06 Llamados a… ¿triunfar o a incomodar? (Parte 1)

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Durante mi adolescencia, tuve que convivir con un ambiente religioso muy difícil. Entre mis 14 y 17 años transcurrieron los años 1997 a 2000. El mundo religioso bullía de gente por todos lados diciendo que en el 2000 vendría Jesús, pero previo a ello, sufriríamos terribles persecuciones. Para peor, pleno Argentina se caía a pedazos entre la desocupación, la pobreza y la impunidad de los poderosos. El ambiente era caótico, lúgubre y temible por donde lo miraras. Y parecía dar razones a los fanáticos.

Algo en mí se rebelaba fuertemente a ese ambiente tan patológico. Algo no andaba bien con esa gente, no eran felices. Si ese era el mensaje que la religión tenía para mí, no me interesaba. En esos años busqué orar y no dejar de preguntarme cuál era la verdad. Entiendo que para quienes han crecido en ambientes acomodados, seguros y estables la verdad sea todo el tiempo súper relativa. Pero yo no quería vivir en un mundo como el que esta gente, que obviamente tenía que estar loca, planteaba.

En esos momentos, el único resquicio de paz que encontraba era Jesús. Sé que suena a una tonta frase hecha por un fanático cualquiera, “encuentra la paz sólo en Jesús”. Pero de verdad, y de corazón, era lo único que parecía poner lógica a todo el asunto. Aprendiendo del amor, de cómo tener paz interior y que la vida era una fiesta para ser disfrutada, me ayudaba a olvidarme de la estupidez humana que me rodeaba. Entonces decidí hacer un pacto conmigo misma.

El pacto

En esos momentos, ya desde temprano me juré a mí misma que jamás participaría en grupos así. Donde existieran esos ambientes lúgubres (hoy, luego de haber estudiado psicología me doy cuenta de que eran lo que Lacan llama “gozadores”), yo no quería estar. A lo único que iba a prestar atención era a Jesús. No me importaba más nada. Y sé que esto también suena a frase hecha. Pero no se imaginan cuán importante es para una adolescente de clase media-baja, que tiene que luchar con dos padres con patologías mentales y físicas muy graves, una sociedad ultramachista del norte argentino y una iglesia verticalista, saber acerca de Jesús.

Y es que el mensaje de Jesús para mí tenía lógica. Era coherente. Había un orden, pero también había amor. Sobre todas las cosas el amor respetuoso que yo necesitaba.


Deja de esperar a Jesús y hazte cargo de tu vida

Algo que para mí era muy obvio, era que generalmente los líderes de estos movimientos más o menos marginales tenían una vida más o menos desastrosa. Cuanto más marginal y fanático el movimiento, más caótica la vida de la gente que asistía. Imaginen un Tucumán (provincia del Noroeste Argentino) de la década del 90, que se hizo famoso por la desnutrición infantil, con cerca del 40% sumergido en la pobreza. Decirle a la gente que ya iba a venir Jesús y que todos sus sufrimientos se acabarían, te volvía una persona muy popular entre los desesperados.

Una de las características que Umberto Eco señala sobre las génesis de los fascismos, es la clase media empobrecida y frustrada que intenta recuperar el poder sometiendo a los débiles. Y eso se hacía muy patente y tangible donde yo vivía. Los hombres habían perdido los trabajos y las mujeres salían a trabajar como empleadas domésticas. Si bien no fue el caso de mi familia, eran las realidades que se veían alrededor.

Familias destrozadas por la violencia en el hogar, debido a que “los machos” habían perdido el poder (“El diablo está atacando a las familias hermanos” —los diablos eran ellos—). Hombres que, al no tener trabajo, dedicaban “su vida al Señor”, o sea a inventar locuras alrededor de la Biblia.

Años después, cuando estudié que Hitler solo pudo surgir en un contexto de pobreza extrema, donde la inflación era tal, que el dinero se pesaba, tuve varios “darme cuenta” (insights)…

Y es que se usaba la venida de Jesús como una droga. Los ambientes caóticos son ideales para el emerger del autoritarismo y el mesianismo.

Lo peor es que en lugar de esos movimientos seguir en la marginalidad, tomaron cada vez más poder en mi iglesia en Argentina. Esa perspectiva de solucionar todo con la venida de Jesús, siempre había tenido adeptos. Pero en esa época cobró más fuerza, y hoy, va y viene del poder de acuerdo al pastor de turno.

El tema es, que quienes viven pendientes de las señales, hablando de “estar preparados” (un horror de doctrina) y “acelerar la venida del Señor predicando” (otro horror de doctrina, muy cuestionable), básicamente son malas personas. Gente autoritaria, egoísta, prepotente, con hambre de poder y muchas veces caótica. Y, además, otro detalle… desvaloriza la vida del acá en pro de la del más allá.

No importa que seas pobre y no tengas trabajo, ya va a venir Jesús. No importa que tus hijos estén deprimidos, no los lleves al psicólogo (cosa que mi familia sí hizo, gracias a Dios), ora por ellos. Un rasgo distintivo de esta gente loca era el descuido y maltrato a su vida familiar y al progreso personal. Y yo, claramente, estaba en contra de eso.

Y entonces, me perdí tras otro extremo. Y es que imaginar una vida súper bendecida, donde Dios me llamara a ser muy grande, como a José, me cautivó. Yo estuve enamorada del mensaje exitista simpático al que adhiere la mayor parte del protestantismo. El tema es que, en mi contexto, eso era una revolución. En un contexto en el que la pobreza era un mérito, y se usaba la pronta venida de Jesús para no hacerse cargo de la vida de uno, el mensaje de que Dios quería prosperarme y bendecirme, era algo muy revolucionario.

El prestigio de la pobreza vs. la teología de la prosperidad

¿Estaba mal rebelarse contra toda esa locura queriendo progresar, salir adelante y tener una vida digna y triunfadora? No, no lo creo. De hecho, las promesas de que Dios prospera, existen. ¿Está mal querer una vida próspera?

Que responda Jesús

Como cuando era adolescente, voy a tratar de encontrar una respuesta en la lógica y la coherencia de Jesús.

A Jesús le molestaba, particularmente, cuando la gente dejaba los deberes de su vida cotidiana, los abandonaba para mostrarse en la vida religiosa. De hecho, se los echó en cara una vez a los sacerdotes. “Basta para ustedes decir que es una ofrenda para el templo, y permiten que la gente les dé el dinero con que debiera ayudar a sus padres ancianos que padecen necesidades”.
Cuando estaba en la cruz, tranquilizó y aseguró la supervivencia de su madre, pidiéndole a su discípulo más joven (por lo tanto, el que más viviría para cuidarla) que se encargara de ella, como él lo haría. Esto fue lo que quiso decir cuando le dijo: “He ahí tu hijo”.

Pedro, por su parte, que había formado parte de la lucha armada de los judíos contra la ocupación de los romanos —los Zelotes eran una especie de ERP (Ejército Revolucionario Popular) judío del siglo I— quería la liberación económica, quería la grandeza de su pueblo.

En la época de Jesús también existía la teología de la prosperidad. En esa época cualquier desgracia: física, económica o de cualquier clase, se atribuía a la inmoralidad de la víctima. Por eso cuando Jesús rechaza al Joven rico, a menos que venda sus bienes, los discípulos se preguntan: “¿Quién entonces podrá ser salvo?”. Jesús había movido los cimientos de lo que ellos pensaban acerca de la espiritualidad. Una especie de meritocracia religiosa, en lugar de laboral como hoy en día.

Pedro, aparentemente preocupado por este nómade barbudo que rechazaba a alguien con los recursos suficientes para financiar el movimiento, se atreve a preguntarle:

“—Nosotros hemos dejado todo para seguirte —dijo.

—Así es —respondió Jesús—, y les aseguro que todo el que haya dejado casa o hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o bienes por mi causa y por la Buena Noticia recibirá ahora a cambio cien veces más el número de casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y bienes, junto con persecución; y en el mundo que vendrá, esa persona tendrá la vida eterna”. (Marcos 10:28,29 NTV)

Ahora bien, todo el mundo se toma de este versículo para defender la teología de la prosperidad. “El Señor te dará diez veces lo que inviertas en su causa, trae tus diezmos a la iglesia con fe”. Y de frases por el estilo. Pero ¿cómo se cumplió esta promesa? ¿Murieron ricos los discípulos? Por otro lado, si la tomamos de manera literal, tendríamos que pensar que si alguien perdió un conyugue por causa del evangelio, debería tener cien esposas o esposos más (cuando le comenté esto a un pastor amigo me dijo: “Eso es imposible, nadie puede soportar a cien suegras”).

¿Estaba hablando Jesús de manera literal o metafórica? ¿Qué hacemos con las promesas de prosperidad bíblicas? ¿Existe un propósito divino en cuanto a nuestro progreso personal? ¿Es ese progreso necesariamente económico?

Éstas y otras respuestas en la próxima entrega…

 

Ivka Itzak

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