Aprendiendo de la vida de oración judía de Jesús

Es bueno tener una idea de las costumbres y la cultura de Jesús, pero como cristianos, nuestra meta no es ser más judíos, sino ser más como Jesús.

Hay, sin embargo, una práctica judía de la que todos los cristianos se beneficiarían y es la adopción de un estilo de oración similar al que los judíos ortodoxos han utilizado durante miles de años. Estas oraciones que utilizaron Jesús y Pablo son una poderosa experiencia de oración que puede transformar la vida espiritual de una persona.

¿Cuál fue este maravilloso estilo de oración? Es la costumbre de «bendecir» al Señor. Es una actitud de agradecimiento continuo hacia Dios que se expresa a través de breves oraciones que lo reconocen como la fuente de todo lo bueno. En última instancia, viene de las Escrituras, cuando Moisés amonestó a los israelitas a no olvidar al Señor:

Cuando hayas comido y te hayas saciado, bendecirás al Señor tu Dios por la buena tierra que Él te ha dado. Cuídate de no olvidar al Señor tu Dios… (Deuteronomio 8: 10-11)

Fue fácil para los hijos de Israel aferrarse a Dios en el desierto, pero muy fácil olvidar a Dios cuando las cosas se pusieron mejor y prosperaron en la Tierra Prometida. La cura, según los rabinos, era recordarse continuamente a sí mismos del cuidado de Dios pronunciando una breve oración de agradecimiento para «bendecir al Señor».

Este penetrante acto de oración mantenía la presencia y el amor de Dios continuamente en sus mentes. Jesús y Pablo, ambos lo habrían practicado, y Pablo puede haberlo tenido en mente cuando les dijo a los cristianos «Estando siempre alegres; orando sin cesar, dando gracias en todo» (1 Tes. 5: 16-18).

Una práctica desde antes del tiempo de Jesús

Antes de la época de Cristo, los judíos desarrollaron una serie de bendiciones cortas para decir siempre que lo ameritara la ocasión, además de hacer oraciones más largas en la mañana y en la tarde. Algunas de ellas se oran en el servicio de la sinagoga todos los días en la actualidad. La costumbre moderna comienza con ellas diciendo: «Bendito seas, oh Señor, Dios nuestro, Rey del Universo».

La idea no es bendecir objetos y personas, en nuestro usual sentido cristiano de la palabra, sino bendecir al Señor, con el entendimiento de que nos centramos en él como la fuente de toda bendición. La palabra para bendecir, barak, también significa «arrodillarse», sugiriendo que cuando bendecimos a Dios nos inclinamos mentalmente de rodillas para adorarlo.

En tiempos de Jesús la primera línea probablemente sólo fue «Bendito es él», pero los rabinos sintieron que era importante recordar que Dios es Rey sobre nosotros a fin de «recibirnos en el Reino de Dios», así que añadieron el resto de la línea más tarde. Así que en estas oraciones nos arrodillamos mentalmente ante Dios, nos acordarnos de su bondad y de que él es nuestro Rey.

En los evangelios se dice que Jesús «tomó el pan y lo bendijo». (La Nueva Versión Internacional dice «dio gracias», pero las traducciones más literales utilizan la palabra «bendijo»). Algunas traducciones agregan incorrectamente la palabra «lo» para que suene como si Jesús «lo bendijo». Pero la idea de bendecir al Señor es darle las gracias por proveer, no conferir santidad a la comida. Algunas de nuestras oraciones de mesa aún reflejan este malentendido.

Sabemos las palabras que él dijo, probablemente «Bendito el que produce el pan de la tierra».

Cuando Jesús hacia milagros, el pueblo «glorificaba a Dios», tal vez exclamando: «¡Bendito es el que ha realizado un milagro en este lugar!». Era costumbre rezar esta bendición en un sitio donde ocurriese un milagro. Así que cuando Jesús sanó a diez leprosos y sólo uno, un samaritano, regresó y en voz alta bendijo a Dios, Jesús se preguntó por qué los otros nueve no habían vuelto a hacer lo mismo (Lc 17:12-19).

Para todo una bendición

El Salmo 24:1 dice que «La tierra es del Señor y su plenitud», y los rabinos de la época de Jesús y anteriores decidieron que todo lo que nos gusta en la vida debería causarnos bendecir a Dios. En la Mishná, el registro del pensamiento rabínico antes de la época de Jesús hasta alrededor del año 200 d. C., el primer libro está dedicado enteramente a las bendiciones.

En las cosas más comunes ellos encontraban formas de alabar a Dios, y estas bendiciones tienen a Dios en su centro. No contienen pronombres personales, se centran totalmente en él y no en la persona que reza. Son simplemente declaraciones que alaban a Dios por su bondad.

Se suponía que una persona dedicaba al despertar sus primeros pensamientos a alabar a Dios una vez más por cada parte de su cuerpo que estaba funcionando. Lo primero que los despertaría era probablemente el canto del gallo. Así que en el primer siglo habrían dicho: «¡Bienaventurado es el que ha dado la comprensión al gallo para distinguir entre el día y la noche!».

Cuando abrían sus ojos decían: «¡Bendito es el que abre los ojos de los ciegos!». Cuando se vestían ellos decían: «¡Bendito el que viste a los desnudos!». También decían esto cuando se ponían una nueva prenda de vestir.

En su experiencia de la naturaleza también bendecían a Dios. Cuando se veían las primeras flores en los árboles en la primavera ellos decían: «¡Bienaventurado es el que no omite nada del mundo, y creó en su seno buenas creaciones y buenos árboles para que la gente disfrute!». Después de un largo y frío invierno ¿quién no se alegra de ver estos pequeños signos de nueva vida?

Cuando oían truenos o un terremoto que inspiraba temor también bendecían a Dios diciendo: «¡Bienaventurado es aquel cuya fuerza y poder llena el mundo!». La próxima vez que haya una tormenta de viento ve afuera y recuérdate a ti mismo del poder asombroso de Dios.

Cuando llovía ellos decían: «¡Bendito es el que es bueno y da cosas buenas!».  Pensé que esto era muy raro al principio, dado que los días de lluvia son días malos para nosotros. Pero en Israel, donde el agua es muy necesaria, la lluvia es fuente de alegría. Cuando se piensa en ello, nuestra abundante comida aquí también depende de la lluvia de la que siempre nos quejamos.

Desde entonces me he dado cuenta que cada vez que me quejo del tiempo es una manera de convencerme a mí misma que ha llegado otro día en el que Dios no ha sido fiel y que él ha decidido no preocuparse por mí. Es un hábito menor a cambiar, pero mi visión de la vida mejoró cuando dejé de encontrar algo por lo que quejarme a Dios por cada vez que salía.

Tenían bendiciones para los altos y bajos de la vida también. Cuando atravesaban un largo y difícil momento y finalmente obtenían alivio, o celebraban algún acontecimiento feliz que habían estado esperando decían: «Bendito el que nos ha permitido vivir y nos sostiene y nos ha permitido llegar a este día». Cuando un hijo regresaba a casa después de la guerra o cuando nacía un bebé o alguna otra cosa maravillosa, pronunciaban esta oración para alabar a Dios por llevarlos a ese punto en sus vidas.

Incluso en los momentos de aflicción, cuando alguien moría u oían una noticia trágica bendecían a Dios. Ellos decían: «¡Bendito el que es el verdadero juez!”. Era un recordatorio de que Dios era bueno, incluso cuando se enteraban de los trágicos acontecimientos, y que al final traería justicia incluso donde la justicia pareciera no encontrarse.

Es fácil empezar a preocuparse de que Dios no está en control y no recordar su fidelidad continua que sustenta cada minuto del día. En el Salmo 103 David comparte el secreto de cómo mantener el cuidado amoroso de Dios en su mente:

Bendice, alma mía, al Señor,

y bendiga todo mi ser su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides ninguno de sus beneficios.

El es el que perdona todas tus iniquidades,

el que sana todas tus enfermedades;

el que rescata de la fosa tu vida,

el que te corona de bondad y compasión;

el que colma de bienes tus años,

para que tu juventud se renueve como el águila.

Salmo 103: 1-5, LBLA

 

Para obtener más información sobre esta rica práctica de oración, vea el capítulo «Para todo una bendición» en Sitting at the Feet of Rabbi Jesus (Sentándose a los pies del Rabino Jesús).

 

Fuente original:

http://ourrabbijesus.com/articles/blessings-everywhere/

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Lois Tverberg

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