Capítulo especial: Supersticiones

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Un gato negro que se cruza, un espejo roto en el baño, nombrar lo innombrable, un paraguas abierto en el living, una cruz tatuada en el brazo, una frase de Ricardo Arjona en un papel que se usa como separador en una Biblia evangélica, y la lista sigue… de tal manera que no habría libros que pudieran contener la inmensa cantidad de supersticiones que se nos entremeten en nuestras ideas cotidianas.

Hablemos de las supersticiones que envuelven al creyente evangélico, de esas creencias que le dan vida a la religión y ponen en movimiento a una serie de ideas que se relacionan con una realidad que viene de otro mundo, mundo que es incomprensible para cualquier mortal, hasta para el mas erudito bíblico. Una realidad ajena y mística que se yuxtapone con la realidad presente.

¿Qué son las supersticiones?

Dijo el semiólogo Umberto Eco: “La superstición trae mala suerte”

Son creencias basadas en aquellos relatos populares sin demostración fehaciente desde el conocimiento empírico. Es indemostrable que, haciendo A todas las veces, ocurra B todas las veces. Son creencias sobre fenómenos azarosos que pueden suceder o no si la acción supuesta que la produce ocurre. Son creencias basadas en la no cientificidad, en la irracionalidad, son creencias pertenecientes al campo de la metafísica, al campo de lo inexplicable por la razón.

Las supersticiones, al comienzo de la vida humana, cumplían la función de explicar aquello que la incipiente ciencia no podía demostrar, son por caso, los mitos, el pensamiento mágico y la religión entera. Hoy la ciencia ha dejado lejos toda superstición, debido al método que utiliza y al objeto concreto de estudio que cada rama de la ciencia toma para estudiar y analizar.

Es entendible que, en tiempos lejanos, en aquellas pequeñas comunidades donde había poco conocimiento científico, las supersticiones tuvieran mayor fuerza y validez que en el presente, pero, sin embargo, algunos resabios aun han perdurado en el tiempo, y todavía nos asustamos cuando el 666 está tatuado en la frente de algún rebelde adolescente o tatuado en el discurso de algún prominente evangelista.

Hoy la ciencia ha avanzado a grandes pasos, y eso es más que bueno, podemos comprender las cosas que tienen que ver con nuestro diario vivir de manera más objetiva, pudiendo comprender las causas que provocan ciertos hechos y así poder modificar su curso para torcer el destino. Hoy sabemos medicamente que es lo que causa una fiebre, y así mediante un antibiótico lograr controlarla y sanar al paciente.

Por algún motivo extraño, las supersticiones han permanecido más en la religión evangélica que en el llamado mundo secular, si enfrentamos a un creyente promedio con un secular promedio, notaremos que uno parece venir de la edad de piedra y el otro de una cultura actual.

A veces caemos en la trampa de pensar que Dios se mueve en aquello incomprensible y misterioso, pero no sobre lo que si comprendemos apoyados por algún saber científico. Por desconocidos motivos nos vemos empujados a pensar que Dios sí está en lo metafísico, en lo trascendental, pero no en lo concreto y racional. Cuantas veces ocurren cosas que nos sorprenden y decimos, ¡es Dios!, un lugar en el estacionamiento, un colectivo que llega a la parada tarde igual que nosotros, el precio del pan que baja unos centavos, una promoción de descuento en el supermercado, etc. ¿Y por qué no vemos también a Dios moverse en las cosas que no nos sorprenden y decimos: ¡es Dios!?

El pensamiento supersticioso es el que nos lleva por esas vías errantes de la inexplicabilidad y la oscuridad, de las confusiones y de las tormentosas ideas sin explicación, pero he aquí las buenas nuevas, estamos en el siglo XXI, aunque a nuestro mundo evangélico aun anclado en el pensamiento mágico totalitario, que todo lo explica desde un punto de vista alejado de la comprobación científica, le cueste acercarse al presente.

La buena noticia para el creyente es que, aun dejando las supersticiones, Dios se seguirá moviendo, no necesitamos creer en fenómenos paranormales para decir que Dios sí existe. Dios sigue estando aun en las cosas más simples que menos llaman la atención.

En sí, algo importante de resaltar es que muchas supersticiones funcionan como mecanismos de complacencia, como aquello que nos da una explicación de esos fenómenos que superan nuestro entendimiento, en sí, son parte del mundo de la religión, porque la religión, como el mundo mitológico, intenta explicar la totalidad de la vida, a diferencia de la ciencia que solo se limita a ciertos campos del saber.

Pero remarco nuevamente, no necesitamos explicarlo todo, algunas cosas pasan sin entenderse, nos superan y eso no tiene nada de malo, da cuenta de nuestra finitud. Es preferible quedarse sin explicar ciertas cosas y no explicarlo con ficciones que pueden llegar a tomarse como ciertas.

La ciencia no apunta a traernos una explicación totalitaria y fija, siempre se supera, dando nuevas respuestas a nuevas incertidumbres, pero la religión nos presenta una foto global y congelada, un origen, un proceso histórico del bien y del mal y un final, y en el medio, todas las doctrinas dogmáticas que refuerzan y nutren a esa explicación cosmológica.

Luego de esta breve introducción sobre las supersticiones, podríamos comenzar por dilucidar algunas de ellas pertenecientes al mundo evangélico, vamos con una:

La palabra de Dios tiene poder

¿Qué quiere decir que la palabra de Dios tiene poder?

Hemos oído muchas veces y de muchas maneras decir que la palabra de Dios tiene poder, poder para hacer esto o para hacer aquello, que tiene una fuerza inmanente que Dios mismo le otorga a ese conjunto de hojas escritas con tinta color negra y con el sello de “Biblia” puesto por alguna casa editorial de renombre.

¡¡¡Porque la palabra de Dios tiene poder!!! Escuchamos vez tras vez a muchos predicadores decir ante personas confundidas por golpes de la vida, aunque no queremos caer en ningún tipo de pensamiento extremo, es por eso que escribimos estas líneas, para al menos poner en cuestión lo que siempre se toma por hecho, por verdadero, necesitamos poner a esta frase, la palabra de Dios tiene poder, en el banco de prueba de las supersticiones.

Como personas inmersas en este mundo caótico, necesitamos saber que Dios nos tira un salvavidas para paliar los dolores que la vida nos da, falta de trabajo, un familiar en crisis, un amigo que queda sin hogar, los miedos al mañana, el famoso vacío existencial, el miedo a la muerte, los trastornos de ansiedad propios de una sociedad que vive a mil revoluciones por minuto, la duda de lo que hay luego de la muerte y muchos otros pensamientos que nos causan tristeza y un profundo hueco en el pecho, hueco que nos hace tener la necesidad de buscar en Dios una salvación segura.

Esa experiencia es compartida por todos, salvo aquellos que no tienen emociones, todos necesitamos depositar nuestras inseguridades y cargas sobre algo superior a nosotros, por esta razón se explican las religiones, porque en ellas encontramos respuesta a todas las incertidumbres de la vida, sea de manera supersticiosa o de manera objetiva racional. Pero en ellas encontramos salvación de nuestras angustias existenciales. Necesitamos congregarnos periódicamente en una comunidad que reviva aquellos valores colectivos que están en todos nosotros, y encontrar allí una contención, un hogar compartido.

Este tema es importante porque es la base de la estructura de una sociedad, la congregación en grupos que nos nucleen, que nos hagan olvidar nuestras individualidades y donde se revivan aquellas ideas que están en todos, ideas de paz, amor, un futuro alegre y la alegría de perderse en eso que se produce cuando hay más de dos o tres reunidos, la común unión.

Ahora bien, ¿qué papel juega la Biblia como elemento dotado de poder?

Como evangélicos, llegamos a creer que la Biblia tiene vida propia, poder propio, que su contenido viene del Cielo, del mismo trono de Dios, y que ella puede contra toda fuerza de maldad. Me parece bien creerlo, ¿pero es así?

Muchas veces pasamos por alto, que este libro fue escrito por personas como vos y como yo, recopilado por personas como vos y como yo, editado y revisado por personas comunes y encuadernado y publicado por grandes editoriales. También olvidamos que la Biblia está escrita en cierto idioma, nosotros leemos la Biblia en español, por ejemplo. Esto parece una redundancia, pero no lo es, si yo estoy en una región del mundo donde no hay Biblia traducida a mi idioma, ¿también diré que la palabra de Dios tiene poder? Si no la puedo comprender, si no puedo entender que es lo que dice, quedaría reducida a un objeto mágico que puedo usar para enfrentar a las fuerzas del mal.

Mas lejos aun, si yo soy esa persona que no posee Biblia traducida a su idioma y me dan una Biblia en arameo, pero no sé que es la Biblia, el libro sagrado del evangélico, y la guardo en mi biblioteca con cientos de libros de sociología, historia, arte, filosofía, etc., etc., ¿Qué poder tiene que la diferencie de los otros libros que están con ella si yo desconozco que es una Biblia?

Todos son libros, con hojas y palabras

Es mi conocimiento y mi interpretación lo que le ceden poder a un escrito religioso, algo aprendido por mi cultura. Aprendimos a pensar de una manera determinada respecto a ese conjunto de 66 libros, tanto que llegamos a decir que puede romper cadenas, destrabar juicios, conseguir un trabajo, viajar a la distancia y producir un efecto deseado, iluminar nuestro hogar y protegernos del mundo de las tinieblas satánicas, etc., etc.

Este pensamiento es supersticioso, y muchas veces nos lleva al desencanto cuando no pasan las cosas que esperamos; cuando la Biblia con su poder no funciona como la espada del Hobbit Bilbo, cuando le damos un poder metafísico a la Biblia, caemos en el mundo oscuro de las contradicciones y del azar, a veces se puede dar lo que espero y a veces no, y cuando no ocurre, me decepciono, me frustro y tiro la Biblia lo más lejos posible, ¿por qué? Porque la idealicé y la porté de un carácter animista, con vida propia.

Sería bueno preguntarnos si el poder de la Biblia se lo da Dios o si se lo doy yo de acuerdo a mis percepciones de ella.

La Biblia no tiene poder, y es liberador saberlo, aunque duela al principio nos puede llevar a una reconciliación permanente con ella, ella nunca cambia, está ahí, en la mesa de luz de mi dormitorio, pero yo sí cambio, cada vez que vuelvo a ella, cada noche cuando antes de ir a dormir la leo, no soy el mismo, no porque ella me cambie, yo cambio, maduro, crezco, desarrollo nuevas ideas y otras las desecho, pero ella siempre está ahí, recibiéndome como soy, siempre distinto.

Perdonar a la Biblia es bueno, lograr abandonar la personificación de ella nos puede llevar a verla como lo que es y no como lo que yo quiero que sea de manera caprichosa, metafísica e irracional. La Biblia aun, viéndola como lo que es, como un conjunto de libros escritos por inspiración humana, sigue siendo un buen material para aportar a nuestra fe y a nuestra espiritualidad el combustible necesario, ella puede ser leída de manera poética y a la vez personal, como comunitariamente, encontrando útiles experiencias de aquellos hombres que por razones varias llegan a nuestros días para hablar desde la antigüedad y ser una voz en el presente, invitándonos a ser una comunidad que no repita aquellas experiencias narradas en sus hojas, sino que reconozca su propia humanidad y necesidades de reconciliación, con Dios y con la humanidad toda.

 

Rodrigo Ferrando

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