Nueva luz sobre la última semana de Jesús, Parte 1

LOS PUESTOS DE ANÁS

Mientras leemos la historia de la semana de la Pasión, a menudo nos topamos con escenas que no tienen mucho sentido.

¿La misma multitud que aplaudió la entrada triunfal de Jesús pidió por su ejecución una semana más tarde?

¿Por qué Jesús eligió su última semana para volcar las mesas en el templo?

En su juicio, ¿por qué se le acusa a Jesús de afirmar que destruiría y reconstruiría el templo?

Unas cuantas piezas de datos históricos pueden arrojar bastante luz sobre esta historia. Entender quien estaba acusando a Jesús y cuáles eran las expectativas judías para el Mesías puede unir eventos que no parecen relacionados. También encontraremos que Jesús cumplió su rol como Mesías de maneras que nunca antes habíamos considerado.

La corrupta casa de Anás

Un detalle que es crítico para entender la última semana de Jesús es la corrupción del liderazgo sacerdotal que existía en su época. El templo era el corazón y el alma de la fe israelita, donde la presencia de Dios moraba. Pero en el siglo anterior, el liderazgo sacerdotal se había vuelto extremadamente corrupto.

A través de toda la historia de Israel, los sumos sacerdotes eran escogidos por sorteo entre los Levitas. Herodes fue amenazado por el poder del sacerdocio, por lo que ignoró la ley bíblica y nombró el mismo al sumo sacerdote. Posteriormente la posición fue comprada con sobornos por parte de las ricas familias saduceas, quienes acordaron mantener la paz con Roma a cambio de la riqueza de los diezmos del templo y de la venta de animales para sacrificio.

En los tiempos de Jesús, la familia sacerdotal que había estado en el poder por muchos años era la casa de Anás (o Ananías). El mismo Anás sirvió durante nueve años y nombró a varios hijos y a un yerno, Caifás. La familia era extremadamente rica y corrupta, funcionando bastante como una mafia. El “padrino” era Anás, quien controlaba la posición incluso cuando sus hijos eran nombrados sumos sacerdotes.

La familia de Anás era dueña de los rebaños de donde provenían los sacrificios. También controlaban las mesas cambistas en el templo, las cuales eran llamadas “los puestos de Anás”. Inflaban en gran manera los precios de los animales para sacrifico, extorsionaban, y robaban los fondos destinados a apoyar a los sacerdotes que no tenían otra entrada.

Los judíos de la época de Jesús odiaban esta corrupción. Un grupo, los Esenios, se aislaron por completo a sí mismos de la adoración en el templo, considerándola deshonrosa. Juan el Bautista también habló contra el sacerdocio, diciendo que el Mesías vendría a limpiar “su era”, una alusión al templo, el cual David estableció por primera vez en una era (Mateo 3:12, 1 Samuel 24:13).

El conflicto de Jesús con los sacerdotes

Cuando Jesús, el brillante pero humilde rabino, entró montando un asno en Jerusalén, usó una entrada real como predijeron las escrituras (1 Reyes 1: 38-40, Zacarías 9:9). Él se estaba proclamando a sí mismo como Mesías, el rey ungido de Dios.

La primera acción que Jesús tomó después de su entrada triunfal fue sacar a los vendedores del templo. Su preocupación no era que la adoración hubiera sido desplazada por el comercio. Más bien, su denuncia sobre los vendedores se dirigía directamente hacia la familia sumo sacerdotal, mientras asaltaba las mesas donde ellos se beneficiaban de los caros sacrificios para las ofrendas del templo.

La limpieza del templo

Las palabras de Jesús a los vendedores cargan una reprimenda mucho más fuerte cuando se conoce las Escrituras de donde vienen. Él dijo: “Mi casa es casa de oración, pero ustedes la han hecho una cueva de ladrones” (Lucas 19:46). Este pasaje insinúa a Jeremías 7: 11 donde Dios denunciaba a los malvados líderes religiosos de la época de Jeremías. Dios había declarado que el templo se había convertido en una “cueva de ladrones”, y que si ellos no se arrepentían, el los destruiría.

Los rabinos frecuentemente insinuaban una parte de la Escritura para hacer una fuerte declaración referida al resto del pasaje. De hecho, durante la última semana de Jesús, el aludió a muchos pasajes acerca de la destrucción del templo, también profetizando abiertamente sobre el tema. Él parecía estar conectando la venidera destrucción del templo en el año 70 con la corrupción del sacerdocio de su tiempo.

Durante esa semana, Jesús contó una mordaz parábola contra los sacerdotes, la “parábola de la viña” (Lucas 20: 9-16). En esa historia, los labradores malvados se niegan a darle al propietario su dinero. Él envía a sus siervos y finalmente a su hijo a confrontarlos, pero ellos los matan a cada uno. Así que el propietario sentencia a los labradores. Esta historia estaba específicamente dirigida al liderazgo sacerdotal, cuya corrupción con los diezmos era famosa. Ellos le robaban a Dios, y asesinaban a aquellos que Dios enviaba a hacer cumplir su ley, incluyendo a su hijo, Jesús.

Una vez más, Jesús estaba profetizando que el sacerdocio corrupto seria destruido. Los líderes religiosos sabían que la parábola estaba dirigida contra ellos, y querían arrestar a Jesús inmediatamente. Lamentablemente, los cristianos a menudo han interpretado estas palabras como dirigidas a los judíos en general, en vez de al liderazgo del templo de la época de Jesús.

El libro de Hechos registra que Anás y el sumo sacerdocio era mayormente responsable de la persecución de los seguidores de Jesús después de su muerte. Primeramente, le encargaron a Pablo que asesinara a los miembros de la iglesia (Hechos 9:14, 26:10-12), y entonces más tarde lo llevaron a él mismo a juicio por ser un creyente (Hechos 25: 2). Ellos también fueron responsables por la muerte de Esteban (Hechos 6:12) y luego de Juan, el hermano de Jesús.

La casa de Anás y el resto de la aristocracia que controlaba el templo finalmente llego a su fin cuando Jerusalén fue destruida en el año 70 d. C., tal como Jesús predijo.

 

Fuente original:

http://ourrabbijesus.com/articles/new-light-on-jesus-last-week-part-i/

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Lois Tverberg

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