17 El peligro de convertirnos en irrelevantes

header_desaferrandonos

Algo se está haciendo irrelevante, ¿qué importa si sigue o no con lo suyo? No tiene la significación que tenía en un origen, y por más que se esfuerce en recobrar la energía impulsora que un día tuvo, parece que la única alternativa es desaparecer o convertirse totalmente en otra cosa nueva. Sí, estoy teniendo en mente a esos grupos y a esas ideologías que hoy solo existen por misericordia del recuerdo.

En nuestra adolescencia casi todos quisimos hacer que el mundo se vea diferente, teníamos las fuerzas, las ideas, los amigos que nos encendían cada vez que hablábamos del tema, pero no teníamos lo más importante, la experiencia de alguien que se mantenga con la misma chispa a lo largo del tiempo. O los pocos referentes habían comenzado un día con buenas intenciones, pero se vieron abrazados por el éxito y la fama y prefirieron olvidar la motivación que los llevó hasta ese lugar.

Posiblemente un poco utópico, pero aun lo creo posible. Se puede cuidar esa llama sagrada que nos invita a tomar el látigo muy fuerte y desparramar todas las mesas con comida añeja. Sirvamos de nuevo la mesa.

Son conocidos los líderes y organizaciones del ámbito evangélico que empezaron siendo “los rebeldes”, los inadaptados que contaminaban a las masas religiosas con sus palabras apócrifas y obscenas, obscenas por tocarle aquello más sagrado al mundo evangélico. También sucede con políticos y partidos políticos, con buenas intenciones en un inicio, pero al pasar el tiempo se corrompen con aquellos que piensan que nada puede ser cambiado, con los que dicen que mejor es dejar las cosas como están y se vuelcan a un pragmatismo hedonista, prefiriendo disfrutar de las comodidades que brinda cierto status, sea en la iglesia o en el gobierno.

Por otro lado, se crea cierta desazón entre los que un día apoyaron las ideas de esos referentes, sintiéndose algo así como defraudados por no seguir con las propuestas que convocaban al cambio y a la transformación de lo que se creía necesario para habitar un mundo mejor. Esa desazón es parecida a la que se tiene cuando se pierde una final de futbol, alentando durante todo el campeonato a tu equipo, creyendo en ellos, que se traerán la copa y lograrán una nueva hazaña. Pero no, la pierden. Se caen las esperanzas que se habían puesto en ese equipo.

Pero peor aún, o más gráfico, sería nuestro ejemplo cuando ese equipo de futbol pierde la final frente a otro equipo más poderoso que logra “comprar el partido”, ofreciendo sobornos a los jugadores, a los árbitros, y haciéndolos parte de la corrupción general que hoy por hoy cruza a todas las capas de nuestra sociedad. Nuestros jugadores a veces sucumben y se vuelcan a los placeres momentáneos, vendiéndose por ese plato de lentejas del hermano traidor.

Pero no todos son tan fáciles de sobornar y de comprar, hay también otros que siempre mantuvieron sus ideales firmes como el jopo de la estatua de Gardel en Buenos Aires, inquebrantables en sus ideales, inamovibles como rulemán oxidado, así son ellos, mantienen la llama viva a todo precio, posiblemente sean el otro extremo, el extremo de no dialogar con su mundo circundante y ser el monologo que intenta imponerse a la fuerza, sin consenso previo. Los tales son proclives a volverse irrelevantes no por abandonar sus postulados sino por no ser funcionales a una época X, o por no lograr transmitir cabalmente lo que se cree.

Entonces, tenemos dos grandes grupos, los que transan (arreglan) con el poder y los que se quedan firmes en su lugar. Ahora, posiblemente ambos puedan lograr cierta influencia en la comunidad, ser referentes en lo que dicen y hacen, los unos en algún kilómetro del camino se venden al mejor postor y los otros, por no adaptarse y encerrarse en sí mismos, dejan de ser significativos y útiles. Los primeros son fáciles de entender, pero los segundos posiblemente tengan la complejidad de que deben mantenerse en un equilibrio constante, entre sus convicciones y el dialogo con su entorno.

Dialogando la revolución

Dijo Ernesto “Che” Guevara: “Si no existe la organización, las ideas, después del primer momento de impulso, van perdiendo eficacia”.

Una retroalimentación constante con las necesidades locales y actuales es para un grupo que quiere ser relevante tan importante como sus ideas y propuestas innovadoras y creativas. Se necesita tener una buena intensión, pero también una buena comunicación con el campo de trabajo, con los lugares donde se quiere llegar y transformar. Consensuar e intercambiar opiniones es edificar sobre una base sólida, porque una vez que se descubre la mentira del sistema anterior y se propone una nueva alternativa habrá un gran sector de la comunidad que se sume al cambio necesario, y no quedará esa buena propuesta entre un selecto grupo que pueda o ser comprado por el poder o morirse por asfixia de ideas.

Muchas veces lo que empieza como una fuerza revolucionaria termina siendo parte del sistema reaccionario, se disuelve entre el poder y el glamour, pero muchas veces lo que empieza entre dos o tres puede hacerse tan grande como fueron los efectos de la revolución francesa, o los movimientos populares y obreros en el siglo XIX que transformaron leyes a su favor y condiciones de vida para el resto de las generaciones.

Como todo movimiento transformador, la fuerza está en las bases, entre los que no quieren seguir con las mismas formas de hacer sociedad, con los que no quieren las mismas formas de hacer iglesia. Es entre los humildes congregados, entre los fieles feligreses, entre los inadaptados discípulos donde el cambio se arraiga y se reproduce, como la levadura de la parábola de Jesús, o como la sal que una vez que se desparrama transforma el sabor de toda la comida.

Entonces. para no volvernos irrelevantes y lograr que nuestras propuestas puedan tener asidero entre nuestros hermanos y amigos, para que la vida de todos nosotros pueda ser mejor transitada y para que la mochila de uno pueda ser la carga de todos, necesitamos el dialogo eterno, fluido y compasivo, porque sólo a través de los corazones necesitados y sufridos pero esperanzados en algo mejor, puede nacer una revolución verdadera que perdure por generaciones.

Como dijera el poeta alemán Bertolt Brecht: “Las revoluciones se producen en los callejones sin salida”. Por eso, siempre que haya una propuesta vencida, ya sin significación actual para nuestros problemas actuales, vendrá irremediablemente a flote una nueva propuesta transformadora y superadora, pero esta siempre permanecerá y vencerá en tanto logre el consenso y el dialogo entre aquellos a los que el callejón les llevo al encierro de sus vidas, de su existencia y de sus condiciones de ser.[i]

 

Rodrigo Ferrando

[i] Bibliografía utilizada:

Gramsci, Antonio. Cuadernos de la cárcel, 1930-1932, Italia, ERA.

Facebook Comments