14 Cultura, sub-cultura y contracultura

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En esta oportunidad me gustaría tratar el tema de la cultura como concepto sociológico, pensado en relación a nuestra religión evangélica para poder llegar a explicar cuál es nuestro rol actual como creyentes en esta era pos moderna, donde aquellas utopías totalitarias ya han pasado al olvido y donde la fe ciega en los líderes carismáticos que sabían la agenda intima de Dios han perdido seriedad.

Para empezar, trataremos sobre la cultura, dando un pantallazo general de lo que significa tal palabra, luego haremos lo mismo con el término subcultura y con el de contracultura.

Ubicaremos a la iglesia evangélica en base a estos tres conceptos, donde se ubica hoy y cuál debería ser según nuestra mirada sociológica la acción que debe tomar el evangelicado en este presente siglo XXI.

La cultura es un conjunto o grupo de respuestas seleccionadas históricamente por los grupos humanos para dar respuesta a sus necesidades, son modos de actuar, pensar y sentir que se reviven una y otra vez en cada generación. Así mismo la cultura es la herencia que un pueblo recibe de sus antepasados, modificándola para dejar una cultura distinta a las posteriores generaciones.

La cultura es un sistema de creencias y de valores formado históricamente de los modelos de vida implícitos o explícitos que tiende a ser compartido por todos los que integran una sociedad.

Peter Erns Fischer dice en “La otra cultura” que, para la concepción sociológica, la cultura se define como el progreso intelectual y social del hombre en general, de las colectividades y de la humanidad.

Para el sociólogo Emile Durkheim la cultura es aquello que moldea al hombre y que está por encima de él, que es anterior a él, actuando coercitivamente. Es decir, una cultura nos hace y nos moldea a su imagen. Los europeos tienen características culturales que los latinoamericanos no tenemos, y así con cada cultura local, con cada grupo identitario podemos decir lo mismo. Cada grupo tiene un rasgo distintivo.

Pero lo significativo es que esta cultura tiene orígenes religiosos, nos dirá nuestro buen amigo Durkheim, dado que en aquellas sociedades más primitivas las formas de comprender la realidad se dan a partir de un elemento sui generis, de algo que es distinto a la suma de las partes, de los individuos. En conjunto, la comunidad produce y reproduce constantemente eso que llamamos cultura, siendo esta algo superior al propio miembro de la sociedad.

Los orígenes religiosos de la cultura están en aquella identificación grupal e ideal que el hombre hace, por ejemplo, los que estamos en Argentina para poder comprendernos a todos dentro de este grupo debemos pensarnos como argentinos en un mismo conjunto, difícil seria pensar en mi tía, en mi abuela, en mis hermanos y en mis amigos al mismo tiempo, pero si puedo pensar a Argentina y dentro de este grupo a todos los argentinos.

Lo profano es lo otro, lo que está por fuera de mi cultura, siendo lo sagrado aquello que me contiene. Lo mismo podemos decir de las primitivas practicas ascéticas y del mecanismo de “chivo expiatorio”, en un primer momento lo ascético se daba para agradar a los dioses, lo mismo que los rituales para la fertilidad, hoy el ascetismo lo podemos ver en aquellas personas veganas o vegetarianos que se someten a una dieta para guardarse de lo profano, de la carne animal, por ejemplo. En cuanto al chivo expiatorio y los orígenes religiosos es muy fácil de verlo en aquellas civilizaciones que para bendecir al año entrante o para expiar las culpas, se sacrificaba a un animal puro o un niño de buena salud, se ofrendaba lo mejor, hoy también sucede lo mismo cuando el cristianismo apela al sacrificio redentor de Cristo para expiar sus pecados y heredar la vida en el más allá.

Veamos algo de lo que es la subcultura:

En una cultura hay un conjunto de grupos que viven de un modo particular y propio esa cultura, es decir, dentro de una cultura existen grupos más pequeños que internalizan esa cultura de manera particular. Estos grupos subculturales que forman parte de una comunidad más amplia tienen una forma de comportamiento que las diferencian del grupo general, forman una subcultura justamente por diferenciarse en ciertos aspectos de los otros grupos subculturales. Por ejemplo, la subcultura adolescente, que a su vez se divide en distintas sub subculturas más, principalmente definidas por estilos musicales y modas de vestimenta.

Es un tema complejo, porque dentro de la cultura, estas subculturas en muchos casos se repelen unas a otras, es el caso de los “rochos” y los “chetos” en Buenos Aires, o los negros en ciertas zonas de EE.UU. En cierta medida en el fondo hay una intolerancia a lo diferente.

Siguiendo el sentido de lo que venimos hablando, pensemos en la subcultura evangélica que está inmersa dentro de una cultura religiosa general. Pero ubiquémosla dentro de un lugar geográfico determinado, Latinoamérica, entonces tenemos a una cultura más englobante, la cultura latinoamericana, y dentro de ella a la subcultura evangélica, que se mueve con patrones propios, al igual que otras subculturas como los movimientos políticos de derecha o izquierda en Latinoamérica.

Si pensamos con las categorías durkhemianas a la subcultura evangélica, que divide entre lo propio del grupo y lo ajeno a él, lo mismo podemos ver en cada subcultura. Es por ello que, en sí, cada subcultura se define y cobra identidad a partir de la diferencia con el otro. Yo soy porque el otro es. Si estuviera yo solo en el mundo no sería yo, no tendría necesidad de ponerme un nombre, ni de identificarme, ni siquiera sabría que yo sería yo, no tendría identidad.

Entonces, la identificación es sana en tanto sirva para eso, para identificar y diferenciar mediante ciertas características sub culturales, es el caso del movimiento evangélico. Hasta ahora bien, comprendimos que nuestro origen social es religioso, que nuestras categorías de conocimiento son similares a las de los pueblos primitivos según Durkheim, y que ello nos da una identidad propia, ¿pero qué pasa cuando una subcultura pretende tener la verdad por encima de las otras subculturas? Entramos en conflicto, por caso, la subcultura evangélica se retrae más de la cultura Latinoamericana general y empieza a actuar como si fuera quien tiene las diez tablas de Moisés versión 3D. Esto no es nuevo, muchos pueblos se han pretendido ser el pueblo elegido de Dios, generando guerras, pestes y hambres, hoy sigue sucediendo, en mayor o menor medida, el caso más significativo es el de medio oriente con el conflicto palestino-israelí, un conflicto político económico con fantasmas religiosos.

Aquí me gustaría detenerme, como dijimos al comienzo, para ubicar a la iglesia evangélica en la actualidad y comprender su identidad y su accionar.

La modernidad se caracterizó por ser el cenit de las totalidades, el evangelicado ha dormido en ese cenit por muchos años y se cree ser la subcultura latinoamericana que tiene la verdad absoluta dada por Dios, de ahí ese imperativo categórico de atacar a las otras subculturas para que se conviertan al cristianismo, que con mayor o menor grado de fundamentalismo no hacen más que sembrar odios y divisiones en la cultura latinoamericana.

Veamos ahora que es una contracultura:

La contracultura es un tipo de subcultura que adopta un carácter provocador y rompe con los patrones de la cultura general. Es una forma de subcultura caracterizada por una postura de ruptura frente a los valores de esa sociedad.

Básicamente la contracultura es un tipo de subcultura que va en contra de la lógica cultural, bien puede tomar un carácter constructivo o destructivo.

Una contracultura constructiva:

Anteriormente hemos situado al evangelicado como una subcultura al mismo nivel que cualquier otra, la ubicamos dentro de la cultura general latinoamericana para darle un marco existencial. Ahora reflexionemos sobre el accionar de este movimiento evangélico.

El movimiento evangélico como tal, ha sido corrosivo en muchos aspectos tanto sociales como individuales, como pecado más evidente de esta subcultura evangélica latinoamericana, podemos decir que nos ha disgregado de los intereses sociales que la cultura Latinoamericana tiene. Hemos hecho oídos sordos y ojos ciegos ante las necesidades de nuestras comunidades locales. Nuestra subcultura evangélica está por ello en déficit con la sociedad. No ha sido un sujeto activo en la sociedad para limar las diferencias y construir la equidad, nos han enseñado a traer a las subculturas ajenas a nuestras congregaciones para “colonizarlas con nuestras ideas evangelicoidales y bíblicas”, pero no nos han enseñado a salir de nuestra realidad finita para sumergirnos en los clamores de nuestros propios vecinos. La iglesia evangélica nos ha separado de nuestros familiares, de nuestros amigos, de nuestros seres más queridos, pero, sobre todo, nos ha separado de la sociedad en la que vivimos en tanto nos ha construido un muro entre los salvos y los “mundanos”.

Denunciado este gran pecado, propongo una contracultura constructiva, edificando puentes donde no los hay, extendiendo los brazos a las otras subculturas aceptándolas como son, con su identidad y funcionamiento propio, acompañando aquellos intereses compartidos que se enfoquen en la salvación de nuestra gran comunidad latinoamericana, haciendo camino con las cosas que hay en común más que resaltando las diferencias irreconciliables.

Resumiendo, seamos una contracultura que sepa abrazar al caído, consolar al sufrido, escuchar al abatido, respetar a los diferentes a nosotros, escuchar las realidades de las otras subculturas, y por sobre todo repensar nuestra conducta evangélica para ser luz y sal en nuestra Latinoamérica.

 

Rodrigo Ferrando

 

Bibliografía

Fischer, Peter Ernst 2003 “La otra cultura”,  Barcelona, Galaxia Gutenberg.

Durkheim, Emile 2004 “Las formas elementales de la vida religiosa” Barcelona, Alianza editorial.

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