16 El peligro de convertirnos en lo que criticamos

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Como ese grupo de adolescentes que se junta en la casa de una de las chicas después del colegio para hacer un trabajo para una materia, o como esos amigos que después del trabajo van al bar de la esquina a tomar unas cervezas, o como esos hermanos de la iglesia que después de una reunión se agrupan para saludarse y abrazarse, así, siempre se generan esos momentos de intimidad grupal donde nos sentimos uno.

Es bueno sentirnos parte de la identidad de un grupo de amigos, nos hace salirnos de nosotros mismos, para encontrar eso maravilloso que nace al estar en una cancha alentando a mi equipo, o en la iglesia mientras todos cantamos, o en la mesa mientras la espuma de la cerveza marca los vasos fríos de mis amigos.

Y esta identidad siempre se forma en el reflejo de otra identidad grupal. Es como decir, nosotros somos así, de esta manera, creemos esto, pero aquellos creen lo otro, nosotros somos de River pero ellos son de Boca, mi banda es de rock la de ellos de salsa, son distintos, diferentes a nosotros. Y eso está muy bien. Las identidades se forman en las relaciones con los demás, en las diferencias.

Qué bueno es que en el mundo haya millones de grupos de distintas modalidades y orientados hacia distintos fines, donde millones y millones de personas puedan congregarse, estar y pertenecer; una familia, un equipo de futbol, un equipo de trabajo, un equipo de amigos de la infancia, un grupo de amigos que comparten la misma fe, las mismas inquietudes. Eso nos enriquece y nos hace integrarnos a la vida social.

Pero qué triste es cuando creemos que las ideas que encarnan nuestra comunidad son las mejores, que nuestro país es más poderoso que el vecino, o que nuestro grupo religioso sólo es el que irá al paraíso eterno, ahí es cuando perdemos nuestro horizonte y nos individualizamos como grupo negativamente, nos separamos de la relación con los demás y nos convertimos en una elite. Ahí nacen todos los males.

Si eso pasa, es porque de alguna manera comenzamos a criticar en algún momento a otros distintos a nosotros, y no con un espíritu constructivo, un ejemplo muy claro se da entre facciones del cristianismo, es muy común asistir a una iglesia de tal denominación y escuchar desde sus referentes críticas a otras denominaciones que piensan la fe desde otro lugar.

En una iglesia evangélica de Buenos Aires, una muy conocida y grande, constantemente se apuntaba a crear conciencia de grupo, al grito de: ¡¡En este lugar (y solo en este lugar) vas a poder ser libre, sano, prospero!! Y no faltaría alguna crítica a otras congregaciones por ser más ortodoxas o más liberales que ella. Confieso que en un principio me sentía cómodo, pero cuando aprendí a respetar y a valorar lo que otros piensan, me empecé a sentir intranquilo con lo que ocurría allí.

Entonces, es fácil convertirnos en lo que criticamos cuando desde nuestro lugar intentamos reforzarnos como grupo en desmedro de los otros. Ellos simplemente piensan y viven de una determinada manera, si no te gusta podés elegir otros lugares. Eso es más honesto que empobrecer al resto y crear fantasmas donde no los hay.

La crítica es reflexión, es pensamiento libre, es revisar nuestro mundo, la crítica nos ayuda a pensarnos y a pensar la vida, a detenernos en medio del camino para ver si hemos elegido bien la dirección, es uno de los principales dones que tenemos como humanidad. Pero algo pasa cuando a la crítica le agregamos el condimento de la intolerancia, el odio y la exclusión.

Posiblemente el problema no sea el fundamentalismo, no sean esas ideas atrasadas ni esas ideas liberales que enloquecen a más de un cristiano, ni tampoco cualquier pensamiento político sea de derecha o de izquierda, posiblemente en el fondo lo que encontremos sea la intolerancia.

La intolerancia es lo que nos lleva a repeler al distinto, a criticarlo negativamente y a demonizar a todo aquello que no cuadre con las ideas de mi comunidad, de mi grupo o de mi fe. Cuantas veces vemos eso en las canchas, en los partidos de futbol o en las iglesias, tocamos las fibras más íntimas de nuestro ser, allí en la profundidad, donde vive la intolerancia, tal vez disfrazada con remeras de distintos colores, pero intolerancia, en fin.

De alguna manera todos somos intolerantes, y eso es parte de nuestra naturaleza como humanos, es algo que se ve en todas las especies animales también, mis dos perras cachorras no pueden estar juntas, cada vez que se ven se pelean y hay que andar separándolas, también mis dos gatos machos hacen lo mismo, simplemente no se toleran y no tienen el poder creativo para superar ese estado.

El desafío para los que buscamos embellecer lo heredado, aportar un granito de humanidad a nuestro diario andar en el mundo cristiano, está en manejar esa intolerancia que por momentos tenemos hacia otros sectores que aún no están siendo tocados por la chispa de la creatividad (o que simplemente son estáticos por elección) y avanzar hacia lo nuevo, produciendo reflexiones y practicas cada vez más localizadas, que se acerquen a nuestras humanas necesidades ahí donde nos toca vivir geográficamente.

Pero, nos convertimos en lo que criticamos cuando no creamos, cuando reflexionamos sobre algo, pero solo de manera pasiva, es oportuno mirar por donde caminamos, pero para mejorar el andar no para destruir lo que dejamos atrás.

En resumen, entiendo que en el camino de la reflexión existen dos momentos cruciales, el primero es cuando te das cuenta de que algo no está andando bien con la forma de ser de tu grupo, que pretende tener la última palabra y piensa que todos los demás están errados, cuando escarbas y ves que en el fondo hay pasiones negativas, intolerancia, odio, competencia, envidia, etc. Y el segundo momento es cuando A) te convertís en un crítico de eso para toda la vida o B) haces algo con eso y buscás junto con otros amigos hacer nacer algo liberador, sanador, superador y fresco.

De A a B hay un complejo y dificultoso paso, hay un camino duro y por momentos se nos vuelve intransitable, queremos construir puentes, hay ganas, energía, voluntad, ideas, pero las inseguridades y los miedos a lo desconocido intentan asustarnos.

Muchos prefieren quedarse en la zona A, por comodidad, por rebeldía, o porque su ego los hace sentir superior tirando bombas todo el tiempo al establishment de la fe, un claro ejemplo del que se convierte en lo que critica, pero muchos otros son los que se atreven a cruzar la línea de esos sentimientos corrosivos para entrar en la dimensión de la creatividad ilimitada, donde todo es posible cuando se libera el pensamiento y se buscan alternativas a lo ya conocido.

Te propongo tomar un té en algún lugar y repensar lo repensado, reflexionar sobre la reflexión y criticar lo criticado, juntos, en equipo buscar ser tolerantes con los demás grupos sociales, respetar su forma de entender al mundo al mismo tiempo que tener nosotros una identidad que nos reviva y deje correr el agua que alivia nuestras cargas humanas.

 

Rodrigo Ferrando

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