15 El peligro de convertirnos en la norma

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Esto sucedió hace mucho tiempo atrás, pero siempre lo recuerdo por varias razones, muchas de ellas son buenas y otras para reflexionar y sacar tesoros como el que viene ahora:

Los sábados por la tarde junto con un grupo de 20 o 30 amigos salíamos a evangelizar por la plaza del barrio de Mataderos en Buenos Aires. Era un día especial para todos nosotros, estábamos expectantes durante la semana por lo que Dios haría a través nuestro en la calle, en la vía pública, con personas que no conocíamos.

Nos sentíamos que cumplíamos una misión celestial donde teníamos todo el favor del cielo. La alegría por compartir ese mensaje de esperanza y alegría a los desesperados nos traía una satisfacción plena. Sábado tras sábado nos reuníamos en la iglesia, llevábamos los tratados que habíamos preparado durante días previos y antes de salir nos tomábamos de la mano como un equipo que salía a ganar el partido, orábamos bendiciendo la jornada y agradeciendo por el privilegio de hacer semejante tarea.

En esos días la vergüenza no existía, como lo hacían los primeros cristianos, hablábamos con denuedo y fervor a todo aquel que veíamos, a grupos de amigos, a parejas y a gente solitaria, todos eran alcanzados por nuestros tratados y por nuestras palabras eufóricas. Y si había oposición, nuestra pasión subía al extremo.

Teníamos un mensaje para compartir que creíamos que era el mejor, el que todos estaban esperando, pero con el tiempo nos dimos cuenta de que solo una persona quiso asistir a las reuniones luego de habernos escuchado; vino, pero solo dos domingos y nunca más apareció. Era Marcos, le habíamos hecho hacer la oración de fe y le regalamos una Biblia Versión Popular.

De a poco el grupo de evangelismo se iba achicando más y más, cada vez éramos menos los que queríamos salir a la plaza; claro, los resultados que veíamos nos frustraban, empezamos a salir cada 15 días, luego una vez por mes, y así, de a poco nos convencimos de que no tenía sentido seguir. Teníamos buenas intenciones, pero nuestro mensaje era excluyente, poníamos condiciones y así también idealizábamos el resultado de aquello que hacíamos. Es decir, sistematizamos un evento que pretendía ser de bendición a la comunidad. Y nos golpeamos contra Dios.

 ¡Que la pasión nunca muera!

Por diferentes razones, perdimos las ganas de salir a las calles a compartir lo que creíamos que era importante para los demás. Nuestra manera de comprender a Dios y la forma en que lo habíamos llevado a la práctica nos demostraron que ese no era el camino. Pero en esa desazón perdimos también la pasión por comunicar y contactar al otro, por congregarnos en equipo orientando nuestras acciones hacia un fin. Con nuestro discurso monótono habíamos dejado de escuchar otras propuestas. Nos habíamos encerrado en nuestro pequeño mundo, y nos ahogamos.

Es muy común que cuando una idea pretende ser la verdad absoluta y se proyecta sobre ella lo que debería ser vivir la vida de fe de manera autosuficiente, fracasen también las esperanzas y la alegría por poseer un concepto sobre Dios que un día nos enamoró. Cuando nos convertimos en monólogos, perdemos de a poco la riqueza de dialogar e interactuar con otras metáforas sobre Dios, y ahí es cuando nos empezamos a secar. Nos convertimos en la norma y nos creemos dueños de la versión oficial del cristianismo.

Cuando Dios nos enamora, nos abraza y nos conmueve, nos aferramos a ciertas ideas que nos ayudan a conectar con todo ese mundo maravilloso; eso es bueno y saludable. El punto esta cuando convertimos todo ese conjunto de ideas, valores y prácticas en cosas inamovibles, fijas y con pretensión de totalidad, sin dejar espacio para que Dios pueda seguir renovándonos y reviviéndonos.

Las múltiples metáforas para poder explicar las cosas de Dios son válidas, nadie miente ni nadie dice la total verdad, solo son maneras de interpretar, funcionales a una comunidad de fe determinada. Entender esto nos ayuda a caminar juntos, a respetar ideas y a valorar otros discursos, por cierto, validos también. Y en ese dialogo de metáforas es que la nuestra puede nutrirse y ser actual a nuestras vidas.

Retomando sobre la anécdota inicial, podemos decir que todos tienen derecho a conectarse con Dios de acuerdo a sus formas aprendidas, y no por eso debo perder mi pasión por mis ideas, al contrario, esta pasión puede ser también apuntada hacia el bienestar con aquel que piensa distinto a mí. En compartir y tocar eso que todos en el fondo necesitamos, la fe, la esperanza y el amor.

Cada civilización necesitó de una u otra manera, a través de sus aflicciones, dudas y temores producir una poesía que las llevara al lugar donde Dios está. Y eso es maravilloso, componer, crear, dialogar, palpar a Dios mediante una nota musical, una narración, una anécdota, un pasaje bíblico o una canción que nos salven de la angustia existencial.

Todos buscamos una verdad y es esa verdad la que nos llena el corazón, nos revive la esperanza, nos envuelve de esa experiencia que solo en los brazos de Dios podemos tener. Dios es capaz de crear tantos poemas como necesidades se hallan en esta tierra. Y encerrarnos solo en una verdad seria limitar la capacidad de Dios de moverse y actuar entre nosotros.

Mi amigo Marcos, a lo mejor sigue buscando una metáfora de Dios que lo ayude a caminar en este mundo complejo, a lo mejor ya la encontró, o tal vez nunca la busque, pero lo cierto es que la metáfora será el camino para experimentar la fe, la esperanza y el amor que solo Dios puede traer a nuestras vidas sedientas. Y esto es vivir el Reino acá y ahora, saltando los límites del conocimiento para entrar en las profundidades del corazón de Dios.

Podemos reducir la religión a la nada mediante una crítica exhaustiva, podemos llegar a negar al Dios de la Biblia y la veracidad de sus historias, algunos dicen que Jehová no resiste una sana exegesis, pero la poesía siempre nacerá en medio de aquellos que quieran abrirse a vivir la plenitud de Dios. Por eso la esperanza que alivia nuestras noches oscuras, la fe que nos ayuda a salir del terror de la vida y el amor que nos envuelve en tiempos de soledad, siempre deben permanecer más allá de las afirmaciones y negaciones sobre las cosas de Dios.

De Dios nada podemos afirmar, nada podemos negar, desborda nuestro lenguaje, códigos y símbolos. Solo el corazón sincero que no se ata a los monólogos puede nacer en el amor eterno. Es ese corazón que se conmueve con la simpleza de un Salmo, con la belleza de una prosa, con la lluvia de una tarde de domingo, con el sol de primavera o con el cariño de un amigo que ha resucitado en la vida eterna.

 

Rodrigo Ferrando

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