La mujer y la iglesia (parte 2)

Como señalé en la entrada anterior, los primeros siglos del cristianismo se encargaron de definir la identidad de la mujer en términos de su virginidad y maternidad. En el medioevo esta idea penetró en la mentalidad de una generación que estaba enfocada en los opuestos, por lo que se determinó que solo podían existir dos tipos de mujer: la mujer pura y virginal, o a la impura y demoniaca.

El ideal de la virgen, encarnado en María, seguía siendo el pilar de la conducta femenina en el cristianismo, pero fuera de este, la mujer era la seductora y pecadora, cuyo pecado estaba en su propio sexo. La iconografía medieval es reflejo de esto, pues toma a la mujer y a la música como representación del mal, ya que se consideraba que ambas incitaban a la lujuria.

La reforma gregoriana del siglo XI, que había comenzado siglos atrás con Gregorio Magno, quiso que la Iglesia, y en especial los sacerdotes, tuvieran una conducta moral más rigurosa, respetando ante todo su compromiso de mantenerse célibes. Tal llamado a la castidad degeneró en un rechazo a la sexualidad y con ella, una reprobación al cuerpo femenino. Ejemplo de esto son escritos como el del abad de Cluny, Odón, quien tras describir el cuerpo como una amalgama de moco, sangre y de estiércol, señala que ser conscientes de esto debería despertar asco por ver o tocar a una mujer.

Todo esto hizo que durante los siglos IX y XII muchas mujeres decidieran ejercer prácticas como la mutilación sacrificial: se deformaban el rostro, algunas veces amputándose la nariz o algún otro miembro, para evitar así ser deseadas. Otras, llamadas muradas o emparedadas, se recluían voluntariamente como eremitas encerrándose en los muros de las Iglesias o de los monasterios, donde sobrevivían gracias a la caridad de los demás. Esta práctica resulta semejante al castigo que se les aplicaba a las vestales en Roma cuando perdían su virginidad.

La demanda que en general se les hacía a las mujeres era que, cuando no estuvieran respondiendo a sus obligaciones o quehaceres en la casa o el trabajo, se dedicaran a hacer plegaria. Para esto, los dormitorios de varias mujeres, especialmente los de las burguesas, eran adaptados con reclinatorios para la oración.

Pero la reclusión o aislamiento para dedicarse a la vida espiritual, no era algo extraño ni nuevo para la mujer medieval. Hay quienes incluso han considerado que se trata de una práctica anterior al cristianismo y que en este comenzó a ser llevada a cabo por las vírgenes y viudas de las primeras comunidades.

Con Antonio Abad, los siglos III y IV se convirtieron en la cuna de la vida monástica tanto de hombres como de mujeres. Para la Edad Media los monasterios femeninos, aunque solían estar bajo las órdenes masculinas, eran lugares que les ofrecían a las mujeres llevar una vida digna distinta a la del matrimonio. Estos conventos no solo eran lugares de recogimiento y reflexión personal, sino que también eran centros educativos donde las monjas recibían una amplía formación. Con la aparición de las órdenes mendicantes en el siglo XIII, monjes y monjas empezaron a tener mayor acercamiento a las poblaciones, lo que facilitó el trabajo comunitario e incluso intercambios comerciales que ayudaban al sostenimiento de las órdenes.

Los monasterios femeninos también se convirtieron en una atractiva opción para las familias con muchas hijas, pues para librarse de la abundancia de mujeres en casa las metían a los conventos. No obstante, este parecía ser un recurso disponible solo para las familias con cierto nivel económico, pues era necesario dar al convento una pequeña dote, aunque una menor a la que se solía dar en los matrimonios. Esto también aplicaba para nobles y viudas, las cuales además debían dejar sus riquezas como herencia a la Iglesia.

En muchos casos, las donaciones u ofrendas que hacían las mujeres más ricas y poderosas les permitió obtener su título de santas. Pues en una época en la que el poder religioso y el político estaban estrechamente ligados, era común la canonización de reyes y reinas que contribuían económicamente a Roma. Esto, sin embargo, no puede contrarrestar los actos de austeridad y de generosidad llevados a cabo por muchas de estas mujeres. Cabe resaltar entre ellas a santa Margarita, reina de Escocia, quien abiertamente se opuso a la simonía.

La Edad Media también vio nacer a importantes místicas e intelectuales devotas: el siglo X, a la escritora alemana, Hroswitha de Gandersheim; el siglo XI, a las místicas, Juliana de Norwich e Hildegarda de Bingen; el siglo XIII, a la escritora y mística francesa, Margarita Porète; el siglo XIV a la mística italiana, Catalina de siena; entre muchas más. Varias fueron canonizadas. Otras, como Catalina de Siena, incluso fueron reconocidas como doctoras de la Iglesia, aunque hasta el siglo XX, pues antes era prohibido por el obstat sexus. De hecho, Catalina de Siena junto con Teresa de Ávila (S. XVI), fueron las primeras en recibir el título de doctoras de la Iglesia en 1970. Dicho título ha sido otorgado solo a dos mujeres más: Teresa del Niño Jesús e Hildegarda, esta última fue reconocida como doctora hasta el 2012, diez siglos después de llevada a cabo su labor.

Pero no todas las mujeres intelectuales del medioevo fueron reconocidas como tales. Margarita Porète, por ejemplo, fue condenada como hereje y quemada viva en una plaza de Paris.

Miles, o quizá millones de mujeres más, también fueron condenadas a la hoguera; unas por herejes (opositoras al dogma) y otras por brujas o hechiceras, las cuales se suponía que realizaban curaciones o actos milagrosos, mezclando rezos con pócimas medicinales. Aunque hubo hombres que también fueron castigados como brujos, el porcentaje de mujeres condenadas por brujería fue por mucho superior al de los hombres. Un caso célebre es el de Juana de Arco, quien en el siglo XV fue sentenciada a la hoguera por ser considerada hereje, blasfema y apóstata. No obstante, el mismo año de su muerte fue absuelta y siglos después fue canonizada por la Iglesia católica.

Durante todo este periodo surgieron distintas herejías, como la de los cátaros, e incluso agrupaciones femeninas heréticas, como la de las beguinas y la de las guglielmitas, en las que la mujer tenía un rol más importante. Estas herejías tuvieron en común el anhelo por una renovación de la Iglesia, al igual que el interés por leer el texto bíblico en lenguas vernáculas – razón por la que además se les considera antecesores del protestantismo.

Ya desde el siglo VII (o incluso antes) habían comenzado a surgir varias traducciones de la Biblia en lenguas distintas al latín, y aunque el concilio de Tarragona de 1242 se encargara de condenar esta práctica e hiciera quemar dichas traducciones, la demanda por acercar el texto bíblico, incluso a las mujeres, no desapareció. Es así que siglos más tarde, Cecilia Coppoli (1426-1500), Camilla Battista de Varano (1458-1524), entre otras, hicieron uso de sus conocimientos en griego y latín para comentar las Escrituras. También, estudios exegéticos como el iniciado por Jerónimo Savonarola en el convento de san Marcos en Florencia, terminaron influyendo en mujeres como Domenica del Paradiso (1473-1553), quien incluso llegó a reinterpretar el pasaje en el que Pablo manda a callar a las mujeres de la Iglesia de Corinto (1 Cor 14:34), arguyendo que este mensaje iba dirigido solo para las corintias que hacían mucho ruido, de manera que no debía entenderse como una prohibición para las mujeres en general.

La Reforma y la imprenta consolidaron el proyecto de hacer accesible el texto bíblico a todas las personas, abriendo así la posibilidad de hacer exégesis e interpretaciones de las Escrituras diferentes a las que hacía la Iglesia católica. Esto desató una serie de reformas y contrarreformas que iniciaron formalmente con el concilio de Trento (1545-1563). En este se prescribió que aunque la Biblia sin duda era esencial en la definición de la doctrina, era la Tradición y la Iglesia las que debían ofrecer la verdadera interpretación de aquella. Esta determinación dejó la Biblia en manos del poder eclesial vedado para los laicos y las mujeres.

No obstante, esto no impidió que mujeres cultivadas como Teresa de Ávila o sor Juana Inés de la Cruz se dedicaran a estudiar, interpretar y comunicar el texto bíblico, creando símbolos y literatura subsidiaria que ayudara a otras mujeres a tener un contacto personal con Dios. Ambas fueron vigiladas de cerca por el tribunal inquisitorial que les obligó a deshacerse de varios de sus escritos.

Muchas de las mujeres que en esta época desafiaron los límites impuestos por la Iglesia fueron informal o “heréticamente” aclamadas como santas por sus seguidoras o discípulas, pues en este periodo de la reforma tridentina resurge en muchas mujeres el anhelo por su propia mesías; deseo que hasta cierto punto había sido cubierto por la imagen de María. Aquí cabe señalar que, como afirma Adriana Valerio, “el espacio inmenso que cubre el culto mariano indica paradójicamente, con dramática evidencia, la invisibilidad de las mujeres reales”.

Ahora bien, sin duda el protestantismo abrió de manera definitiva una puerta de entrada a nuevas lecturas de la Biblia, las cuales serían decisivas en la redefinición de la identidad femenina. Asimismo, propició una ruptura con la institución eclesiástica, lo que hizo que muchos hombres y mujeres renunciaran a sus votos monásticos y sacerdotales, acto por el que es especialmente conocida la ex monja Catalina de Bora, quien años después de escapar del convento contrajo matrimonio con Lutero.

No obstante, sería incorrecto pensar que desde sus inicios el protestantismo cambió de manera significativa el papel de la mujer dentro de la Iglesia y en la sociedad. No puede dejarse de lado que la Reforma prosperó gracias a su relación con los círculos intelectual y político de la época, círculos en los que el reconocimiento de la participación femenina era mínimo. De ahí que, mientras los nombres de los padres de la Reforma son fácilmente citables, los nombres de mujeres reformadoras como Catalina de Bora, Catalina de Zell, Argula de Grumbachse, Marie Dentière e Idelette de Bure Calvino, entre otras, se mantienen casi en completo anonimato. Y esto se debió en parte a que varios católicos e incluso protestantes se opusieron a su participación en las discusiones teológicas, prohibieron la circulación de varios de sus escritos y reprobaron el que algunas predicaran junto con sus esposos.

Por otra parte, aunque el protestantismo incluyó entre sus tesis principales la idea del sacerdocio universal, la cual pronto permitió que algunas vertientes como la de los anabaptistas y la de los metodistas aprobaran el sacerdocio o pastorado de mujeres, en realidad esta idea estaba orientada a mostrar que el sacerdocio no era una labor exclusiva del clero, sino que cada quien, desde su particular condición y quehacer, podía ser sacerdote. Lutero ejemplifica esto afirmando: “una lechera puede ordeñar las vacas para la gloria de Dios”. En este sentido, el sacerdocio universal proclamado por el protestantismo no pretendía hacer cambios en los roles que cada quien desempeñaba en la sociedad, sino resaltar las diversas formas en las que cada quien, desde su respectivo rol, podía llevar a cabo el sacerdocio.

Pero a la larga, varias denominaciones protestantes empezaron a permitir la participación de mujeres como pastoras. En Estados Unidos, por ejemplo, en 1853 fue ordenada la primera mujer ministra congregacionalista, en el año 1900 eran alrededor de 3400 mujeres ordenadas y para 1995 había más de 50.000. A esto contribuyeron las distintas lecturas e interpretaciones de pasajes que antes eran tomados para prohibir el sacerdocio femenino, al igual que el fomento de una teología feminista (blanca, negra y latina) que abrió la discusión sobre traducciones incluyentes del texto bíblico, sobre una cristología feminista en la que se cuestionara cosas como si la masculinidad de Cristo era o no esencial en su rol salvífico y sobre muchos otros temas que han sido, y algunos siguen siendo, considerados tabú.

Si bien la Iglesia continúa ofreciendo un modelo de feminidad, que no ha dejado de ser importante para muchas mujeres creyentes, la redefinición que en las últimas décadas varias mujeres han hecho de su rol en la sociedad no puede considerarse como algo menos que un reto para el cristianismo y sus instituciones, las cuales no pueden seguir sosteniendo, con el amor y coherencia que se adjudican, que el papel de la mujer dentro y fuera de la Iglesia se deba reducir a su virginidad, a su ser esposa y madre. Este reto solo puede ser enfrentado permitiendo que sean las mismas mujeres quienes piensen y reflexionen sobre su identidad ante Dios y en la esfera secular.

 

 

Nota:

Las fuentes principales usadas en este texto son: Santa Catalina de Siena, de Sigrid Undset; Reformas y contrarreformas en la Europa católica (siglos xv-xvii), editado por María Laura Giordano y Adriana Valerio; De vírgenes a demonios: las mujeres y la iglesia durante la edad media, de Carmen Díaz de Rábago y Protestantism in America, de Randall Balmer y Lauren F. Winner.

La mujer y la Iglesia (parte 1)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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