La Iglesia (parte 1)

…donde no hay griego ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre; mas Cristo es el todo, y en todos. Colosenses 3:11.

 

Actualmente, con la palabra “Iglesia” solemos designar al menos tres cosas: el templo o lugar de reunión, la asamblea o congregación ya sea particular o como organización religiosa y el cuerpo místico de Cristo. Cada uno de estos usos deriva en parte de su etimología y en parte de los usos y traducciones hechas posteriormente. Por ejemplo, las dos primeras connotaciones derivan de la palabra griega ἐκκλησία (ekklesía), la cual en el mundo helénico era usada para nombrar la asamblea o reunión a la que los ciudadanos eran convocados para tratar asuntos públicos, pero en el Nuevo Testamento ekklesía es usada para referirse tanto a asambleas legales como a asambleas religiosas y a iglesias locales. En la Septuaginta o traducción de los setenta, usan la palabra iglesia donde el original en hebreo usa la palabra  קהל (kahal), con la que los judíos se referían a su estructura teocrática como asamblea o pueblo de Israel o pueblo de Dios. Aunque en la Septuaginta, el término hebreo también en ocasiones es traducido como sinagoga.

La idea de Iglesia como el cuerpo de Cristo, aunque podría decirse que tiene un claro fundamento escritural (Col 3:11, entre otros), fue formalmente considerada hasta el S. XX con el papa Pío XII, en su encíclica Mystici Corporis Christi.

En la entrada anterior sobre liturgia hablé un poco de la iglesia como templo, señalándola no solo como el lugar en el que usualmente se desarrollan las ceremonias litúrgicas, sino también como el lugar constituido por varios elementos (formas, colores, olores, pinturas, diseños, etc.) a los que tradicionalmente se les ha otorgado un papel litúrgico importante. Quisiera hablar ahora sobre la Iglesia como cuerpo de Cristo, connotación que, aunque debería escapar o sobrepasar a la de la Iglesia como asamblea local o institucional, históricamente ha sido estrechamente ligada a esta última.

El Antiguo Testamento nos muestra que la noción de congregación religiosa surge hasta la aparición de las tribus de Israel. Antes de esto se hablaba de un Dios personal: el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Los hijos de este último, renombrado Israel, son los que propiamente se refieren a Dios como Dios de todo un pueblo o nación. Para muchos, estas doce tribus se ven posteriormente representadas en los doce apóstoles, con quienes comenzaría la Iglesia visible de Cristo. Pero con Cristo se da un gran cambio, pues aunque ha elegido a doce para comenzar su Iglesia, el mensaje de salvación no solo era para estos doce y sus descendientes, sino para las personas de toda lengua y nación. Esto queda consignado en la gran misión que antes de partir Cristo les deja a sus doce: id y haced discípulos a todas las naciones (Mt 28:19).

La Iglesia de Cristo tiene al menos dos características esenciales y aquí aparece la primera de ellas: su universalidad. El carácter universal de la Iglesia cristiana es reforzado en el libro de los Hechos. Pues a diferencia de lo que algunos creen, el Espíritu no desciende sobre los apóstoles para hacerles hablar lenguas angelicales, sino que les concede el don de hablar en otros idiomas, lo que facilitaría la comunicación de las buenas nuevas a otras poblaciones. La segunda característica es mencionada en el evangelio de Juan y posteriormente también en Hechos: la unidad. Juan afirma que, antes de ser arrestado, Cristo ora al Padre por los suyos, por los doce y por los que posteriormente recibirán el mensaje, para que permanezcan en la unidad así como él y el Padre son uno (Jn 17:21-23). En Hechos, la comunidad primitiva, que para entonces ya eran miles, es descrita como una comunidad de creyentes de un corazón y una alma (Hch 4:32).

La Iglesia católica argumenta que la unidad de la Iglesia es garantizada desde los primeros cristianos gracias al papel que Cristo le concede a Pedro como la roca sobre la cual edificará su Iglesia. Con Pedro como roca o cabeza de la Iglesia, los demás apóstoles y posteriormente con la ordenación de presbíteros que quedarían a cargo de las iglesias instauradas por Pablo en sus viajes apostólicos, se comienza a hablar de un orden jerárquico, el cual acompañará a la Iglesia católica, y en menor medida a otras Iglesias, hasta nuestros días.

El carácter universal adquirió mayor realidad con la evangelización de los gentiles. Este sería el inicio de la ruptura con la idea judía de Dios como un dios de solo un determinado pueblo. El evangelio a los gentiles fue la labor principal de Pablo, quien a partir del año 42 pondría en marcha su travesía misionera hacia lugares como Chipre, Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra de Licaonia, Tesalónica, Atenas y Éfeso. Mientras que la forma de llegar a los judíos era mostrando a Jesús como el mesías, la manera de influir en los gentiles era a través de sus filosofías con tendencia monoteísta. La unidad territorial y lingüística con el koiné (el idioma griego del mundo helenista) también fue un factor importante en la expansión del cristianismo.

No obstante, pronto la universalización y la unidad del cristianismo comenzaron a verse comprometidos. Por un lado, iniciaron las persecuciones violentas del Imperio, para el que el cristianismo era una religión exclusivista y proselitista que rompía con la armonía que había en la cierta libertad religiosa que el Imperio promulgaba[1]. Estas persecuciones fueron apoyadas por algunos judíos que no querían ser confundidos con los nuevos cristianos. Al interior de la Iglesia también empezaron a surgir problemas, pues los judíos convertidos querían que todos los cristianos acataran la ley mosaica, particularmente la circuncisión. La discusión y resolución de esta disputa doctrinal se dio en el que ha sido considerado como el primer concilio, el de Jerusalén (años 49-50).

Cuando en el año 313 el emperador Constantino les concede la libertad religiosa a los cristianos, inicia una era de paz y de mayor definición y articulación de la doctrina cristiana. Dicha doctrina empieza a ser definida principalmente en el concilio ecuménico de Nicea (año 325), donde aproximadamente trecientos obispos se reunieron para discutir asuntos doctrinales como la naturaleza de Cristo y la Trinidad. Este y otros concilios, con miras a establecer una fe unificada, respondían a, y la vez promovían, la aparición de opositores y grupos disidentes, denominados por la Iglesia como herejías.

Pero sería un error pensar que la Iglesia era la única atacada, pues desde el 380, cuando Teodosio el Grande declaró al cristianismo como la religión del Imperio, la Iglesia cristiana adquirió el poder suficiente no solo para defenderse, sino para perseguir a los paganos. Pronto comenzó la cristianización de las leyes y cosas como la venta de recién nacidos, los castigos de muerte en la cruz y las marcas con hierro candente fueron prohibidas, se minimizó la esclavitud y la pena de muerte, pero también hubo una moralización de las leyes, las cuales condenaron el concubinato, el adulterio y el divorcio. La herejía pasó a ser considerada como crimen contra el Estado.

Tras la muerte de Teodosio en el año 395, el Imperio se dividió entre sus dos hijos, quedando así el Imperio romano de oriente, conocido más tarde como Imperio bizantino, y el Imperio romano de occidente. Las invasiones de pueblos bárbaros al Imperio de occidente y la mala administración al interior de este, provocó su disolución en el siglo V. No obstante, ninguna de estas cosas pareció afectar demasiado la unidad del cristianismo, si por esta entendemos su unidad institucional y jerárquica encabezada por el papa.

Para el siglo VIII, con el Imperio dividido, el papa en Roma había asumido una investidura no solo eclesial, sino también política. Esto fue conocido por el entonces duque franco, Pipino el Breve, quien envió ejércitos a Italia para proteger a Roma, especialmente de los lombardos, y en retribución el papa lo nombró rey de los francos. Con Pipino comienza la dinastía de los carolingios, cuyos continuadores serían los hijos de Pipino, Carlos y Carlomán. Carlos, conocido posteriormente como Carlomagno, le ofreció a la Iglesia no solo protección, sino medios para su expansión. Casi toda Europa central estaba cristianizada, pero aun faltaban pueblos como los sajones, quienes debido a su resistencia fueron finalmente reprimidos y convertidos brutalmente. En el año 800, con los reinos de los francos y de los lombardos más el territorio sajón en su poder, Carlomagno fue proclamado por el papa León III como emperador del posteriormente denominado Sacro Imperio romano, aun cuando el verdadero emperador se encontraba en Constantinopla.

Salta a la vista que para el medioevo, la unidad eclesial de la cristiandad era más una unidad política que cualquier otra cosa y los siguientes siglos dejarían ver esto con mayor claridad. Desde el siglo IX comenzaron fuertes enfrentamientos entre la Iglesia de occidente y la Iglesia de oriente, muchos de ellos fueron de tipo teológico y otros sobre prácticas y tradiciones. Quizá el primer conflicto de la lista fue el que se dio a raíz del culto que los miembros de la Iglesia latina le rendían a las imágenes y que el emperador bizantino León III el Isáurico calificó como idolatría. A esto siguieron las acusaciones del patriarca Focio a prácticas como el ayunar en sábado, la imposición del celibato a los sacerdotes, la exclusividad de los obispos en la administración de la confirmación, y la más importante, la añadidura del “filioque” al Credo, con lo que se señalaba que el Espíritu no procedía solo del Padre, sino también del Hijo[2]. En las respuestas y acusaciones de uno y otro lado, más que un intento por preservar la verdadera doctrina, se evidencia el intento por demostrar cuál de las dos partes (el papa o los patriarcas), será la que tendrá el poder de determinar cuál es la verdadera doctrina y, lo más importante, a quién obedecerá la cristiandad. Esta disputa termina en una mutua excomunión y en el cisma que en el año 1054 da lugar a la Iglesia católica, por un lado, y a la Iglesia ortodoxa, por el otro.

Con la unidad perdida a causa de enfrentamientos políticos y eclesiásticos, continuó la necesidad de expansión, recuperación y consolidación de territorios. Por un lado, a la Iglesia le pareció necesario recuperar las tierras santas tomadas por los musulmanes. Para esto, entre el siglo XI y el XII surgieron las cruzadas o guerras santas. Estas eran realizadas por ejércitos y caballeros que herían y mataban en el nombre de Dios. Mientras los guerreros decían ofrecer a Dios sus destrezas bélicas, la Iglesia les ofrecía a estos la remisión por sus pecados. Lo anterior llevó a que entre los siglos XII y XIII surgieran las órdenes militares: caballeros siempre listos para pelear las batallas que la Iglesia dictara. Por otra parte, de manera casi paralela surgieron las órdenes mendicantes cuya labor principal era expandir y cuidar las iglesias rurales. Tales órdenes no llevan una vida monástica, apartados en sus feudos, sino que habitan y fraternizan con las comunidades a las que les predican, principalmente con el ejemplo, la virtud y el rechazo a las riquezas[3].

El siglo XII también dio origen a la que sería, por siglos, el arma de católicos (y luego también de protestantes) para preservar la doctrina y defender la fe de los herejes: la inquisición. Aunque esta nace en Francia en 1184 con el fin de acabar con los cátaros, quizá la inquisición más famosa sea la española, fundada en 1478 y abolida en el siglo XIX. Esta fue permitida por el papa Sixto IV y establecida por los reyes Isabel de Castilla y Fernando de Aragón quienes deseaban perseguir, castigar e incluso matar a los mal llamados “marranos”: judíos convertidos que de manera clandestina continuaban practicando el judaísmo. En 1492 los reyes terminaron expulsando a los judíos, pero la inquisición seguiría en las nuevas colonias establecidas en América.

Desde tiempos antiguos hasta este punto donde la Iglesia se prepara para dividirse una vez más en el gran cisma entre católicos y protestantes, resalta el elemento exclusivista que más que proclamar la pertenencia de un pueblo (amplio y diverso) a Dios, proclama a un Dios perteneciente a un solo pueblo (limitado y uniforme). Dicha exclusividad disfrazada muchas veces de unidad ha degenerado en la promulgación de herejías, excomuniones y divisiones.

Por lo demás, es difícil no ver que el establecimiento, la expansión y perduración de la Iglesia que tanto ha necesitado del poder secular termina volviéndose vasalla de este y operando bajo sus reglas, por eso más que una universalidad del cristianismo obtenida a partir de llevar el mensaje a toda lengua y nación, la cristiandad obtiene su crecimiento al sumergirse en el ejercicio de persecuciones, de luchas y de gobiernos, unas veces como la víctima y otras tantas siendo la victimaria.

 

 

*En la siguiente entrada continuaré abordando el tema desde los antecedentes que dieron lugar a la Reforma protestante y lo sucedido hasta la fecha.

Notas:

[1] Historia de la Iglesia, Tomo I, B. A. C., p. 177

[2] Historia de la Iglesia, Tomo II, B. A. C., p. 211

[3] Historia de la Iglesia, Tomo II, B. A. C., p. 664

Liturgia
La Iglesia (parte 2)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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