18 El peligro de convertirnos en hipócritas

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“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia.”[1]

Este es un verso conocido entre nosotros, lo leemos vez tras vez para transpolar las acusaciones de Jesús hacia aquellos que no encuadran con la ética y la moral evangélica –concordismo- o también para distanciarnos de aquellos legalistas que tienen una teología atrasada respecto a la nuestra, como sea que se interprete, casi nunca se respeta el contexto sociocultural, llevándonos a demonizar a los fariseos y a individualizar la figura de Jesús.

En el verso 23 del mismo capítulo los interlocutores de Jesús son los fariseos y escribas, como en muchas otras ocasiones, ¿por qué? ¿Jesús buscaba hacer sus campañas justo donde ellos estaban? ¿Los fariseos seguían al movimiento de Jesús por GPS? ¿Cómo es que en reiteradas oportunidades se los ve a ambos en tensión dentro de la misma escena? Así eran los fariseos.

Según el teólogo alemán Gerd Theissen, en una hermosa obra titulada Estudios de sociología del cristianismo primitivo (1985), los fariseos, en rasgos generales, tienen su origen cuando los judíos vuelven de la cautividad babilónica[2] y hallan el templo destruido junto con todas las construcciones de la ciudad -pueden leerse los libros de Nehemías y de Esdras-. Detrás de los muros caídos del templo se encuentran los rollos de los textos sagrados que hasta entonces sólo estaban en control y eran leídos en público por la élite dominante. Ahí es donde nacerían los escribas y fariseos, quienes abogarían por una libre interpretación y la divulgación de esos textos.[3]

Algo de etimología[4]: Fariseos (ferushim) proviene del verbo farash, que tiene un doble significado: explicar y separar, lo que responde al doble carácter de los fariseos: a su práctica asidua de comentar la Ley y a su estricta observancia de la misma, que los separaba no sólo de los gentiles, sino también dentro de los mismos judíos.

Un dato importante de ellos es que eran un movimiento dirigido por laicos, y no por sacerdotes, al tiempo que provenían de las clases humildes de la sociedad encarnando las aspiraciones y sentimientos de las gentes humildes en oposición a las clases aristocráticas que cooptaban con el imperio romano[5] para tener un buen pasar económico y político.

Algunas de las características importantes de los fariseos eran las siguientes:

* Se dedicaban principalmente -contaban con numerosos doctores de la Ley- al estudio e interpretación de la Ley en una doble orientación: la halakah, comentario y actualización de las normas jurídicas, y la haggadah, de aspecto teórico y teológico.

* Constituían la secta más prestigiosa en el siglo primero. Según Flavio Josefo eran unos seis mil, a los que habría que añadir numerosos simpatizantes.

* Fueron herederos de los profetas. Intérpretes de la Ley, su doctrina teológica y moral era muy elevada en comparación con la de los otros grupos.

* Creían en la venida del Mesías y en el establecimiento de su Reino.

Claro, como en todo movimiento, había diferentes tipos de fariseísmos, algunos más ortodoxos y otros un tanto más liberales, pero eran una gran familia religiosa, amalgamados por las características antes mencionadas. Se echaban en cara cosas y otras las debatían con insistente pasión para llegar a la espiritualidad de la Ley, es decir, cuando vemos a Jesús con otros fariseos intercambiando insultos, lo que están haciendo es dialogar, (risas) a su manera, pero es un dialogo, sobre cómo llevar a un nivel superior aquellas ordenanzas que necesitaban si o si interactuar con las necesidades apremiantes de las personas sufridas.[6]

En este contexto es que tenemos que ubicar a Jesús para entender lo que está diciendo, aunque siempre desde la mirada helenizada de los redactores de los evangelios (sinópticos –Marcos, Mateo y Lucas-) que gran esfuerzo hicieron por borrar las huellas judías de su epigrafía[7], es decir, la historicidad de sus dichos en tanto hace referencia a su propia tradición, sea la oral Talmud[8] o la escrita Torá. Por ejemplo, tenemos en Lucas 16:19-31 la parábola del Rico y Lázaro, pero podemos ver que algo similar sucede en la historia de Bar Maya, una historia egipcia, escrita en lengua demótica al dorso de un documento griego, fechado en el año siete del emperador Claudio (año 47 d. C.).

Es decir, no se sabe quién se copió de quien, pero conjeturamos que era una leyenda que circulaba por las culturas próximas a la judía, también hay en el Talmud una historia similar. Esto nos da la impresión de que lejos de la originalidad de una sola persona, las enseñanzas eran compartidas y más aún si hablamos dentro de una misma nación. Por eso pensar a Jesús fuera de las costumbres, usos y hábitos de su época como de sus hermanos seria hablar de un Dios que no entra en la historia de su pueblo y que desconoce las necesidades y virtudes de él.

Volviendo a los dichos amables de Jesús hacia los fariseos, podemos estar en condiciones de notar que él no los repelía por ser hijos del diablo sino por quedarse a medio camino, por no poder ver la importancia de la condición humana ante el sesgo doctrinal y dogmático de ciertas enseñanzas. Pero esto era común entre ellos, considerando que los fariseos, en definitiva, eran predicadores itinerantes que buscaban la libre interpretación, y en el mismo dialogo afilar las ideas. Por eso, Jesús necesitaba de ellos para reflejarse y hacer madurar su propia teología.

En definitiva, Jesús pertenecía a ese grupo de personas que, dentro del judaísmo, tenía la intención de dar un giro divino y temporal (práctico) a la religión, alejados del poder sacerdotal, del desierto y de la apatía, con efervescencia buscaban en sus textos respuestas orientadoras y liberadoras.

¡Hipócritas, llenos de muertos y de toda inmundicia!

“Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos a los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.”  —Evangelio de Mateo 23: 28

El fariseísmo emergió como un movimiento que se predispuso al dialogo con la doctrina heredada, como un espiral ascendente, recurrían a las Escrituras con preguntas y con extendidas horas de debate, Jesús, según registran los evangelios, de niño se interesó por estas actividades, fue en el seno de ellos que formó su identidad y su quehacer teológico, y lo seguiría haciendo hasta los últimos días. Nótese que no fueron los fariseos los que quisieron dar muerte al Maestro sino los detentadores del poder, los ostentadores del orden social.

Jesús como encarnación de esa espiritualidad dialéctica que intenta la fluida conversación entre teoría y práctica,[9] insistiendo en que toda teoría tiene que nacer de necesidades humanas particulares, concretas, locales y urgentes, tiene un chispazo en su circuito neuronal cuando cegados por la tradición, silenciados por el establishment, oscurecidos por los deseos egoístas, inundados por el miedo a las críticas o presos de sus ideas inmutables, algunos de sus interlocutores fariseos pierden de vista el punto principal de las Escrituras y ponen a ésta por sobre los hombres.

Eso es ser hipócrita, estar lleno de toda inmundicia y de palabras muertas, perder el diálogo que alimenta nuestras necesidades humanas para defender el monologo que impone todo un sistema de opresión. Sistema que impone inequidad y toda clase de injusticia, cargas pesadas sobre las espaldas de los sufridos que priva de vivir una espiritualidad sanadora, equilibrada y celosa de la justicia.

¡Hipócritas, llenos de muertos y de toda inmundicia!

Que no seamos como los hipócritas que en el fondo tienen una espiritualidad muerta y sin conexión con el mundo que los rodea. Que seamos libres de la falta de comunicación, la ausencia de preguntas hacia nuestra sociedad y la falta de autocrítica como sujeto evangélico. Que no seamos sepulcros blanqueados, llenos de pensamientos muertos, llenos de la inmundicia de la sistematización religiosa que priva a cada cual de transitar su propio recorrido espiritual. Y que nunca perdamos la pasión por el dialogo ininterrumpido que nos mueve vez tras vez de nuestra posición para llevarnos al lugar donde las cosas pasan, donde los cambios son posibles, y donde los muertos resucitan. Esa es mi oración.

 

Rodrigo Ferrando

 

Bibliografía utilizada:

JOSEP KAUSNER. Jesús de Nazaret. Su vida, su tiempo y enseñanza, Ed. Paidos, Buenos Aires, 1971.

CHRISTIANE SAULNIER, Fariseos, en Diccionario Enciclopédico de la Biblia, Herder, Barcelona, 1993, 602.

JOHANNES LEIPOLDT y WALTER GRUNDMANN, El mundo del Nuevo Testamento, v. 1 Cristiandad, Madrid 1973, 283-299.

HARRISON EVERETT, Introducción al Nuevo Testamento, William B. Eerdman Publishing Company, Michigan, 1980.

[1]Ver Evangelio de Mateo 23:23.

[2]Ciro, Rey de Persia en un rapto de benevolencia aparente permite la huida del pueblo judío hacia su tierra. Él se sentía un utensilio de Dios para reconstruir el Templo. También ver el oráculo de Isaías en el capítulo 44 y verso 28: Yo digo de Ciro: «Aquí está mi pastor», y sale para cumplir mis deseos. El dirá por Jerusalén: « ¡Que la levanten!», y por el Templo: « ¡Que sea reconstruido!».

[3]Nótese que los judíos reciben ayuda de pueblos vecinos, sumado a que ellos habían sido absorbidos por la cultura babilónica, reinterpretan sus textos sagrados desde una lente sincrética.

[4]Ver la concordancia exhaustiva bíblica Strong; #6557.

[5]Pueden verse las obras de Flavio Josefo en Guerra de los judíos sobre las revueltas intestinas para mantener el orden social.

[6]Imposible sería en este punto no mencionar la inmensa obra del Dr. Mario Sabán sobre El Judaísmo de Jesús, Los orígenes judíos del cristianismo y El judaísmo de Pablo.

[7]Puede verse la obra de Milenio: Guía Racionalista. Stephen Jay Gould. 1998. Editado por CRÍTICA, Grijalbo, Barcelona.

[8]El Talmud es una obra que recoge principalmente las discusiones rabínicas sobre leyes judías, tradiciones, costumbres, narraciones y dichos, parábolas, historias y leyendas

[9]Se recomienda la lectura de Gustavo Gutiérrez en Teología de la liberación donde se hace un fenomenal uso del concepto de dialéctica hegeliano, cuando no marxiano.

 

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