposiciones modernas, en forma de Ilustración, con respecto a la historia y a la narración, sobre escritores que abordaban cuestiones antiguas y pre-modernas a través de géneros literarios antiguos y pre-modernos.

Además, Enns sostiene que la antigua descripción tribal de Dios no es la última palabra.

Estos escritores antiguos tenían una comprensión adecuada de Dios para ellos en su tiempo”, escribe, “pero no para todos los tiempos, y si tomamos esto en serio, estaremos realmente en una mejor posición para respetar estas voces antiguas y ver lo que tienen que decir en lugar de blanquear los detalles y dar ‘explicaciones’ para aliviar nuestro estrés. Para los cristianos, el evangelio siempre ha sido la lente a través de la cual se leen las historias de Israel, lo que significa que, para los cristianos, Jesús, no la Biblia, tiene la última palabra”.

Enns continúa explicando cuánto del Antiguo Testamento fue escrito mientras el pueblo de Israel estaba en el exilio y por lo tanto busca responder a preguntas de identidad judía. Las historias de Génesis y Éxodo, Josué y Jueces, y muchas otras, pueden ser mejor entendidas como historias de origen que ayudaron al pueblo de Dios a entender su lugar en el mundo.

Los escritores bíblicos eran narradores de cuentos”, dice Enns. “Escribir sobre el pasado nunca se trató simplemente de entender el pasado por sí mismo, sino sobre moldear, dar forma y crear el pasado para hablar al presente. La Biblia presenta una variedad de puntos de vista acerca de Dios y lo que significa caminar en sus caminos. Esto es razonable, ya que los escritores bíblicos vivieron en diferentes momentos, en diferentes lugares, y escribieron por diferentes razones”.

Esto no sólo es cierto para los escritores de las Escrituras hebreas, sino también para Jesús y los autores del Nuevo Testamento. Jesús, al igual que otros judíos del primer siglo, leyó su Biblia creativamente, buscando un significado más profundo que trascendiera los límites de las palabras de la Escritura. “Un mesías crucificado y resucitado”, escribe Enns, “fue un sorprendente final para la historia de Israel. Para difundir la palabra de este mesías, los escritores cristianos más antiguos respetaron la historia de Israel, aunque también fueron más allá de esa historia. La transformaron de una historia de Israel centrada en la Torá a una historia de la humanidad centrada en Jesús”.

Citando múltiples ejemplos desde Génesis a Apocalipsis, Enns muestra cómo los muchos escritores de las Escrituras usaron historias, poemas, cartas y relatos escritos con su propia voz, con sus propias suposiciones y agendas, para contar la historia de Dios, la cual, de varias y complejas maneras, en última instancia, da testimonio de Jesucristo.

La Biblia no dice: ‘¡Mírame!’”, escribe Enns. “Dice, ‘Mira a través de mí’”.

Todo esto nos deja con una Biblia que incluye fisuras y tensiones, contradicciones y preguntas, una Biblia que invita a la lucha, a la conversación, y a una variedad de interpretaciones (que Enns se apresura a notar que es una realidad que se ha celebrado durante mucho tiempo, en lugar de pasar por alto, en la comunidad judía).

Es difícil hacerle justicia a La Biblia dice así con un resumen, y ya he visto a varios blogueros tergiversarlo (la mayoría no se molestó en leerlo). Uno no tiene que estar de acuerdo con todas las conclusiones de Enns para ser desafiado e inspirado por este libro, y basta con mirar la lista de fuentes al final del libro para profundizar más.

Lo que más aprecié acerca de La Biblia dice así fue su enfoque dilo-como-es. El libro te lleva de un hecho comprobado al siguiente, trayendo ciencia, historia, arqueología y erudición a la conversación sin pedir disculpas, pero con buen humor y una honestidad desarmante. Éste es uno de los únicos libros que he leído que aborda la conquista de Canaán sin pasar por alto el genocidio u ofrecer débiles e inadecuadas defensas de él. Mira las Escrituras directamente a los ojos, sin vacilar, y al hacerlo se las arregla para ser tan inquietante como profundamente liberador.

Enns concluye:

Esta es la Biblia que tenemos, la Biblia donde Dios nos encuentra. No es un libro que se mantiene a una distancia segura del drama humano. No es una Biblia frágil que hay que manejar con cuidado para que no se desmorone en nuestras manos. No es un libro que tiene que ser defendido 24/7 para asegurarse de que nuestra fe no se disuelva. En otras palabras, no es una Biblia artificialmente endulzada que nos da falso consuelo, sino la Santa Biblia, la Palabra de Dios, con arrugas, complejidades, giros inesperados y completamente extraña. Esta es la Biblia que Dios le ha dado a su pueblo. Esta Biblia vale la pena leerla y prestarle atención, porque esta es la Biblia que Dios usa, como siempre ha hecho, para señalarle a sus lectores una verdad más profunda en ella. Somos libres de alejarnos de esta invitación, por supuesto, pero no somos libres para hacer la Biblia a nuestra propia imagen. La Biblia refleja el llamado de Dios, no el nuestro”.

Estoy empezando a pensar que siempre seré el tipo de persona que lucha por reconciliar mi amor por las Escrituras con mis preguntas sobre ella.

Y gracias a este libro, y a otros, estoy empezando a pensar que tal vez eso esté bien.

 

Fuente original:

https://rachelheldevans.com/blog/peter-enns-bible-tells-me-so

 

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Rachel Held Evans

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