Esto no vende

No siempre te cuento sobre las mañanas en las que me despierto y siento la ausencia de Dios como si fuera una presencia, densa y certera, recordada de nuevo de la manera en que recuerdas por la mañana que alguien que amas ha muerto.

O acerca de los días en que la idea de que una simple religión pueda hacer que el rastreador de CNN deje de detectar un nuevo ataque de misiles, un nuevo avión derribado o un hospital más bombardeado, me parece estúpida, peligrosamente ingenua.

(Siguen usando palabras como “impensable” e “inimaginable” para describir la violencia, pero seamos honestos, no hay nada impensable o inimaginable en todo esto, es tan rutinario para nosotros como comer, respirar, odiar. Todo el tiempo).

No siempre te cuento cómo a veces no estoy segura de querer traer niños a un mundo como este, un mundo tan lleno de sufrimiento.

Porque ese tipo de cosas precisamente no se vende en las estanterías de las librerías cristianas, ¿verdad?

¿Qué haces cuando la religión que se supone debería darte consuelo y dirección es la causa de tu dolor y confusión?

¿Qué haces cuando la gente religiosa responde a tus preguntas etiquetándote? ¿Burlándose de ti? ¿Separándote?

No siempre te cuento la profundidad de mi duda.

No siempre te cuento cómo se instala el cinismo, como una niebla diáfana.

O acerca de cómo a veces, el solo pensamiento de leer otro libro cristiano más, del cual solo creo en la mitad de lo que dice, me agota y me aburre.

No hay necesidad de un diagnóstico. Este no es el tipo de depresión clínica con la que luchan tanta gente buena. Tengo el privilegio de poder cortar el flujo de información —cerrar la computadora portátil, apagar las noticias y salir— y mi estado de ánimo se eleva. Puedo mirar el azul vertiginoso de un cielo despejado y creer en Dios de nuevo, porque al menos para mí, ese cielo no está lleno de misiles o bombas. Tengo el lujo de olvidar.

A veces me asusta, cómo sin esfuerzo puedo pasar de la creencia a la incredulidad del mismo modo en que uno se traslada de una habitación a otra.

Kathleen lo llamó acedia, el demonio del mediodía, una apatía religiosa y relacional que “hace parecer que el sol apenas se mueve, si es que lo hace”.

Me siento identificada, atascada en el imperturbable brillo del mediodía cuando cada verdad tiene un borde afilado.

No siempre te lo cuento, porque cuando un lector dice: “¡Me encanta cuando escribes algo VULNERABLE!”, me pregunto si realmente quiere decir eso, si realmente quiere saber que el demonio cuya voz cree que se ha calmado en su propio corazón se encuentra gritando en el mío, y que lo más espantoso de ser VULNERABLE, de exponerme al mundo sin una religión, una plataforma o una “marca” de protección, es que podría perderlos para siempre… o, tal vez aprender que puedo respirar sin ellos.

Y esa no es exactamente el tipo de experiencia nacida de nuevo por la que pagan los editores.

 

Fuente original:

https://rachelheldevans.com/blog/i-dont-always-tell-you

 

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Rachel Held Evans

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