La Iglesia y la política

[1] De manera tangencial he mencionado en varias entradas cómo el desarrollo histórico del cristianismo (su unidad, su expansión e incluso sus grupos heterodoxos), ha estado totalmente ligado a la relación entre la Iglesia y los diferentes poderes políticos del momento. Volveré a mencionar algunos de los episodios más importantes de dicha relación para mostrar que, nos guste o no, desde sus inicios el cristianismo ha sido un movimiento esencialmente político.

Si atendemos incluso a lo más remoto de sus antecedentes, vemos que, como la narración bíblica señala, Dios crea al hombre como un sujeto político: este debe señorear la tierra, y a la vez, obedecer el mandato divino. No obstante, el hombre decide salirse de este orden y se reconoce capaz de establecer sus propias reglas; con dolores de parto forma sus propias familias y con el sudor de su frente crea sus propias formas de subsistencia.

Al pasar de los años, la sociedad que los primeros hombres habían construido se corrompe y Dios decide acabar con ella mediante un diluvio, no sin antes dejar en pie una nueva simiente, un núcleo básico para cualquier sociedad: Noé y su familia (“pater familias”).

Más tarde, con Abraham se daría inicio a la era de los patriarcas. A través de estos, Dios guiaría a un pueblo que deambulaba, aparentemente sin el rigor de las normas y convenciones fijas de los pueblos asentados, a conquistar una tierra. Tal conquista atravesaría diversos momentos eminentemente políticos: luchas entre familias por la sucesión del poder patriarcal, establecimiento de vínculos con civilizaciones más poderosas, esclavitud, liberación del pueblo escogido, división de tribus, y al final, desgarradoras luchas militares dirigidas por Josué que culminarían en la conquista de Canaán.

Comienza la era de los jueces y a esta le sigue la de los reyes. Para entonces, el pueblo nómada de Dios se había convertido en un reino que, como cualquier reino secular, debía enfrentarse al poder de las demás civilizaciones nacientes. Tal reino terminaría dividido, pero por medio de sus profetas Dios anunciaría la venida de un nuevo rey para todo el pueblo de Israel.

Curiosamente, el Rey tan esperado nació en lo más lejano de la esfera social imperante. Lo cual, sin embargo, no le impidió convertirse prontamente en un líder al que lo seguían multitudes. Su poder de convocatoria y su fuerte mensaje hizo que algunos fariseos y herodianos lo tomaran como un enemigo del Imperio, pero Jesús deja claro que su intención no era atentar contra las autoridades políticas del momento (Mc 12: 13-17), como tampoco lo era convertirse en un rey más (Juan 6: 10-15) ni mucho menos en el gobernante de todos los reinos de la tierra (Lc 4: 5-8). En general, Jesús no muestra interés en un cargo político.

No obstante, es difícil no ver que el ministerio de Jesús no tuviera fines políticos, pues con sus palabras y acciones trastocó lo más básico de la estructura política y social de su época. Cristo desafió y redefinió los principios y valores de una sociedad en la que el exceso de poder, presente incluso en la comunidad religiosa, había ocasionado que el pobre, el huérfano y la viuda fueran olvidados y que el adúltero, el fornicario, el blasfemo, entre otros, fueran considerados dignos de lapidación.

Al partir Cristo, sus discípulos reciben la tarea de llevar el mensaje de salvación a toda lengua y nación, y aunque esta puede verse en principio como una labor que se ciñe a lo meramente discursivo, el mensaje de Cristo se traduce en acciones políticas. Esto sucede porque, pese al aspecto escatológico, las palabras de Jesús se dirigen a personas que aunque no sean del mundo están en el mundo, un mundo en el que pueden padecer pero también provocar injusticias, persecución y opresión. El mensaje tiene entonces una intencionalidad política al pretender construir nuevas nociones de justicia, de equidad y libertad.

La expansión de dicho mensaje obligó a los apóstoles a adoptar una suerte de jerarquización que facilitara la distribución del trabajo. Tal jerarquía no necesariamente debía ser vista como una clasificación de niveles de espiritualidad (esto lo ilustra el caso de Esteban, Hechos 6-7), sin embargo, tener las llaves de Pedro pronto fue considerado como poseer el más alto estatus tanto institucional como de santidad.

El cristianismo siguió creciendo y comenzó a llegar a los gentiles. Esto provocó la ira de judíos, de cristianos judaizantes y del mismísimo Imperio. Pero tras siglos de persecución, el emperador Constantino se percató de que el cristianismo, más que un movimiento religioso incomodo, podía convertirse en un aliado político.

Poco a poco,  el “discreto” carácter político del evangelio que operaba entre y para la gente, fue elevándose a la esfera del poder secular que Cristo había rechazado. Con Teodosio el grande el cristianismo pasaría a ser la religión oficial del Imperio. Y sí, con esta alianza el cristianismo obtendría por algún tiempo la libertad religiosa deseada, pero a la vez, el Imperio comenzaría a tener poder de decisión sobre asuntos tanto dogmáticos como logísticos de la Iglesia.

Ambos poderes, político y religioso, iniciaron una relación de mutua cooperación, pero también de mutuo abuso. Esto dio lugar tanto a leyes moralistas, pecados convertidos en crímenes y persecuciones legales a grupos religiosos no cristianos, como a errores dogmáticos o herejías auspiciadas por el Imperio.

Después de todo, las pérdidas de dicha relación parecían ser pocas comparadas a lo que se había logrado. Pues desde el edicto de Milán promulgado por Constantino, el papa no solo tenía el poder religioso, sino también el poder civil sobre Roma. Y tras las invasiones bárbaras y la caída del Imperio de occidente, el papa asumió tal poder político, que pronto sería capaz de coronar a su propio emperador: Carlomagno. Esta gran jugada permitió que el cristianismo obtuviera importantes herramientas para su expansión. Pero la lucha por adquirir mayor poder, hizo que un par de siglos más tarde la Iglesia se fragmentara entre oriente y occidente (Iglesia católica ortodoxa e Iglesia católica romana).

A puertas de culminar la Edad Media, la Iglesia, la misma que una vez había sido perseguida, se encontraba en posesión de un gran poder político, militar y adquisitivo. Pero para muchos su esencia se había perdido e intentar recuperarla requeriría de un movimiento reformista. No era la primera vez que tal necesidad se hacía presente, pero a diferencia de algunos intentos anteriores en los que el clamor por un cambio estaba condenado a morir como herejía, en esta ocasión, las iniciativas reformistas prosperaron al encontrar como aliados los movimientos independentistas y nacionalistas del momento.

Surgió entonces la Iglesia protestante, o más bien, las múltiples Iglesias protestantes. Estas repitieron hasta cierto punto el mismo patrón de la Iglesia católica: para librarse de la persecución y obtener la libertad religiosa, se aliaron al poder político. Pero a diferencia del catolicismo, en el que los papas y obispos consiguieron tener junto con su poder eclesial el poder civil, en el protestantismo fueron los reyes y príncipes quienes pasaron a ser los nuevos papas y líderes de las Iglesias.

Este giro de poder que se dio con la Reforma no fue menor. Pues aunque mantuvo y de alguna manera incluso fortaleció la relación entre Iglesia y Estado, la Reforma quebrantó la unidad de la cristiandad en occidente y con ello despojó a la institución tradicional y a su cabeza del manto de autoridad suprema que tenía. Con la Reforma, el cristianismo perdió una gran parte del poder político que difícilmente volvería a tener.

La lucha por la recuperación y obtención del poder clerical, dio lugar a un periodo de persecuciones y guerras religiosas que cobraron más vidas que cualquier tribunal inquisitorial. La paz de Augsburgo vino a dejar en manos de los gobernantes la libertad de decidir entre el protestantismo (principalmente luterano) y el catolicismo. Para el siglo XVII, la baraja de posibilidades incluiría también a las Iglesias reformadas (principalmente calvinistas). La opción que el gobernante escogiera se convertiría en la religión oficial, y por tanto, obligatoria para todos los súbditos. Quienes no lo acataban (católicos y sectas protestantes) fueron perseguidos, encarcelados, asesinados y varios de ellos fueron expulsados a la Nuevas Colonias.

Sería hasta el siglo XVIII, conocido como el siglo de las luces o de la Ilustración racionalista, que se abriría espacio a una incipiente noción de tolerancia. Esta época se caracterizó por el auge del intelectualismo y de la emancipación del dogmatismo, lo cual por un lado produjo un fuerte rechazo contra el fanatismo religioso y por otro, obligó a que se hiciera una racionalización de la teología, dando lugar al deísmo.

En muchos casos el rechazo al dogma degeneró en una indiferencia religiosa y en el reemplazo de algunos principios cristianos por fundamentos cientificistas o naturales, como por ejemplo, el reemplazo de la moral cristiana por el derecho natural.

Pero la Ilustración también vino a consolidar la idea, introducida de alguna manera por el protestantismo, de la supremacía del individuo. Muchas corrientes protestantes, aunque valoraban la vida religiosa en comunidad, subrayaron que la conversión se fundamentaba ante todo en la experiencia personal de la relación entre el individuo y Dios. Sin duda, esto condujo a una independencia frente a la institución religiosa y frente al papa, obispo o sacerdote como mediador, la cual se manifestó en la idea del sacerdocio universal.

Estas ideas hicieron que en lugares como Prusia, su rey, Federico el grande, apoyado principalmente en las opiniones de Voltaire, considerara que el Estado debía propender por la paz entre confesiones, lo que implicaba que el Estado no debía tener derecho a determinar alguna religión, sino a ser tolerante con la diversidad de creencias, siempre y cuando estas no alteraran el orden público.

Una verdadera tolerancia y libertad religiosa se tardarían un poco más en llegar, pero lo que ya empezaba a ser evidente es que la búsqueda de las mismas debía conducir a que el Estado asumiera una postura religiosa más neutral o no confesional, es decir, debía conducir a una separación entre la Iglesia y el Estado. Esto se vería confirmado por eventos futuros, tanto en Europa como en el nuevo continente.

En Norte américa, por ejemplo, aunque desde el comienzo las 13 colonias británicas disfrutaban de una suerte de libertad religiosa, concedida en parte por la división territorial y en parte por el hecho de que su cabeza política y religiosa se encontrara en Europa, al interior de la mayoría de colonias la relación Iglesia-Estado se mantenía vigente. Cuando las colonias se independizaron convirtiéndose en los Estados Unidos (1775-1783),  la diversidad religiosa que habitaba entre ellas hizo que en 1791 fuera necesario establecer como primera enmienda a la Constitución, que el Congreso no podría hacer ninguna ley respecto al establecimiento de la religión ni a prohibir la libre práctica de la misma.

En Europa la Revolución Francesa (1789-1799) hizo lo suyo. En una época de crisis política y económica, los burgueses, apoyados en parte por la clase popular, formaron una Asamblea Nacional que pondría freno a los abusos y excesos de la nobleza y del alto clero. Lograron suprimir el feudalismo, apropiarse de algunos bienes de la Iglesia y quitarle a esta el derecho del diezmo.

De manera más radical, el nuevo parlamento, conformado entre otros por jacobinos, dio pie a un régimen de persecución y de condena a la guillotina a un gran número de sacerdotes. A principios del siglo XIX, la Iglesia y la Asamblea lograron una serie de acuerdos. La separación definitiva entre la Iglesia y el Estado llegaría hasta 1905.

En el centro y sur de América, los procesos de independencia, pero sobre todo, las revoluciones y la implementación de sistemas liberales demócratas, se encargaron de que los respectivos Estados y Naciones adoptaran constituciones laicas. Esto permitió que las nuevas denominaciones protestantes que llegaban de Estados Unidos y de diversas partes de Europa tuvieran libertad para predicar y que la persecución católica hacia ellos cesara.

Resulta sorpresivo que hoy muchos de los grupos que obtuvieron su libertad a causa de la separación entre la Iglesia y el Estado sean los mismos que promuevan la implementación de leyes fundamentadas en principios religiosos e incluso varios de sus líderes participen activa y abiertamente en partidos y cargos políticos.

La secularización de los Estados aún sigue siendo un reto, especialmente cuando la politización de las Iglesias, o del cristianismo en general, se sigue entendiendo como la integración de la institución religiosa o de sus líderes a la élite política. Despolitizar el cristianismo como si un individuo pudiera ser de Dios (creyente) por un lado y del César (ciudadano) por el otro, tampoco parece posible ni lo más deseable. Pues si, como afirmaba Aristóteles, todo ser humano es un sujeto político y si, como muestra la historia, el cristianismo está condenado a ser un movimiento político, quizás lo que habría que pensar es si nuestras acciones políticas están orientadas al modelo de Cristo, obrando de tal forma que, sin pretensión de ningún estatus político o posición de poder, busquemos que tanto el huérfano y la viuda como el blasfemo y el adúltero reciban justicia, equidad y libertad.

 

Nota:

[1] Este texto tiene como fuentes principales el artículo Raíces históricas de la libertad religiosa moderna, de Christian Starck y el tomo IV de la obra Historia de la Iglesia católica, de editorial la B.A.C.

Herejías (parte 2)
La mujer y la Iglesia (parte 1)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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