Herejías (parte 1)

Porque es necesario que entre ustedes haya bandos [haireseis], a fin de que se manifiesten entre ustedes los que son aprobados. 1 Cor. 11:19.

La palabra herejía, proveniente del griego haireseis que significa elección, hace referencia a la libertad de optar por un partido, postura o facción. Hay quienes sostienen que el origen del término posee un sentido negativo en el que refiere a las decisiones que se toman en contra de lo establecido o normativo. No obstante, esta connotación negativa empezó a tener lugar en el cristianismo cuando en el camino a definir o pretender definir la ortodoxia (opinión correcta) o doctrina oficial, surgieron otras posturas o creencias que al diferir de dicha ortodoxia se les atribuyeron apelativos negativos como el de ser erróneas y subversivas. En este sentido, la herejía podría ser mejor definida como heterodoxia (opinión distinta).

Desde muy temprano, la ortodoxia del cristianismo comenzó a formarse con base en las discusiones sostenidas en asambleas o concilios, en principio llevados a cabo por apóstoles y presbíteros, y luego por la mayoría o principales obispos de la cristiandad. Los debates se fundamentaban tanto en la Tradición, es decir, en la revelación comunicada por Cristo a sus apóstoles, transmitida y preservada a lo largo de los años, como en las Escrituras —quizás no sobre mencionar que las Escrituras, como las conocemos hoy, atravesaron un proceso histórico de formación, cuya cuna fueron los mismos concilios—.

Podríamos hablar del origen de las herejías paralelo al origen del cristianismo, no obstante, no deja de ser curioso que, aunque la herejía sea definida en contraste a la ortodoxia, las primeras posturas reconocidas como desviaciones heréticas aparezcan en un momento en el que el cristianismo, como religión, está apenas en su etapa de formación, y en el que este mismo era considerado por el Imperio y por los judíos como una religión falsa y peligrosa. Pero quizá, fue precisamente porque en los primeros siglos el cristianismo tenía claramente definidos a sus opositores (el poder político, los judíos y las filosofías paganas), que las primeras herejías podían ser claramente señaladas como aquellas que mantuvieran alguna relación con las fuerzas de oposición.

Algunos de los primeros grupos que han sido considerados heréticos aparecen mencionados en la Biblia. Sin duda, uno de los más importantes y que quizá fue final y brutalmente exterminado hasta la inquisición española, fue el de los cristianos judaizantes: ex judíos que se habían convertido al cristianismo, pero que deseaban mantener e imponer diversas prácticas judías. Esta “desviación” fue inicialmente combatida por el primer concilio de Jerusalén llevado a cabo en los años 49 y 50 (Gal 2:14-15; Rom 16: 17-18; Hch 15:5-11).

Es posible pensar que otras herejías o enseñanzas erróneas, como aquellas por las que Pablo amonesta a las iglesias, surgen en relación con filosofías paganas. Por ejemplo, la mención que hace en 1 Cor 15:32 sobre aquellos que, poniendo en duda la resurrección, bien podrían seguir la máxima “comamos y bebamos, porque mañana moriremos”, la cual tradicionalmente ha sido adjudicada a la filosofía epicúrea.

Otro tipo de herejías bíblicas surgen de la lucha de y contra el poder eclesial, ejemplo de estas podría ser la de los simonianos, cuyo presunto fundador fue Simón el Mago (Hch 8: 9), o la de los nicolaítas, mencionados en Apocalipsis 2: 6-15.

Durante los siglos II y III el sincretismo entre las filosofías helénicas y algunas religiones orientales fue en aumento constituyendo un gran enemigo contra el cristianismo. De dicho sincretismo surgieron movimientos como los neopitagóricos y neoplatónicos, quienes en algunos casos llegaron a fingir ciertos acercamientos al cristianismo para luego mostrar la inutilidad del mismo (este fue el caso, por ejemplo, de Porfirio, el neoplatónico quien se hizo catecúmeno y luego escribió fuertes ataques contra el cristianismo). Del encuentro entre tales movimientos filosóficos y el cristianismo surgió también una de las herejías más importantes de los primeros siglos, el gnosticismo. Este, combinando la cosmovisión platónica con una cosmogonía persa e hindú, sostenía una postura dualista entre la materia y el espíritu, y enseñaba que en lo material estaba el origen del mal, por ello el cuerpo no tenía salvación. Por el contrario, la salvación estaba en el espíritu, o más específicamente en el conocimiento introspectivo de este, denominado gnosis.

Del gnosticismo surgen algunas otras vertientes heréticas como el docetismo, el cual, basándose en el dualismo gnóstico, en el que el mal está en lo corpóreo, negaba la naturaleza física de Cristo. El gnosticismo también es prefiguración del maniqueísmo (siglos III-IV), cuyo fundador, Mani, pretendía lograr un gran sincretismo entre todas las religiones. Partió de mezclar filosofías orientales y helenísticas con el cristianismo. Y dado su fanatismo y moralismo, fue considerada como una secta peligrosa para la unidad y paz del Imperio. Mani fue concebido como el paráclito enviado por Cristo para purificar la religión. Su afán de purificación lo hizo rechazar la Iglesia como institución y formar su propia organización eclesiástica.

Con algunos vestigios de gnosticismo, aparece en escena el marcionismo. Marción, como hijo de un obispo de Sínope, fue criado en el cristianismo, pero, influido por el gnóstico Cerdón, empezó a sostener una doctrina distinta por la que su propio padre lo excomulgó de la Iglesia. Marción tenía un fuerte espíritu reformista, trataba de modo particular el canon bíblico y consideraba que la Iglesia había perdido su verdadero propósito. Por estas cosas muchos han considerado a Marción como el primer protestante. El dualismo marcionista se vio claramente manifiesto en su tesis principal sobre el contraste entre el Dios del Antiguo Testamento, un dios o demiurgo severo e intransigente, y Cristo, el Dios de amor. Esto condujo a que los marcionistas rechazaran el Antiguo Testamento y solo aceptaran una parte del Nuevo.

Recordemos que en estos primeros tres siglos la Iglesia estaba siendo sometida a una gran persecución, lo que también dio lugar a grupos como los milenaristas, quienes deseaban que la persecución cesara y el reino de Cristo viniera a purificar la tierra. El milenarismo, presente todavía en nuestros días, sostenía que la venida de Cristo estaba cerca y que, como varios pasajes de las Escrituras lo insinuaban, reinaría mil años en la tierra junto con los justos (vivos y resucitados) y luego de esto vendría la reencarnación y el juicio universal.

Algunos grupos denominados rigoristas extendieron la necesidad de una purificación a la Iglesia misma, a estos pertenece el ya mencionado marcionismo y también el montanismo, uno de los más conocidos por tener entre sus filas al padre de la Iglesia, Tertuliano. Esta herejía no encontró su fundamento en el sincretismo filosófico, sino en una inspiración divina proveniente del Espíritu Santo. Esta es la razón por la que algunos comentaristas actuales ubican el montanismo en los antecedentes del pentecostalismo. En el año 172, Montano, Grato Procónsul de Asia Menor, afirmando que había sido poseído por el Espíritu, comenzó a profetizar al pueblo de Frigia. A él se unieron las profetizas Maximilia y Priscila. Juntos invitaban a la gente a estar preparada para el fin del mundo haciendo penitencia, ayunando, manteniéndose célibes e incluso deseando el martirio. Cuando la Iglesia se opuso a sus enseñanzas, Montano desconoció la autoridad eclesial y la sustituyó por la del Espíritu. Terminando el siglo III, fueron excomulgados por el papa.

La paz Constantina que tuvo lugar en el siglo IV, le daría cierto tinte político a las nuevas herejías. Como continuación del rigorismo de Montano, surge el donatismo. En su rechazo a la Iglesia católica rebautizaban a sus seguidores. Los donatistas de Cartago depusieron al obispo oficial, Ceciliano, y en su lugar pusieron a Donato. Viendo en este acto un peligro para la paz del Imperio, Constantino decidió convocar un par de sínodos, en los que él mismo declaró al donatismo como ilegítimo. El donatismo se mantuvo hasta que en el siglo V fueron oprimidos, junto con los demás cristianos, por las invasiones bárbaras que llegaron al norte de África.

Constantino intervino nuevamente cuando surgió el arrianismo, que a la cabeza del presbítero de Alejandría, Arrio, negaba la divinidad de Cristo. En este caso fue necesario tomar mayores medidas y fue entonces cuando Constantino convocó el Concilio de Nicea (325). Tras largas discusiones se estipuló que Cristo era consustancial al Padre y se ordenó que Arrio fuera desterrado. Al final de sus días, Constantino, persuadido por los arrianos de que la paz y unidad del Imperio se lograría con la aceptación del arrianismo, les brindó su apoyo e incluso, acudiendo al obispo más cercano para que lo bautizara en su lecho de muerte, terminó siendo bautizado por el arriano, Eusebio de Nicomedia.

En el siglo V apareció un gran grupo de herejías que podrían ser clasificadas del siguiente modo: a. Herejías sotereológicas: aquellas que cuestionaban la forma en la que se logra la salvación, tal como lo hace el pelagianismo, el cual afirmaba que el hombre podía salvarse con sus propias fuerzas. b. Herejías trinitarias: las cuales niegan la divinidad de alguna de las tres personas de la trinidad, en estas se encuentra el arrianismo, pero también el monarquismo que afirma que hay un solo ser y no tres (los mormones y los testigos de Jehová han sido considerados versiones actuales de este tipo de herejías) y el macedonianismo, que niega la divinidad del Espíritu Santo. c. Herejías cristológicas: son aquellas que cuestionan la naturaleza de Cristo, como el apolinarismo que le sostiene que la naturaleza humana de Cristo es incompleta, pues no posee alma; el nestorianismo que afirma que la naturaleza divina de Cristo está unida solo de manera accidental a su naturaleza humana y el monofisismo, de manera opuesta arguye que las dos naturalezas se funden en una sola.

El nestorianismo y el monofisismo, combatidos respectivamente en el tercer y cuarto concilio ecuménico, el de Éfeso (431) y el de Calcedonia (451), fueron herejías opuestas que tuvieron a la cabeza dos patriarcas, la primera tuvo a Nestorio, patriarca de Constantinopla, y la segunda a Dióscoro, patriarca de Alejandría. Es innegable que el conflicto doctrinal fue de la mano con un conflicto político, pues cuando Nestorio fue condenado por el papa, este pidió el apoyo de Cirilo, el entonces patriarca de Alejandría, para defender la ortodoxia. Pero cuando fue Dióscoro el que dio pie al monofisismo, fue Flavio, el patriarca de Constantinopla, quien arremetió contra él. Pese a la lucha entre sí, el nestorianismo y el monofisismo siguen siendo doctrinas vigentes en nuestros días. Los primeros persisten principalmente en Turquía y Persia, cuyo patriarca está en Kurdistán. Los segundos dieron origen a congregaciones como la Iglesia copta y la Iglesia apostólica armenia.

Como veremos en la siguiente entrada, la Edad Media traería nuevas herejías, las cuales serían la prefiguración de dos grandes cismas, el primero entre la Iglesia católica y la Iglesia ortodoxa, y el segundo entre la Iglesia católica y las Iglesias protestantes. Estas últimas nacerían con el sello de herejía en la frente, pero a modo de spoiler sabemos que hoy muchas de ellas han sido reconocidas como parte de la cristiandad. Su reconocimiento, como se verá, revela que las herejías no son lo que son por fundamentar sus principios religiosos en posturas filosóficas, en una revelación o inspiración del Espíritu Santo, en cuestiones políticas (la palabra del Patriarca o emperador) o en reinterpretaciones, añadiduras o cortes a las Escrituras, pues cada una de estas cosas también han hecho parte de la Tradición que hasta el siglo XVI definió la ortodoxia de la Iglesia y que sigue siendo parte fundamental de la ortodoxia católica.

Lo que parece distinguir a las herejías de la ortodoxia es que ellas no cuentan con la aprobación del poder político y eclesial imperante, el cual ha tenido y continúa teniendo la pesada responsabilidad de proteger la fe —después de todo parece que es importante que alguien lo haga—, pero que muchas veces en su desmedido rechazo a otras posturas se olvida de protegerla de sí mismo.

 

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Herejías (parte 2)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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