La mujer y la Iglesia (parte 1)

Identificar el lugar que la mujer y lo femenino ha tenido en la Iglesia, y en el cristianismo en general, no es tarea fácil. En parte porque en diversos momentos de la historia la Iglesia misma se ha encargado de minimizar el rol que la mujer ha desempeñado en la cristiandad, dejando como resultado muy poca literatura al respecto, y en parte también porque las perspectivas sobre ese rol, pese a su precariedad, son muy diversas.

Sin duda, la Biblia aparece como una de las fuentes principales para conocer el papel de la mujer dentro del cristianismo, pero ella misma no ofrece una única descripción de tal papel, lo que no ha impedido que muchas veces sea citada con la pretensión de definir la identidad que la mujer tiene o debería tener, no solo para el cristianismo, sino ante el mismísimo Dios.

En el Antiguo Testamento, por ejemplo, de entrada nos encontramos con la narración de la creación de la mujer hecha a partir de una costilla del hombre. Muchos teólogos concuerdan en el carácter mitológico de dicha narración. No obstante, su carácter simbólico ha prevalecido para mostrar cómo la mujer se debe al hombre y cómo, por tanto, es inferior y subordinada a él.

Junto a la historia de la creación aparece aquella que muestra cómo el pecado se introdujo en el mundo: Eva se deja convencer de la serpiente y come del fruto prohibido, y luego convence a Adán para que este también lo coma. Eva se convierte entonces en la causante de la condenación y muerte de la humanidad. No es poco relevante ver cómo esta imagen de la mujer se reproduce en otros escenarios del mundo antiguo: Pandora es origen del mal y Helena de la guerra de Troya.

Pese al sello negativo que se imprime en la mujer desde el huerto del Edén, el Antiguo Testamento también da cuenta de diversas historias en las que la mujer tiene un rol positivo y protagónico, el cual no siempre es fácil de armonizar con la cultura israelita patriarcal. Son sobresalientes casos como el de María, hermana de Moisés y de Aarón, por medio de quien Dios también hablaba al pueblo liberado de Egipto (Ex. 15: 20-21); o el de Débora, profetisa y jueza, quien lidera el triunfo de Israel contra Sísara (Jue. 4-5); y el de Rut y Esther, cuyas historias se hicieron tan importantes para las bases del cristianismo, que los dos libros que respectivamente llevan sus nombres pasaron a formar parte del canon bíblico.

No puede obviarse que el Antiguo Testamento narra la historia del pueblo escogido inmerso en una tradición patriarcal. Por lo que se asume como natural que la mujer fuera propiedad del padre y que al casarse pasara a ser propiedad de la familia del esposo. En caso de que la esposa no hallara gracia ante los ojos de su marido, este podía repudiarla y abandonarla. Y si se descubría que la mujer no había llegado virgen al matrimonio, era llevada a la puerta de la casa de su padre donde era apedreada hasta morir.

Pero la cultura patriarcal no impedía que el judaísmo, de manera semejante a otras religiones mediterráneas, otorgara a la mujer ciertas libertades, algunas veces semejantes a las de los hombres. Ellas podían adorar a Dios (Sal 68:25), le hablaban y le escuchaban (Gén 25:23; 30:6), podían llevar sus propios sacrificios por sus propias impurezas (Lev 12:6), entre otras. Aunque, claro, estaban excluidas de las labores sacerdotales.

Lo que desde este periodo definió de forma más clara la identidad de la mujer, y que la hacía digna de su mayor reconocimiento tanto social como religioso, era el convertirse en esposa y madre. Este era el ideal de la mujer en el mundo greco romano, en el que la fertilidad era el bien más preciado, al punto de que ser madre constituyó un deber civil, pero también hacía a la mujer merecedora de mayor protección y cuidados.

Cristianamente hablando, el estatus de la maternidad fue definido a partir de la promesa que Dios le hace a la mujer luego de que esta comiera del fruto prohibido. Dios le dice que parirá con dolores, pero también que el fruto de su simiente será quien pise la cabeza de la serpiente (lo que ha sido interpretado como la derrota del maligno). Este es el momento en el que Adán llama a la mujer “Eva”: madre de todos los vivientes. La maternidad se convierte entonces en la muestra de que, como expone el catecismo de la Iglesia católica (489): “contra toda expectativa humana, Dios escoge lo que era tenido por impotente y débil para mostrar la fidelidad de su promesa”. En otras palabras, la maternidad es definida como el medio por el cual Dios se mantiene fiel a su promesa y a la vez redime a la mujer de su pecado. De esto quizá uno de los mayores ejemplos sea Sara, aunque sin duda la más importante será María.

Con el nacimiento de Jesús no solo la vida de una joven virgen, escogida como su madre, cobraría gran importancia, sino que la imagen de la mujer sería dignificada en varios aspectos. El pasaje que narra el encuentro entre Jesús y la samaritana es un claro ejemplo de cómo Cristo da a la mujer un lugar que convencionalmente no le era asignado. Pues a Jesús no le importó que él fuera judío y que aquella mujer fuera de Samaria, ni el hecho de estar hablando en público con una mujer; para él solo fue importante convertirla en receptora de un mensaje que Cristo sabía que ella era capaz de comprender y en el cual tener fe.

Pese a que la tradición haya considerado que la labor de predicar el mensaje de salvación fue delegada exclusivamente a hombres (los doce), el caso de la mujer samaritana refleja que aquella tarea también podía ser desempeñada por una mujer.

La exclusividad de la que presumía el pueblo de Israel como pueblo escogido por Dios es desdibujada por Cristo una y otra vez, mostrando que, tal como después lo señalará Pablo, para él no había diferencia entre judío o gentil, entre esclavo o libre, ni entre hombre y mujer. Es así como Jesús no solo entabla conversación con una mujer samaritana, sino que socorre a la mujer cananea, se deja lavar los pies por una pecadora, impide que lapiden a una adúltera y sana a una mujer en el día de reposo.

En sus parábolas, Jesús también usa la imagen de la mujer en formas poco convencionales. Un claro ejemplo de ello es la parábola de la moneda perdida. En esta no solo resulta relevante el que la preocupación de la mujer por su moneda perdida represente la preocupación de Dios por los pecadores, sino que la historia misma parta del hecho de que una mujer es la administradora de su propio dinero.

En la Iglesia primitiva el papel de la mujer fue tomando poco a poco más fuerza. Por un lado, el cristianismo le otorgó a la mujer casada una dignidad parecida, hasta cierto punto, a la del esposo, principalmente porque demandó que el esposo tuviera respeto y amor por su esposa, lo cual no era usual dado el carácter comercial y político de los matrimonios pactados. Esto repercutió en una modificación de las costumbres judías: el cristianismo instigó al hombre a no repudiar a su esposa y a tener una sola mujer, así como la mujer tenía un solo hombre. Adicionalmente, dada la fuerte tendencia en las mujeres hacia el fervor espiritual, el papel de las esposas comenzó a ser esencial en la expansión del cristianismo (así como lo era ya en otras religiones), pues eran las encargadas de convertir a sus esposos.

Por otro lado, las mujeres en general comenzaron a tener un rol más activo dentro de las congregaciones. Esto se debió en parte a que en el día de Pentecostés muchas mujeres también recibieron dones espirituales, principalmente el de la profecía. Pero lo que quizá abrió mayores puertas a la participación de la mujer, fue el hecho de que las primeras congregaciones se llevaran a cabo en casas, consideradas entonces como el lugar de la mujer. Esto permitió que, junto o como parte de sus actividades domésticas, las mujeres comenzaran a desarrollar diversas labores sociales y religiosas. Varias iniciaron obras de cuidado de enfermos, limosna y caridad. Otras, al parecer, colaboraron con la labor misionera.

Llama la atención que en la epístola a los romanos, Pablo se dirija a Febe como diaconisa (diakonos), esto es, como servidora o ministra. Muchos afirman que como Febe habían otras mujeres en este ministerio (Rom 16), cuya labor principal era asistir a los obispos en los cuidados y tratos con mujeres que los varones no podían hacer (visitas a sus casas, inmersión del cuerpo durante el bautismo, etc.). Las diaconisas solían ser elegidas entre las vírgenes y viudas de la comunidad, las cuales poco a poco crecieron en número. A esto sin duda contribuyó el mensaje de Pablo sobre el celibato. Formalmente, el estatus de diaconisas fue otorgado en el siglo III, en Oriente. Algunas fuentes de los siglos IV y VI revelan que en Occidente el acceso a dicho ministerio fue prohibido para las mujeres.

Pronto, el Imperio comenzó a ver con malos ojos las prácticas de la naciente comunidad cristiana, principalmente porque al no casarse, muchas vírgenes y viudas (que aun no tenían hijos) iban en contra de la ley y estructura patriarcal de la sociedad, perdiendo el honor y la vergüenza.

En el siglo II, el filósofo griego Celso manifestó que la participación social que las mujeres estaban teniendo gracias al cristianismo socavaba la autoridad del pater familias, lo cual podía desintegrar el núcleo social. Además, alegaba que las casas, como lugar destinado a las mujeres, no era un espacio digno para la instrucción. En respuesta a estas acusaciones, Orígenes escribe Contra Celso.

Pero aun cuando el cristianismo cambió algunos principios que ayudaron a redefinir el rol de la mujer tanto en el ámbito religioso como social, no se opuso a la concepción de la superioridad patriarcal propia de la época, sino que incluso le dio legitimidad teológica a dicha noción. Es así como sostiene que de la misma forma en que Dios es cabeza de Cristo y Cristo lo es de la Iglesia, el hombre es cabeza de la mujer. Tal superioridad es matizada, al menos doctrinalmente, apelando al respeto, al amor y a la fidelidad que el hombre le debe a la mujer.

Esta cierta inferioridad o subordinación de la mujer al orden patriarcal también se reflejó en que, a pesar de darle un lugar activo dentro de la congregación, el cristianismo jerarquizado, apoyado principalmente en las ideas de Tertuliano, prohibió a la mujer ocupar cargos sacerdotales y solo en casos extremos (frente a enfermos terminales y en ausencia de hombres creyentes) permitía que la mujer impartiera el bautismo y la eucaristía. Por su parte, herejías gnósticas, como  la de los marcosianos o los coliridianos, sí permitieron a las mujeres llevar a cabo acciones sacerdotales prohibidas en la ortodoxia.

Lo femenino empieza a ocupar un lugar de mayor importancia en el cristianismo cuando en el concilio de Éfeso (431) se aprobó la devoción a María como Theotokos, es decir, como madre de Dios. Para muchos padres de la Iglesia, entre ellos, Ireneo de Lyon, María era la nueva Eva, tal como Cristo era el nuevo Adán. Y mientras Eva era considerada como la causante de la muerte y condenación de la humanidad, María pasó a ser considerada como causa de salvación.

De forma paradójica María reúne el ideal de la mujer dentro del cristianismo: es virgen y es madre. Así, la dignidad de lo femenino vuelve a definirse en términos de pureza y maternidad; la Iglesia misma se convierte en la novia que debe mantenerse pura mientras espera el regreso de su novio. Este ideal permeó los estándares sociales, convirtiendo aquello que se interpretara como en contra de dichos ideales causa de oprobio social y religioso. Algunos de estos estándares prevalecen hasta nuestros días.

El misticismo propio de la Edad Media y los periodos de Reforma y Contrarreforma darán lugar a nuevas formas de ver el papel de la mujer en el cristianismo. Esto será expuesto en la siguiente entrada.

 

Nota:

La presente entrada está basada en los siguientes textos: La mujer en la Iglesia, un informe de la Comisión de Teología y Relaciones Eclesiásticas de la Iglesia Luterana-Sínodo de Missouri Setiembre 1985; Mujer Pagana / Mujer Cristiana en Ad uxorem de Tertuliano, de Elena López Abelaira; y Catecismo de la Iglesia católica.

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Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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