La Iglesia (parte 2)

Los primeros quince siglos de la Iglesia habían demostrado con cierta suficiencia que la expansión de la Iglesia cristiana no siempre iba a poder ir de la mano de la unidad de la misma, y que incluso en muchos casos, paradójicamente, la unidad y expansión de esta poco tendrían que ver con la unidad y expansión del cristianismo. El siglo XVI comenzaría con una división más, quizá la más fuerte que haya experimentado la cristiandad y también la de mayor poder fragmentario, pues abrió la puerta a un sin número de posteriores ramificaciones del cristianismo1.

La Iglesia católica de occidente, luego de su separación de la Iglesia católica ortodoxa de oriente, intentaba mantener su unidad y poderío aliada con el Sacro Imperio Romano Germánico. No obstante, esta alianza se hacía cada vez más débil. Los emperadores, aunque defensores de la fe, deseaban organizar la designación del emperador sin la intervención del papa; la infalibilidad de este se había debilitado luego del cisma y el nacionalismo naciente hacía que los príncipes y gobernadores no solo anhelaran el poder político, sino también el poder y patrimonio religioso. Varios papas, respondiendo a estas amenazas, decidieron aliarse incluso con enemigos de la Iglesia. Mientras tanto, el fervor crecía en la vida de muchos feligreses, surgieron movimientos pietistas (como los husitas y los Hermanos Moravos), fraternidades de laicos, aumentó el número de misas y de peregrinaciones, entre otras cosas. Se estaba gestando una reforma.

El 31 de octubre de 1517 tiene lugar el acontecimiento con el que se suele marcar el inicio de la llamada Reforma protestante: el fraile agustino, Martín Lutero, clava en la puerta de la iglesia de Wittenberg 95 tesis sobre las indulgencias. Estas tesis se convirtieron en la base de la doctrina luterana de la justificación, pues en ellas Lutero denuncia el engaño del que son presa quienes piensan que la salvación y el perdón de los pecados se obtienen a cambio de dar unas cuantas monedas y no por la contrición interna. De manera más sólida Lutero expone posteriormente que la remisión de los pecados es concedida no por obras, sino por la gracia de Dios, la cual es recibida mediante la fe.

Aunque las tesis de Lutero atañían esencialmente al asunto doctrinal de la justificación, estas también contenían un ataque al orden eclesial. Esto queda manifiesto en las primeras tesis (5-7) en las que Lutero niega al papa el derecho de perdonar pecados por su propia autoridad. Los ataques a la jerarquía papal irían en aumento, a la vez que era promulgada la autoridad de las Escrituras y el sacerdocio universal. Pero como atacar la cabeza de la Iglesia era considerado un asalto a la unidad sostenida en ella, la Iglesia y el entonces papa León X iniciaron un proceso en contra de Lutero. En el camino suceden varias cosas: ignorando la demanda de Lutero, el papa decreta por la bula Cum postquam la autoridad papal como dogma de fe, pero luego intenta tener un acercamiento más amistoso con Lutero, pues se percata de que esto le permitiría congraciarse con Federico el Sabio, príncipe elector de Sajonia y amigo y protector de Lutero, quien podía ayudarlo a evitar que Carlos de Habsburgo fuera elegido emperador, lo cual podía poner en riesgo el control territorial de los Estados Pontificios.

Finalmente Carlos es elegido emperador, y aunque la noticia no agrada al papa, ambos tienen un enemigo en común: Lutero. El mismo año (1521), León X excomulga a Lutero, y Carlos V decreta el edicto por el que se considera a Lutero un hereje cuyos textos no debían ser leídos, sino echados a la hoguera. Pese al abierto rechazo de la Iglesia católica y del emperador a las enseñanzas de Lutero, muchos príncipes alemanes decidieron apoyar la reforma, lo que dio origen a Iglesias nacionalistas y territoriales, en las que el orden eclesial fue reemplazado por un orden secular, cuyos obispos eran funcionarios estatales encargados tanto de asuntos religiosos como también de temas de educación, asistencia social, cuidado de enfermos, etc. La nueva organización eclesial en algunos puntos no podía dejar de ser más que una imitación del orden católico donde cada príncipe era una especie de papa, pero en otros el rechazo a las formas (litúrgicas y eclesiales) católicas implicaba la creación de nuevas maneras y nuevos contenidos. Esto, sumado a la lucha que el papado y el Imperio continuaban teniendo contra los protestantes, hizo que pronto los intelectuales protestantes se unieran para discutir y definir cuestiones dogmáticas.

En diciembre de 1529 tiene lugar el “Coloquio de Marburgo”. En este, los reformistas suizos Ulrico Zwinglio y Ecolampadio se reunieron con luteranos para discutir temas como la Trinidad, el pecado original y la eucaristía, entre otros. Aquí se dio una de las principales disputas entre protestantes, pues mientras Lutero sostenía la presencia real del cuerpo y la sangre de Cristo en el pan y el vino, Zwinglio se resistió a aceptar que esto fuera así y arguyó que la Cena del Señor tenía un carácter meramente simbólico. Desde entonces, los luteranos rechazaban que se les confundiera con los zwinglianistas. Esto quedó claro especialmente en la Dieta de Augsburgo, donde el pacífico luterano Melanchton presentó una apología conocida como “la confesión de Augsburgo” en la que expuso los principios doctrinales del luteranismo y defendió a este de las acusaciones de anabaptismo, zwinglianismo y fanatismo que se filtraba en el mismo luteranismo (gracias a la influencia de personajes como Karlstadt y Münzer).

Zwinglio, aunque compartía los puntos esenciales de la reforma luterana, a saber, la doctrina de la sola fe, la sola escritura y el rechazo al papa, había crecido y se había formado en un contexto diferente al de Lutero, lo que lo llevó a impulsar en Suiza una reforma que difería en varios aspectos de la luterana. Zwinglio había hecho sus estudios teológicos en Viena y en Basilea (1498-1506). Luego de ser ordenado asumió la parroquia de Glaris, en la que muchos de los feligreses eran mercenarios del papa. Algunas veces, Zwinglio los acompañaba en sus expediciones militares en las que observó cómo podía lograrse una imposición ideológica por medio de las armas. Aunque Zwinglio quiso implementar un discurso más pacifista, este no fue muy bien recibido por los suizos que estaban acostumbrados a la guerra.

En Suiza, los cantones habían iniciado movimientos independentistas, lo que facilitaba la germinación de una reforma religiosa sin que intervinieran intereses económicos y políticos. Este aire independentista también se refleja en las ideas de Zwinglio, quien poniendo a la fe por sobre todo acto u obra externa, promulga una libertad de conciencia, la cual no puede ser sometida ni siquiera por la palabra externa de las Escrituras, pues esta puede ser interpretada de muchas maneras. No obstante, de forma paradójica, Zwinglio señala que sobre las obras externas el Estado sí podía ejercer coerción, con lo que se sugiere un tipo de teocracia reguladora de la llamada “iglesia visible”. Esto le permite a Zwinglio dar rienda a una suerte de inquisición, de la cual, quizá, las principales víctimas fueron los anabaptistas.

Zwinglio muere en 1531 en la batalla de Kappel entre cantones protestantes y católicos, en la que los últimos resultaron victoriosos. En este mismo año, conscientes de que los enfrentamientos contra los protestantes tenderían cada vez más a ser bélicos, los príncipes luteranos en Alemania formaron al Liga de la Esmalcalda, a la cual se sumaron, más por intereses políticos que religiosos, Francisco I de Francia, Cristian III de Dinamarca y Enrique VIII de Inglaterra. Esta Liga sería derrotada por el ejército de Carlos V un año después de la muerte de Lutero, en 1547, y el catolicismo volvería a tomar para sí lugares como Wittenberg. La paz, al menos formalmente, vendría hasta 1555 con el tratado en Augsburgo por medio del cual Carlos V decretaría como religiones válidas del Imperio tanto el catolicismo como el luteranismo: cada príncipe tendría la capacidad de elegir la confesión de sus Estados (Cuius regio, eius religio).

Tras la muerte de Zwinglio, quien continuaría hasta cierto punto su línea de reforma sería Calvino. Huyendo de la persecución a los protestantes en Francia, el joven reformador es invitado por Guillermo Farel a quedarse en Ginebra. Calvino, aunque con visiones diferentes sobre temas como el de la presencia real o no de Cristo en la eucaristía, asumió el legado de Zwinglio en asuntos de orden o de imposición sacramental y de represión de los disidentes. Ambas cosas requirieron un cuerpo de pastores, doctores, ancianos y diáconos, el cual se regía a su vez por el Consistorio, encargado de determinar los delitos tanto morales como dogmáticos y de aplicar una pena correspondiente. Tanto rigorismo, proveniente además de un extranjero, terminó por incomodar a muchos ginebrinos y Calvino fue obligado a abandonar Ginebra y continuar su camino a Estrasburgo.

En Estrasburgo Calvino fue capaz de desarrollar y escribir varias de sus ideas, especialmente sobre su doctrina de la doble predestinación. De manera más radical que Lutero, Calvino sostiene que la voluntad divina es la única que puede salvar o condenar a alguien, por lo que la acción humana sobre estos asuntos trascendentales se muestra irrelevante; no así su acción sobre asuntos terrenales. No obstante, Calvino afirma que en lugar de separar lo religioso de lo terrenal o mundano, ambas cosas poseen la misma forma, por lo que es posible establecer una ordenación política y moral de las sociedades con base en principios religiosos. Como Salvador Castellote comenta: “es precisamente este ‘isomorfismo” el que ha permitido la a veces confusa e indiscriminada mezcla entre religión y mundo, haciendo que el mundo se convierta en religión y la religión en mundo. En nombre de la religión se han cometido injusticias en el mundo. Y en nombre del mundo se ha oscurecido la religión”.

El calvinismo y el luteranismo continuaron su expansión. A la par y como parte de ellos surgieron otros movimientos reformistas, algunos radicales como los impulsados por Karlstad y John Knox, otros más pacíficos y aislados como la comunidad del Tirol y uno de los más famosos, odiado tanto por católicos como por protestantes: el anabaptismo. Sobre estos últimos se decía que combinaban lo peor de dos aspectos del protestantismo, por un lado eran anárquicos, ya que promulgaban la supremacía del Espíritu Santo por encima de cualquier poder eclesial o civil, y al mismo tiempo, eran prepotentes al formar una especie de hermandad de santos que rehusaba juntarse con pecadores. Muchos de estos y otros movimientos no reconocidos ni por católicos ni por protestantes fueron enviados a las colonias del “nuevo mundo”.

Durante los siglos XVII y XVIII2 estas comunidades de reformistas se establecieron y crecieron en territorio americano, específicamente en Estados Unidos: anglicanos en Virginia, presbiterianos escoceses en Nueva Jersey, cuáqueros y anabaptistas en Pensilvania, etc., trasladándose así con ellos el localismo protestante. Cuando en 1730 el pastor anglicano George Whitefield visitó estas colonias, las impregnó de un sentimiento de avivamiento religioso o revivacionalista, el cual dio lugar a la que podría considerarse como una contrarreforma al interior del protestantismo llevada a cabo en dos momentos principales conocidos como el primer y segundo despertar. Este movimiento reformista se levantó contra un protestantismo considerado como demasiado racional, frío e intelectual, ante el cual se promulgaba un renacer espiritual. Las ideas de Whitefield también llegaron a Inglaterra e inspiraron a John Wesley, el precursor del metodismo.

Con este nuevo movimiento se da una nueva división. Por un lado, las viejas luces: protestantes con un mayor trasfondo histórico, liberales, racionalistas, bastante parecidos al catolicismo en cuanto a sus ritos litúrgicos. Por el otro, las nuevas luces o evangelicalistas: fervorosos, lectores acérrimos de las Escrituras, emotivos y moralistas. Con el tiempo, muchos de estos decidieron regresar a las ramas protestantes conocidas como históricas, otros se quedaron como pequeñas comunidades establecidas aisladamente y otros fueron mutando, convirtiéndose en el que quizá sea el actual movimiento evangelicalista más fuerte: el pentecostalismo.

No quisiera terminar sin mencionar que tras la separación del protestantismo de la Iglesia católica esta ha gestado sus propias reformas y contrarreformas, las cuales tuvieron inicio desde el famoso concilio de Trento. Tampoco sobra señalar que desde el siglo XX han ido en aumento los intentos ecuménicos por establecer un diálogo entre las distintas ramas de la cristiandad e incluso con otras religiones. La expansión del cristianismo continúa, la Biblia (o partes de ella) sigue siendo el libro más traducido de la historia y la actividad misionera alcanza lugares a los que antes era imposible llegar. No obstante, las divisiones también aumentan y el nacionalismo o localismo del cristianismo persiste, pues cada vez resulta más difícil aceptar a un Dios de toda lengua y nación y no solo como mi dios o dios de mi Iglesia. La unidad entre cristianos parece entonces estar lejos de ser real, quizá porque el centro de la misma para unos es la cabeza de la institución, para otros son las Escrituras (o la interpretación que tengo de las mismas), o porque las brechas culturales y nacionales que nos dividen todavía son lo suficientemente fuertes y confluyen con los intereses religiosos, haciendo que la integración religiosa se convierta también en un reto social, político y moral.

 

La Iglesia (parte 1)
Herejías (parte 1)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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