Herejías (parte 2)

La Alta Edad Media, comprendida aproximadamente entre los siglos VI y X, comenzó con la sensación de que con el III concilio de Constantinopla las herejías sobre el dogma habían terminado. La Iglesia enfrentaba otros peligros, como la expansión del islam que había comenzado en la península arábiga para luego extenderse por el norte de África hasta la península ibérica y también por parte del territorio del Imperio Bizantino. No obstante, la cristiandad parecía tener un mayor enemigo, el cual se encontraba dentro de ella misma.

Con el Imperio dividido desde el siglo IV entre Oriente y Occidente, la lucha por el poder político y eclesial no se hizo esperar. Aunque en Constantinopla se encontraba el legítimo sucesor del Imperio romano, en Roma estaba el papa, quien era considerado como el sucesor de la tradición apostólica. La lucha de poder entre ambos se vio reflejada en actos como la coronación del papa a Carlomagno como emperador del Sacro Imperio o la expulsión de San Ignacio como patriarca de Constantinopla, llevada a cabo por el emperador bizantino Miguel III.

San Ignacio fue un gran oponente de la iconoclastia o lucha contra la idolatría romana, la cual había sido promovida años atrás por el entonces emperador bizantino, León III. La Iglesia católica declararía tal lucha como una herejía y tras su muerte, Ignacio sería canonizado. Pero la disputa entre occidente y oriente por la expulsión de San Ignacio no termina ahí, pues cuando en el 857 aquel es expulsado, en su reemplazo Focio es nombrado patriarca. Este hizo severas acusaciones sobre algunas prácticas litúrgicas y también se opuso a la cláusula “filioque” con la que se modificaba el credo de Nicea, señalando que el Espíritu no procedía solo del Padre, sino también del Hijo. Estas y otras disputas constituyeron un duelo político y doctrinal que terminó en el gran cisma del siglo XI entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente.

El cisma puso en duda la infalibilidad papal. Pero en Roma el papa fue poco a poco adquiriendo más poder. A esto ayudó que el ganador en la querella de las investiduras entre los papas y los reyes católicos del Sacro Imperio fuera el papado, el cual puso freno al nombramiento de clérigos por parte del poder laico y dejó en manos del poder eclesiástico todo el aspecto religioso de la coronación de los emperadores. La Iglesia adquirió entonces mayor poder político y a este se sumó el poder militar, lo que permitió las famosas cruzadas, las cuales se suponía que estaban destinadas solo a reconquistar territorios arrebatados por los musulmanes, pero terminaron siendo también un arma contra las herejías bajomedievales.

Los movimientos heréticos que surgirían en la segunda mitad del medievo (ss. XI-XV) reflejarían el rechazo a los excesos de poder y riquezas que se habían generado en la Iglesia. Una de las primeras y más importantes de esta época, fue la de los cátaros o albigenses en Francia. Su doctrina estaba basada en el gnosticismo y el dualismo. De manera semejante al marcionismo, sostenían que el Dios del Antiguo Testamento era Satanás y consideraban que el reino material era el infierno y por ello despreciaban profundamente todo lo carnal y material, hasta su propio cuerpo. Tal desprecio los llevó incluso a ejercer prácticas como la endura: ayunos prolongados hasta conseguir la muerte. Luego de ser considerada una herejía, en 1179 el papa Alejandro III autorizó una cruzada en su contra. Los cátaros serían eliminados por completo por “el tribunal de la Santa Inquisición” promovido en 1184 por el papa Lucio III, quien en su bula Ad abolendam, afirmó que las herejías eran problemas universales y no regionales que atentaban contra toda la cristiandad.

De manera paralela a los albigenses, en Lyon surgieron los valdenses. Su fundador, Valdo, fue un comerciante rico que decidió donar todas sus posesiones e iniciar una vida austera y de ayuda a los pobres. Aunque intentaron conseguir el permiso papal para la predicación de su doctrina, se asume que fue a causa de un sector más radical que los valdenses no solo no obtuvieron el permiso, sino que fueron desterrados. Esto, sin embargo, favoreció su expansión. Al igual que los albigenses, su crecimiento y fuerza se detuvieron mediante la Inquisición.

El enfoque en un ideal de austeridad o pobreza también hizo parte de algunas herejías de los siglos XIII y XIV: las beguinas, los begardos, los fraticelli, entre otros. Todos estos también tenían en común el rechazo a las normas, a la jerarquía y en general a la intermediación de la Iglesia, lo cual en algunos casos condujo a la negación de los sacramentos, impartidos por la jerarquía eclesial. La Inquisición, que como se mencionó, ya había dado sus primeros golpes, también fue tras estas herejías. No obstante, el ideal de pobreza y caridad fue hasta cierto punto rescatado por Inocencio III, quien dio su aprobación a la orden franciscana.

La Edad Media terminaría con una serie de herejías cultas, las cuales serían la antesala de una de las más grandes e importantes herejías de toda la historia de la cristiandad, la del protestantismo. Este periodo final, comprendido entre los siglos XIV y XV, tuvo dos herejías principales: el wyclifismo y el husismo.

La primera fue fundada por el teólogo inglés John Wyclif, quien con base en algunas ideas de Agustín, de Marsilio de Padua y de Guillermo de Ockham, entre otros, construyó una doctrina antipapista y anticlerical con la que se rechazaba la intermediación del papa, tanto dentro de la Iglesia como en el poder civil. Los nacionalismos nacientes por ese entonces favorecieron la idea de una separación entre Estado e Iglesia. Wyclef pensaba que además había que distinguir entre la Iglesia terrenal, jerárquica e institucional y la Iglesia como cuerpo espiritual o grupo de los predestinados.

De manera semejante a como lo haría Lutero, Wyclef propuso que en la eucaristía el cuerpo y la sangre de Cristo se hacían presentes en el pan y el vino de modo consustancial (i.e., preservando ambas substancias) y no transubstancial (la substancia del pan y el vino es reemplazada por la del cuerpo y la sangre). Asimismo, Wyclef impulsó la traducción de la Biblia a una lengua vernácula. En su caso lo hizo al inglés.

Los husitas, con Jan Hus a la cabeza, adoptaron varios puntos del wyclifismo, entre ellos el antipapismo y el interés por la difusión de las Escrituras. Esto los hizo orientarse por un cristianismo más personal, en el que el individuo podía tener contacto directo con Dios sin la intervención del papa, obispo o sacerdote. Hus también supo aprovechar la situación política de Bohemia, en la que sus habitantes tenían fuertes inclinaciones independentistas. Movilizó a varios bohemios contra la Iglesia en Roma, contra la venta de indulgencias y contra el papa, al cual consideraba como el anticristo. En 1515, Hus fue condenado como hereje y el emperador lo condenó a la hoguera. Hoy en día muchos luteranos consideran a Jan Hus como un importante precursor de la Reforma.

El siglo XVI vería nacer la gran herejía: el luteranismo. Finalmente, después de varias críticas al exclusivismo y al abuso de poder de la jerarquía eclesiástica y a la venta de indulgencias, en 1517 el monje agustino, Martín Lutero, logra con ayuda de la imprenta dar mayor difusión a una tentativa de reforma que se venía gestando desde siglos atrás. Pero tras algunos intentos por convencer a Lutero de retractarse, en 1518, en la disputa de Leipzig, el teólogo católico John Eck declara a Lutero hereje. El papa León X confirmaría su herejía en 1521 excomulgándolo de la Iglesia, y el mismo año el emperador también lo declararía hereje mediante un edicto de la Dieta de Worms.

Como ya he mencionado en otras entradas, el edicto imperial no tuvo mayor efecto en varios de los príncipes alemanes, los cuales terminaron dando su consentimiento al luteranismo. Esto se debió principalmente a que la búsqueda de independencia religiosa también les permitía reforzar sus nacionalismos y adueñarse del poder político y religioso. Uno de los ejemplos más claros de esto sucedió en Inglaterra con Enrique VIII, quien para posesionarse como la máxima autoridad religiosa, convirtió Inglaterra al anglicanismo.

La herejía protestante se convirtió entonces en la religión oficial de varios Estados y naciones. Por lo que, sin dejar de ser una herejía para la Iglesia de Roma, al independizarse de esta el protestantismo debía construir su propia ortodoxia. Las cinco solas de Lutero se convirtieron en uno de los pilares de esta nueva doctrina, pero ni Lutero ni sus solas serían suficientes para fundamentar una única ortodoxia protestante.

Esto porque, por un lado, Lutero no fue el único reformador de su tiempo; Zwinglio, por ejemplo, a la par de Lutero, lideró el proceso de Reforma en Suiza. Y como el coloquio de Marburgo en 1529 dejó ver, las propuestas de ambos se distanciaban en varios puntos. Posteriormente, muchas de las ideas de Zwinglio fueron tomadas por Juan Calvino, quien consolidó una de las vertientes protestantes más importantes junto con el luteranismo, pero considerablemente distinta a este.

Por otro lado, el mencionado carácter nacionalista con el que nació el protestantismo permitió que la jerarquía eclesial católica fuera reemplazada por una jerarquía no muy diferente a aquella, pues el príncipe o rey se otorgaría una especie de investidura como nuevo papa. Esto lo convertiría no solo en la cabeza política de la Iglesia, sino también en una de las principales fuentes de ortodoxia.

En el camino de ser una herejía a una religión oficial, el protestantismo dio lugar no a una, sino a una multiplicidad de ortodoxias. Pero esto no los hizo ser más laxos a la hora de considerar nuevas posturas heterodoxas, pues a su manera también trataron estas como herejías, en algunos casos las persiguieron con un tribunal inquisitorial que poco tenía que envidiarle al de la Iglesia católica y en la mayoría de los casos terminaron expulsándolas hacía las colonias del Nuevo Mundo.

De Inglaterra, por ejemplo, salieron los puritanos y los cuáqueros. Los primeros fueron expulsados hacia América en las primeras décadas del siglo XVII, donde se expandieron por toda la zona de Nueva Inglaterra. Se caracterizaron por su rigurosidad moral y su énfasis en las Escrituras. Eran tradicionalmente calvinistas. Algunos, radicalizando la doctrina de Calvino, creían ser los elegidos cuyos líderes eran capaces de evaluar, de acuerdo al testimonio de cada persona, quiénes se habían convertido realmente y pertenecían al grupo de los predestinados. Su radicalismo en asuntos morales los llevó a formar parte de los juicios de Salem, en los que condenaron a casi doscientas mujeres por presunta brujería.

Entre los puritanos hubo varios grupos disidentes. Uno de ellos fueron los separatistas o peregrinos. Estos llegaron en 1620 a Plymouth, Massachusetts, después de rebelarse contra el anglicanismo, el cual consideraron como demasiado parecido al catolicismo. También surgió una facción espiritualista radical, que en contraste con la parte calvinista, sostenía que la conversión se daba como una experiencia personal y que no debía ser sometida a la aprobación de los líderes de la congregación. Finalmente, también se cuentan entre los puritanos disidentes algunos grupos anabaptistas y milenaristas, de los cuales ya hemos hablado en otras entradas.

El segundo grupo herético proveniente de Inglaterra, aunque oficialmente es denominado Sociedad Religiosa de Amigos, fue conocido con el nombre de cuáqueros o tembladores (por los temblores que experimentaban aquellos que decían ser movidos por el Espíritu Santo). También arribaron a las colonias americanas y se radicaron en Pensilvania. A diferencia de los milenaristas que esperaban la venida de un futuro Reino de Dios en la Tierra, los cuáqueros pensaban que ese Reino se había hecho presente en las nuevas colonias.

Como estos, muchos otros grupos fueron llegando a las colonias (hugonotes en Pensilvania y Delaware, moravos en Georgia, presbiterianos en Nueva Jersey, etc.), donde poco a poco dejaron su título de herejía para convertirse en vertientes protestantes vigentes hasta nuestros días. Sin duda, entre estas vertientes surgieron otras disidentes, pero para entonces el protestantismo ya había abierto una puerta que ha sido imposible de cerrar: la de la división y la proliferación.

Curiosamente, tal pluralidad protestante ha logrado lo que parecía imposible: que haya tanto espacio para la multiplicidad de doctrinas, para evaluar distintas fuentes, para desafiar la autoridad eclesial, para leer e interpretar de distintas maneras y en distintas versiones las Escrituras, pero que pese a todo se sigan levantando tribunales de la Inquisición dispuestos a condenar la herejía. En otras palabras, la pluralidad protestante ha logrado que nadie sea un hereje y, a la vez, que todos lo seamos.

 

Nota:

[1] Este texto tiene como fuentes principales la tesis Herejías bajomedievales. Precedentes de la reforma protestante, de Diego Gangutia y la obra Protestantism in America, de Randall Balmer y Lauren F. Winner.

Herejías (parte 1)
La Iglesia y la política
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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