05 Salvación personal, campañas y cruzadas

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Sobre la salvación y otras yerbas…

¿Nacemos separados de Dios, necesitamos hacer algo para unirnos a Dios?

¿Qué es la salvación?

¿Cómo entendían lo que era la salvación los primeros cristianos?

En la actualidad el pensamiento dominante es el que nos hace ver que somos individuos separados de Dios, separados de toda su gracia, de la eternidad y destinados a un castigo eterno si no aceptamos a Jesús en nuestro corazón mediante una oración.

Me acuerdo cuando salíamos con los jóvenes de la iglesia por las plazas del barrio a hacer “evangelismo”, a arengar a las multitudes y a confrontarlos con sus pecados. Yo estaba realmente convencido de que todo aquel que no iba a la iglesia estaba “perdido”, sin Dios. Como todo cristiano, entendíamos que como iglesia debíamos hacer que la gente se salve del infierno.

Lo que más me llamaba la atención por aquellos días era que muchos ni sabían que eran “pecadores”, que estaban en ese lugar oscuro que nosotros los cristianos le llamábamos “el mundo”, claro, no conocían las categorías de bueno y malo que el cristiano tenia, es lógico. Recién se enteraban que irían al infierno por toda una eternidad, que buena noticia, que buenas nuevas estábamos llevando a la gente.

Entonces, antes de hablarles de lo que Jesús hizo por ellos, debíamos explicar desde el Génesis como el pecado había entrado al mundo, y cómo por medio de Adán, todos los demás hombres nacían arrastrando ese pecado, lo cual necesitaba una solución a ese problema, la solución era que se arrepintieran de esa condición de pecadores; y en la mayoría de los casos, se enteraban en ese momento de quienes habían sido Adán y Eva, y muchos ni sabían a ciencia cierta cuál era el pecado en el que Adán había caído que repercutió en millones de personas en toda la historia de la humanidad.

En otras palabras, vendíamos un problema para después ofrecerles la solución, la “salvación”, y esta lógica se expande en diferentes tipos de actividades que semana tras semana hace la iglesia cristiana, invirtiendo para ello dinero, tiempo y trabajo humano. Apostando a una idea pueril y obsoleta.

Las campañas evangelísticas tienen el propósito de convertir al “pecador” en un individuo “salvo”, de llevar al Reino de Dios las “almas perdidas”.

Cuanta confusión

Veamos algunos conceptos desvirtuados, que hacen o deberían hacer “ruido” al más ingenuo lector:

“Campaña evangelística”

“Convertir”

“Pecador”

“Salvo”

“Almas perdidas”

“Reino de Dios”

Cuando en nuestro vocabulario usamos estos conceptos, es importante entender bien a qué están haciendo referencia, y si esa referencia es correcta. Un ejercicio para el hogar, algunos de los que están en la lista anterior son ideas caducas de la tradición cristiana, otros pueden ser reinterpretados a las necesidades de nuestros días y desde una perspectiva madura en cuando a fe y práctica se entiende. Puede usted anotarlos en una hoja y pensar sobre ellos en función de lo que comúnmente representan y lo que a usted le parece que pueden ser.

El poder de un paradigma

La doctrina tiene el poder de crear en mi estructura psíquica un mundo de ficción, ajustando mis pensamientos y mis acciones a esa creencia, a esa doctrina, a un paradigma. El paradigma es eso inmodificable (mientras no lo cuestione, mientras no ponga en conflicto su naturaleza), ese mecanismo instalado en mi conciencia que me hace procesar toda la información que recibo de una determinada manera.

Somos herederos de una pasión, de la pasión de Cristo, que nos invita a buscar día a día la salvación de nuestras almas y de la ira de Dios que cae sobre aquellos que no hacen la oración de fe.

Hemos heredado como iglesia una mirada homogénea para comprender lo que significa la salvación, si preguntáramos a cualquier cristiano, seguro nos diría que la salvación es aceptar a Jesús en nuestros corazones, y a partir de ese momento ya tenemos la vida eterna en el más allá, de ahora en más sólo lo que hay que hacer es cuidar esa salvación con temor y temblor. ¿Se pierde o no se pierde la salvación? Esa fue la gran pregunta por algún tiempo.

Muchos nos criamos pensando así, que en algún momento de la vida hay que hacer esa mágica oración de fe que nos salve. ¿Pero salvar de qué? ¿Qué significa ser salvo? ¿Qué significaba para los cristianos del primer siglo ser salvo? ¿Necesitamos ser salvos de la misma ira de Dios? Si Dios por medio de Cristo quita el pecado del mundo, ¿qué pasaría si hay un nuevo Adán, un nuevo gil que arruine la magnífica obra redentora de Jesús? ¿Cómo seriamos salvos ahí si Dios sólo tiene un Hijo y no puede mandarnos a otro para un nuevo y eventual rescate?

Una vez más vemos como la interpretación circular y cerrada de la Biblia queda muda ante algunas dudas inocentes que un niño pudiera formularse.

Entonces el paradigma dominante nos dice que:

Nacemos separados de Dios, cargando el pecado de Adán, viviendo de una manera que va en contra de la voluntad de Dios, y para reparar este daño debemos buscar la salvación en Jesús, tradicionalmente haciendo una oración de fe, pidiendo perdón por los pecados y congregándonos regularmente todos los domingos en una iglesia para luego servir en ella, con el propósito de que más “pecadores” se acerquen a la iglesia a recibir la salvación y volver a conectarse con Dios.

Pero nadie nos preguntó si queríamos ser pecadores de nacimiento, en ningún momento elegimos ser alguien que infrinja la ley divina. Entonces se nos impone una condición y andamos por la vida con la mochila de Adán, cargados y pesados con culpas que no son nuestras.

Es que el paradigma cristiano necesita -para mantenerse con vida-, crear pecadores nuevos cada generación de manera automática, sistemática, pero crear personas salvas de manera optativa. O sea, la condenación al terrorífico lugar eterno de sufrimiento es para todos por igual, digamos, universal, pero la salvación es exclusiva.

Algunos cuestionan fuertemente el universalismo de la salvación, pero defienden con dientes y uñas al universalismo de la condenación innata, del pecado original y otras yerbas.

Es un tanto perverso pensar en un Dios de amor que condicione a toda la humanidad a vivir en un paradigma y en una realidad deshumanizada.

La pregunta es: ¿Para qué querríamos ser salvos? Si de todas maneras seguiremos viviendo en un mundo contaminado de pecado. Si esa salvación sólo es etérea, que en lo material nada me cambia, ¿qué tiene de llamativo?

Rompiendo el paradigma

¿Y si pensamos lo espiritual desde afuera del paradigma dominante en la iglesia cristiana? ¿Si reformulamos lo que es la salvación?

¿Será que para mantenernos dentro de sus filas la iglesia necesita formar vez tras vez la creencia de que tenemos una falencia y que Dios a través de la iglesia institucionalizada nos brinda la solución a ese problema, a esa “descarriada” manera de vivir?

Es notorio que la circularidad de la Biblia, la tautología de decir, es así porque es así, no puede concebir lo que es la salvación separada de la caída de Adán. Pero, ¿por qué dejo Dios que Adán peque, haciendo que su unigénito hijo tenga que padecer en una cruz de la manera más inhumana que existe, mediante la tortura física?

¿Qué pasa con todas aquellas personas que nacieron antes de Adán? Porque según relata Génesis había otras personas dando vueltas por ahí.

¿Qué pasa con aquellos pueblos que no estaban en la misma línea de tiempo que los hebreos, con aquellas culturas como las amerindias que nunca escucharon esta historia de Adán ni de Jesús y murieron sin conocer evangelio alguno? Entendiendo que con la conquista de España sobre América llega la conquista del evangelio sobre otro tipo de espiritualidades regionales.

Si Jesús vino a redimir a los que estaban bajo la maldición de la ley, según nos dice el apóstol Saulo, me surgen unas preguntas:

1-               ¿Qué pasa con los que nunca estuvieron bajo la ley por no ser del pueblo hebreo, supongamos para este caso, los griegos?

2-               ¿Qué pasa con aquellos que nacen luego del primer siglo d. C. donde la ley deja de tener valor ante Dios por el sacrificio redentor de Jesús, el nuevo pacto?

3-               ¿Puede decir un cristiano hoy que Cristo lo redimió de la maldición de la ley, si nunca estuvo bajo ninguna ley hebrea? Teniendo en cuenta que con el “nuevo pacto” se da por cumplido el “viejo pacto” (primer siglo d. C.).

Si Jesús vendría por segunda vez para salvar a los que le esperan, según Hebreos 9:28, ¿los que lo esperaban en el primer siglo d. C. para ser salvos, nunca fueron salvos? ¿Jesús mintió y les falló, o alguien más está diciendo algo que no es acorde a las palabras de Jesús? Y si Jesús apareció por segunda vez en ese primer siglo, ¿qué tipo de salvación les dio a sus creyentes?

Podemos decir con seguridad que Jesús sí cumplió su promesa de aparecer por segunda vez para salvar a esa generación del primer siglo, o sea que sí fueron salvos. Consideremos a esta salvación como particular para la época, de acuerdo a ciertas necesidades socio políticas y de manera colectiva, no individual.

La salvación es una cuestión de época, no es un concepto cerrado y único que significa lo mismo para toda la humanidad, de hecho, a lo largo de toda la Biblia la palabra salvación va tomando diferentes colores, diferentes significados, nunca responde a una misma idea, a un mismo concepto. Cada época y cada sociedad necesita una salvación diferente, como en aquel primer siglo, hoy necesitamos una salvación que sea a la medida de nuestras necesidades, una salvación que nos libre de toda forma de injusticia.

Una salvación colectiva

Decir que unos son salvos y otros no, sería caer en una limitada manera de comprender el Reino de Dios, seria caer en un determinismo espiritual, porque hay escogidos y hay no escogidos, porque Dios ya sabe de ante mano quienes serán salvos y quiénes no. Y esto no tiene que ver sólo con la intención de salvación universal, y de un amor universal que quiere que todas las personas sean salvas, tiene que ver más bien con una ideología instalada en el cristianismo. Una sectorización, como si no tuviéramos suficiente con las desigualdades sociales para buscar desigualdades espirituales también.

La salvación es general, se lleva a cabo en comunidad, cuando los intereses de todos los sectores son realzados, considerados y puestos en práctica, donde la voz de cada grupo dentro de la sociedad puede ser oída. En esta salvación colectiva, al mismo tiempo que buscamos el bien para los demás, para nuestra comunidad, vamos siendo salvos de nuestro egoísta deseo de “salvación personal” y de que los demás se incendien en la eternidad por no ser como es mi paradigma.

Una salvación completa es aquella que busca primero la salvación del otro, es llegar al entendimiento de que el otro soy yo también, que sus intereses también son los míos, y que sin el otro yo no soy. Es que la identidad del yo se forma cuando hay otra identidad, cuando hay otros; por comparación, la diferencia con el otro me identifica y se quién soy, si yo estuviera solo en el mundo, ¿de qué me sirve la salvación personal si no podré disfrutarla luego con mi comunidad, con mi familia y con mis amigos?

Que Dios nos salve del egoísmo y del deseo de la salvación de mis propios miedos. Que podamos entender que el Reino es una comunidad, que el reino somos todos y que la salvación tiene la forma de nuestras propias necesidades sociales.

Jesús también necesita ser salvo

Si en el Reino hay democracia, todos debemos estar sujetos a las mismas leyes coactivas de la salvación, sino no es democracia, es totalitarismo de Reino. Aunque me inclino a pensar que la cristiandad está en un Reino totalitario donde su voz está mutilada.

Por tal motivo es que necesitamos salvar a Jesús, necesitamos desempolvar su figura transformadora, necesitamos librarlo de las garras de la tradición histórica, trasladarlo de un reino totalitario, despótico y medieval a un reino plural y universal, actual. Necesitamos salvar el verdadero sentido de sus acciones de transformación social.

 

Rodrigo Ferrando

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