04 La unción

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En la antigüedad era muy común que las ovejas se volvieran locas, o sufrieran algún tipo de mal mortal, esto era debido a que las moscas o algún que otro insecto ingresaba por su orificio auditivo, por lo general algunas se trataban de suicidar para aliviar el malestar, golpeándose contra las piedras, el tronco de algún árbol o chocando la cabeza con otra oveja. Como mecanismo preventivo, los campesinos que las cuidaban les untaban aceite en su cabeza, este se derramaba sobre todo lugar donde los insectos podían dejar sus bacterias o ingresar, creando una capa protectora y resbaladiza, de esta manera las moscas patinaban y las ovejas no enloquecían.

Por tal motivo, vemos que el aceite es un símbolo muy importante en la Biblia y sumamente valorado, aunque la que verdaderamente tiene derecho a decir que es la ungida de Dios es la oveja. Pero con el tiempo se empezó a ungir a otro tipo de seres, estos eran los sacerdotes y los reyes, los “elegidos”, los “apartados” para algún fin divino. De esta manera, el profeta inducido por revelación, recibe la información, el conocimiento de quien sería el ungido como rey, de la misma forma que la oveja, al rey se lo ungía para que no enloqueciera y pudiera cumplir con su misión.

El aceite es un elemento fundamental en la historia de la religión sacramental. Es conocido que otras civilizaciones, en tiempos pre-bíblicos, como los sumerios y posteriormente los egipcios, utilizaban ungüentos y aceites para fines rituales, religiosos, pero también para uso personal, esto era así en parte por la sequedad que padecían en la piel y la falta de humedad que producía el constante calor del sol. Si bien los egipcios le dieron variados usos al aceite, fueron los hebreos los que lo usarían preferentemente para fines religiosos políticos. A lo largo del tiempo, este ritual se mantuvo, y llega a nuestros días, por la vía bíblica, para separar a los que tienen un llamamiento de Dios y a quienes no lo tienen. Hoy en día la unción toma un carácter ministerial, es decir, se unge a aquel que es enviado por Dios para efectuar una misión específica.

Sobre el animismo

El animismo, del latín anima, alma, es aquella creencia que sostiene que los elementos externos al hombre están dotados de un alma, son portadores de una presencia divina, que al contacto con el hombre le imparten una fuerza que lo elevan a un nivel supra humano, es decir, lo unen a la voluntad de una divinidad.

Esta creencia está arraigada a la religión del hombre desde los tiempos más antiguos, siendo una parte constitutiva en la creencia de pueblos de toda zona geográfica y época. Desde Australia, Oceanía hasta en el sur del Sahara en África; en América del Norte, Central y del Sur, también en Asia. En diferentes tiempos y lugares, de manera independiente, el animismo fue, es y será, un pilar en nuestras religiones.

Animismo, una señal que viene de lo alto

En la actualidad dentro de la comunidad evangélica se siguen trayendo estas ceremonias de validación, de unción, de separación, separación en el sentido amplio de la palabra, destinada a aquellos que cumplirán una tarea de prestigio o de autoridad, sean pastores, ministros de alabanza, profetas, apóstoles, evangelistas o líderes. Ellos, de una u otra forma son ungidos para llevar adelante su tarea. Esta unción detenta la calificación de “enviado de Dios para tal actividad”.

En otras palabras, para que un ministerio, personal o no, sea reconocido ante la comunidad, ante la sociedad y ante Dios, el “ente regulador de unciones” designa a quien va a ungir para el ministerio, el llamado, o la congregación que se va a emprender; así se envía desde lo alto una protección ante los ataques del “enemigo” y el propósito para “fines del reino” tendrá buen destino.

Lo curioso es que sólo se ungen actividades pertinentes a la congregación física, aquellas que trabajen en pro del crecimiento de la iglesia. Quedando fuera aquellas actividades de la vida cotidiana, a saber, los abogados, los técnicos, los científicos, los trabajadores “seculares”, los estudiantes, las amas de casa, etc. ¿Acaso ellos no están ungidos para hacer su tarea y servicio a la comunidad y a su propia familia? Una cuestión más de dicotomía, de separar, entre lo santo y lo no santo. Es que cuando la matriz está dividida, dicotomizada, polarizada entre dos pensamientos opuestos irreconciliables, todo lo que salga de ahí será de la misma cualidad.

En la iglesia evangélica, por lo general, al término del culto se procedía a ungir a aquellos que tenían dolencias físicas, untando aceite en su frente, aceite que previamente era consagrado a Dios en oración, también estaba la unción para los endemoniados, aquellos que persistían en un pecado y no podían salir del mismo, y para todo aquello para lo que no había respuesta ni espiritual ni intelectual, también había unción, es decir, la “unción tapa baches”.

En Argentina, allá por los años 90, un grupo de personas, trajo una unción importada, un producto único en el mundo. Había en las tierras del Norte Americano, un sujeto que con el sólo mover de su dedo índice, apuntando a algún miembro de la congregación, lo hacía caer y voltear varios metros, cayendo al piso bajo el “poder de la unción”.

Recuerdo ir a campañas y reuniones donde era muy común ver a los predicadores revolear alguna prenda por los aires esparciendo una misteriosa fuerza que hacía que mientras el saco volaba, la gente acompañara el trayecto cayéndose al suelo, manifestación del poder de Dios.

Al tiempo, este mover fue menguando, o la gente dejo de ver el sentido divino en él, la magia ya no estaba en el saco. Tal vez porque el saco estaba agujereado o tal vez porque el creyente buscaba algo nuevo, un nuevo símbolo de paz, una nueva forma de la manifestación del animismo.

Un caso particular

Cuando era adolescente, y entusiasmado por este mover de Dios, a la expectativa de la visita de un profeta extranjero que te decía hasta la cantidad de pelos que tenías, cuantas novias tuviste, que hiciste el 5 de mayo del año 1997 y el numero ganador de la lotería vespertina; empezamos a salir a la plaza del barrio para evangelizar. Llamando a los perdidos, repartíamos volantes, les hacíamos hacer la oración de fe in situ, y tomábamos todos los datos para hacerle el seguimiento y llamarlo semanalmente.

El día llegó, el profeta también, la iglesia estaba repleta, colmada, todos estábamos con mucha expectativa por lo que iba a ocurrir en el recinto. Empezamos la reunión con varias canciones de adoración para entrar en clima, oramos arrepintiéndonos por aquellas cosas que el profeta podría llegar a sacar a la luz en público, y por otras también, toda la iglesia hacia fuerza mientras hablaba en lenguas para que la “gloria caiga”, no tan fuerte, pero que aterrice en ese lugar.

La “gloria” llenaba el lugar, la atmosfera explotaba, los vidrios estaban empañados y los instrumentos casi que tocaban solos “Cuán grande es él”. Mientras que todos cantábamos, inesperadamente el profeta empezó a hablar sobre la unción, cómo Dios lo había encomendado para tal fin, y de cómo los milagros ocurrían mientras él ministraba.

Así como entré, me fui, pese a que había tenido mucha expectativa, y pese a las largas horas de oración, nada de lo que esperaba sucedió, no me caí al piso, no revisó mi historial de pecados, no sentí ningún fuego, y mientras pensaba que el profeta me señalaba hacía fuerza para que la “energía de la unción” fluya hacia mí, pero nada.

Cuando uno no obtiene lo que espera tiene dos caminos a seguir, uno, olvidar lo que pasó y seguir insistiendo en la misma dirección o dos, buscar nuevas alternativas, y creo que la dos es la que ayuda a crecer en fe y en entendimiento, a tener una perspectiva más clara de las cosas de Dios.

Vamos con la dos

La opción dos es la que te mueve a buscar nuevas alternativas, nuevos caminos, otros rumbos para satisfacer la necesidad espiritual. No es falta de fe no seguir con la opción uno, ni rebeldía, sino una sincera insatisfacción intelectual que va en busca de lo “verdadero”, de lo que realmente es.

Muchos caen presa de las “manifestaciones” que en el desarrollo de una reunión evangélica se da, hay una cierta adicción a lo sensacional, a lo que los sentidos y las emociones quieren sentir, experimentar. Pero eso no hace el cambio sustancial, me he dado cuenta de que muchos cristianos van detrás del “mover” de Dios de la época, viene un nuevo “mover” de Dios y como el último celular de moda, hay que salir a comprarlo.

Un “mover” de Dios, es ni más ni menos que, una corriente de la época, que al atraer a las personas y al dar resultado, se generaliza, se viraliza por todas las congregaciones y se vuelve en la manera, aparente, en que Dios está hablando a su pueblo, esto pasó hace años con la unción. Los ministros como embajadores de este movimiento eran como el Justin Bieber de hoy, están mientras sus canciones vendan. Pero al tiempo vendrán otros artistas, otros payasos y también otros ministros.

Lo que nos dejó el mover de la unción fue una iglesia infantil, embriagada de aceite, adicta a las manifestaciones temporales, gente que no logró desarrollar una conciencia espiritual madura, que mientras estaban bajo la manifestación de la unción eran héroes, pero cuando cruzaban la puerta y salían a la vida real, su madurez espiritual no era coherente con lo que habían experimentado unos minutos antes.

Una psicosis colectiva

Un amigo fue a predicar a una congregación hace unos meses atrás, y me contaba cómo la gente evangélica es adicta a que Dios la toque, le hable, a sentir un calor, un cosquilleo, y hacer cosas que la gente hace cuando “entra en trance”. Hasta cuando no hay una motivación por parte del que dirige el culto a hacer esos berrinches, la congregación como un todo empieza a hablar “cosas extrañas”, lavalasabanalaura, etc., a tener temblores en las manos, a caerse sola y todas esas cosas emocionales, sobre todo en los pentecostales, que son más efervescentes.

El punto es que eso no hace ninguna transformación, ningún cambio permanente, ¿para qué Dios va a querer que la iglesia haga todo ese show si no ayuda al crecimiento, no aporta nada nuevo al creyente?, si todo eso es para olvidarse de los problemas, para escaparse de la vida real, es preferible ir a ver una buena película al cine en 3D que se experimentan muchas sensaciones interesantes, la nueva tecnología es genial.

Es importante separar a Dios de todo tipo de manifestación emocional, si lo emocional es pasajero, temporal y no edifica, no es algo que se tenga que considerar como importante para el creyente.

Si bien para la vieja generación tal vez no sea fácil salir de la adicción de las sensaciones, de la varita mágica, es importante que en esta generación, que los jóvenes de hoy, entendamos que lo más significativo, lo más relevante es tener una fe sólida, una conciencia sólida, las 24 horas, no es cuestión de “sentir” a Dios o no, sino de lo que se hace con ese Dios.

Necesitamos un avivamiento

Si, necesitamos un avivamiento intelectual, avivarnos, darnos cuenta de lo que la iglesia hoy vive y necesita. Comúnmente el avivamiento era aquello que Dios traía para hacer entrar en grandes masas a la gente al Reino de Dios, pero un avivamiento de ese tipo no es el avivamiento en el que Dios está interesado, si es que está interesado, necesitamos un avivamiento que trabaje en la realidad, en los problemas cotidianos de todos.

Por un lado, avivarnos y salir de esa necesidad egoísta de querer sentir a Dios, y por el otro un avivamiento colectivo de la iglesia, que con madurez de conciencia enfrente su realidad y logre imponer sus valores, su fe y su espíritu de esperanza y no sólo dentro de la iglesia, sino en la comunidad también.

 

Rodrigo Ferrando

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