07 Campos de fresa por siempre (el pan de cada día dánoslo hoy)

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Padre amado, te damos gracias por poder estar reunidos una vez más alrededor de esta mesa, por los alimentos que nos has dado, te pedimos que los bendigas, que le des a aquellos que no tienen, a la viuda, al huérfano, a los que tienen hambre en el mundo. Amen.”

¿Alguna vez has oído este tipo de oración?

Seguramente.

¿Alguna vez has orado así al sentarte a comer?

Mas que seguro.

Es muy linda, dice cosas muy bellas, y las intenciones por lo general son muy loables. Pero tiene algunos problemas.

En primer lugar, empecemos por el más evidente (o no tanto), que, una vez más, se debe a una mala interpretación/traducción.

Bendigo estos alimentos”.

Para que no nos hagan mal. Para que nuestro hígado crea que está recibiendo batata y calabaza cuando en realidad está comiendo una tableta de medio kilo de chocolate amargo. Para que al comer en exceso tu poder divino se mueva dentro de mi pancita como un digestivo. Para que el queso vencido vuelva a estar en fecha al ingresar a mi organismo. Oh Padre, en tu nombre, amén.

Una locura ¿no?

Y, sin embargo, algo muy común. Tal vez no a ese nivel, pero bastante cercano sin duda.

Si comes algo que sabes que no debes comer, te hará mal. Lo mismo si comes de más. Es un proceso natural, y una oración no puede producir ningún tipo de encantamiento para evitarlo. Y no es para eso. Es para algo mucho más importante: descentrarnos. (Enseguida volveremos a esto).

No hay ninguna evidencia en la Biblia de una oración destinada a bendecir un alimento. Las bendiciones, al momento de la comida, siempre estaban dirigidas a Dios.

Muchos se toman del versículo de Mateo 26:26,

Y mientras comían, Jesús tomó el pan, y lo bendijo, y lo partió y dio a sus discípulos, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo.

para validar esta práctica, pero en realidad es un argumento muy endeble; la malinterpretación y la consecuente mala traducción de la frase (lo bendijo) en la oración, simplemente no alcanza para sostener el argumento cuando se realiza un análisis verdaderamente reflexivo. No obtiene el apoyo del resto de los evangelios, y, sobre todo, carece del vestido del sentido común: el argumento puede ser desnudado con facilidad. La práctica judía común era bendecir al Padre antes de ingerir la comida, no a los alimentos en sí.

¿Qué sentido tiene bendecir una ensalada, un pedazo de asado o un taco?

La bendición es para los vivos, no para los muertos (en este caso, los alimentos).

En segundo lugar, otra parte de esta oración tradicional suele dedicarse para que “Dios provea alimento para aquellos que no tienen”; otra práctica, lamento decir, de la que no veo registro en la Biblia.

Lo que quiero decir es que, en la práctica judía regular y la vida de la iglesia primitiva, la preocupación hacia los que no tenían qué comer se expresaba de manera material, no teórica. Yo dependía de Dios, pero los demás dependían de .

Incluso Jesús dejó esto en claro en el modelo de oración conocido como el Padre Nuestro:

Danos hoy el pan nuestro de cada día. Mateo 6:11.

La petición pidiendo el pan de cada día es un acto de humildad que reconoce nuestra total dependencia de Dios, y que además nos solidariza (o debería) con la necesidad del otro.

Lo que la práctica moderna (de la oración pidiendo providencia divina para aquellos que no tienen) hace es desligarnos en cierta manera de la responsabilidad de ser verdaderos agentes de cambio en la sociedad; y nos da una especie de tranquilizante mental (los hambrientos están en manos de Dios, yo hago lo que puedo, mas allá, es su responsabilidad).

¿Pero yo que culpa tengo del hambre en África? ¿Qué puedo hacer al respecto más que orar?

Individualmente, casi seguro que ninguna culpa, pero nivel grupal, todos los seres humanos somos culpables. Es prácticamente inmoral pedirle a Dios que provea alimento para comunidades enteras que mueren de hambre cuando se desperdician toneladas de comida por año en otra parte del mundo. Dios ya proveyó. Dios ya nos bendijo. A toda la humanidad. El problema es el desbalance. La acumulación de poder. El egoísmo. La enajenación de la iglesia. La construcción de imperios. Las malas teologías. La indiferencia. La ignorancia.

Una vez leí por ahí que, si se repartiera equitativamente entre todos los habitantes del mundo todo el capital existente, la suma per cápita resultante sería de aproximadamente u$s 10 millones.

El mundo es nuestra responsabilidad como humanidad. Es nuestro deber organizarlo lo más justamente posible. La salvación no es individual, es colectiva; si el mundo es un infierno, por más que hayamos aceptado a Cristo en nuestro corazón, nosotros también arderemos.

Orar antes de comer sirve para descentrarnos de nosotros mismos, porque el mismo acto de dar gracias involucra vulnerabilidad, dependencia, humildad. También provoca el incómodo recordatorio de que hay gente que no la está pasando bien, cerca y lejos nuestro.

A los que podemos ayudar, ayudamos, aunque siempre queda la sensación de que podíamos hacer más.

Necesitamos una comprensión mas orgánica, más material y más responsable a la hora de dar gracias por los alimentos que llegan a nuestra mesa; una que nos conecte espiritualmente al Dador de la vida, pero que también nos transforme a nosotros en creadores de esa vida.

¿Bendecir los alimentos? No hay problema. Pero si te comes esas 6 hamburguesas completas no hay dios que te pueda librar de sentirte atropellado por un camión.

¿Pedir que Dios les provea a los que no tienen? No hay problema. Pero Dios usa personas, y el café solo llueve en las canciones de Juan Luis Guerra,

quizás el comenzar a tomar conciencia de esto sea el primer paso para que la iglesia deje de mirar tanto a los cielos y comience a mirar un poco más a la tierra.

 

RSV

07 Campos de fresa por siempre

Dibujo: Jony López

 

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