Liturgia

Aunque con el tiempo el término liturgia se ha convertido en una palabra para referirnos a la forma de ciertos rituales o ceremonias de algunas ramas del cristianismo, principalmente de la Iglesia católica, el significado original de esta podría englobar casi todas las celebraciones que llevan a cabo las distintas comunidades religiosas, y que en el cristianismo han recibido otros nombres, como culto, servicio, misa, reunión, eucaristía, etcétera.

Si atendemos a su etimología, la palabra liturgia, proveniente del griego leitourgia (λειτουργία), significa “obra o quehacer público” o “servicio de parte de y en favor del pueblo”.[1] En Atenas, las liturgias eran los servicios públicos que las personas ricas ofrecían y asumían económicamente en favor del pueblo. Para el cristianismo la liturgia significó tomar parte de la obra de Dios.[2] Esto se explica de forma más clara en al menos tres acepciones que el término leitourgia tiene en el Nuevo Testamento: 1) se refiere al servicio sacerdotal, ministerio, servicio o culto a Dios (tanto al de Zacarías en Lc 1:23, como al de los profetas y maestros de Antioquía en Hch 13:2). 2) Al anuncio o ministerio del evangelio (cuando Pablo habla de ministrar el evangelio a los gentiles en Rom 15:16, o del anuncio del misterio sagrado en Flp 2: 17). Y 3) a la caridad (así llama Pablo a la ayuda que Macedonia y Acaya recolectaron para los pobres en Rom 15:27 y al sagrado servicio de dar limosna en 2 Cor 9:12).

Las Escrituras mencionan también a Cristo como el liturgo; sacerdote del santuario y del tabernáculo verdadero, erigido por Dios y no por hombres (Hb 8:2). De manera que en la celebración litúrgica en la que la Iglesia toma parte de la obra de Dios, ella se hace imitadora del gran Liturgo. Esto significa que debe participar tanto del sacerdocio de Cristo que es culto a Dios, como de su condición profética en la predicación del evangelio y de su condición real en el actuar con caridad.[3] Aunque se asume que estos son los tres aspectos esenciales de la liturgia, hay varios de carácter formal como el quién o quiénes deben celebrar la liturgia, el cómo, el cuándo y el dónde, que parecen haber ido desplazando o transformando los aspectos esenciales.

Sobre el quiénes hay una respuesta simple e inmediata compartida por toda la cristiandad, que se corresponde con el primer aspecto esencial de la liturgia, que es la participación del sacerdocio de Cristo: la liturgia debe ser celebrada por toda la Iglesia. Pero en la Iglesia, como en un cuerpo, cada miembro desempeña una función particular. La distribución de tales funciones ha sido otro tema. Pues aunque tanto la Iglesia católica como el grueso de las protestantes afirmen que por el bautismo y por el Espíritu Santo, todos participamos del sacerdocio universal (Hch 2:41, 1Pdr 2:9), lo cierto es que no todos pueden presidir las celebraciones, o estar a cargo de las partes importantes de la liturgia (por ejemplo, dirigir la música, recibir o recoger el ofertorio, etcétera). De aquí nace la importancia de una jerarquización. Según relatos de Ambrosio de Milán (340-397 d.C.), el establecimiento de una jerarquía se dio desde muy temprano y quizás haya que considerar la elección de los doce apóstoles como su simiente. Para las Iglesias católica y ortodoxa esta jerarquización les permitió hablar de un sacerdocio ministerial, accesible por el sacramento de la ordenación, que le otorga al sacerdote una investidura especial: la de ser el representante de Cristo.

Pronto, tal jerarquización permitió abusos de poder y una obediencia ciega a los sacerdotes, lo que constituyó uno de los puntos que dio origen a la Reforma impulsada por Lutero. Las Iglesias protestantes quisieron entonces restaurar el principio del sacerdocio universal, instaurando dentro de la Iglesia una jerarquía más política que espiritual. Curiosamente, por mucho tiempo la parte del sacerdocio como cargo institucional siguió siendo reservado solo para hombres. Actualmente, muchas Iglesias protestantes y católicas nacionales (como por ejemplo la Iglesia católica irlandesa) aprueban el sacerdocio de mujeres, pero este ha sido un proceso lento y con muchos altibajos. La Iglesia Anglicana, por ejemplo, aceptó el sacerdocio de mujeres apenas hace 24 años.

Con los “despertares” (s. XVIII – s. XX), varios aspectos de la liturgia comenzaron a cambiar. Para muchos, las celebraciones se volvieron “menos litúrgicas”.[4] Lo que sucedió fue que se rompió con una determinada forma litúrgica y se dio origen a una diversidad de ellas. Este rompimiento implicó, entre muchas cosas, el sacerdocio de mujeres y personas afroamericanas. El requisito para ser líder de una Iglesia comenzó a ser casi de manera exclusiva el llamado divino, lo que en muchos casos ha dado lugar a un nuevo pódium de los escogidos de Dios en la que los sesgos de género y el hambre de dinero y poder siguen estando presentes.

El cómo y el dónde celebrar la liturgia se ha convertido en un asunto todavía más complejo. Hay elementos formales que, conforme al testimonio de Justino Mártir,[5] han estado presentes desde los primeros siglos: la liturgia de la Palabra (es decir, la lectura de la Escrituras junto con el sermón o predicación, y también la enunciación de pasajes bíblicos u oraciones tradicionales como los mencionados durante la cena del Señor, en el ofertorio, en la penitencia, etcétera), las oraciones, el uso de himnos (los cuales, aunque pueden variar de ritmos, suelen estar basados o inspirados en los salmos) y la partición del pan. De estos, parecería que el que más divisiones ha generado es el de la eucaristía. Pero las múltiples formas que han sido usadas para la enseñanza de la Palabra, como el uso de objetos e imágenes y la creación de cierta atmósfera en los templos, han sido y siguen siendo fuente de grandes controversias.

El catolicismo afirma que: “el hombre siendo un ser a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de signos y de símbolos materiales. Como ser social, el hombre necesita signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios”.[6]

Las Escrituras parecen dar testimonio de lo anterior. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, el arcoíris, la circuncisión, la Pascua y otros signos sirvieron para representar alianzas entre Dios y su pueblo. El aceite era (y sigue siendo) un elemento simbólico especial tanto para el ungimiento o consagración del tabernáculo y sus utensilios, como para el de reyes, profetas y sacerdotes. Y los sacrificios de diversos animales sobre el altar eran la muestra de arrepentimiento requerida por Dios. El Nuevo Testamento no se queda atrás, pues los signos aparecen tanto en las palabras de Cristo (con el uso de parábolas), en sus acciones (con el uso de elementos como el barro y la saliva para curaciones) y en su propia persona (pues Cristo mismo es signo de contradicción (Lc 2:34)).

Con respecto a los templos, el simbolismo también parecía tener un papel central: el tabernáculo era señal del acceso a la presencia de Dios; que fuera portátil hacía papable el que Dios estuviera con su pueblo a donde fueran. Los primeros cristianos tuvieron que prescindir de lugares como estos, pues la persecución a la que eran sometidos no facilitaba la construcción de templos, así que las reuniones se tuvieron que llevar a cabo en casas y lugares discretos. Después de la paz constantiniana en el 313, la Iglesia tuvo libertad para expresarse con manifestaciones artísticas, entre ellas la construcción de templos.[7] Desde entonces se ha recurrido a ciertos materiales (oro, bronce, etcétera), diseños arquitectónicos (cúpulas, arcos, ventanas, altares y otros elementos que representan la grandeza, el aire celestial y la luz divina presentes en el lugar), imágenes y objetos (estatuas de santos, pinturas y vitrales que han acercado el evangelio a iletrados o a personas más visuales) y hasta olores (como el del incienso, usado en las liturgias judías, que representa el anhelo de elevar nuestras oraciones a Dios).

El aspecto simbólico de la liturgia alcanzó también a los que la presiden. Semejante a las vestiduras de los sacerdotes levitas (con pectoral, efod, manto, mitra y el cinto [Ex 28 y 39]), los sacerdotes cristianos comenzaron a usar trajes con un específico significado. Muchos de esos trajes son usados hoy por sacerdotes y pastores católicos, luteranos, episcopales, anglicanos, entre otros. Por citar algunos ejemplos de sus significados, las largas túnicas blancas de sacerdotes católicos simbolizan la pureza de corazón y la estola que pastores luteranos llevan es una imitación de una yunta de bueyes que simboliza su misión de conducir y empujar a la Iglesia. Para las vertientes restauracionistas más recientes, especialmente para los pentecostales y carismáticos, el rechazo a la investidura espiritual del sacerdote, vino acompañado del rechazo a las vestiduras clásicas. En su lugar, la mayoría de sus líderes usan traje o vestidos formales, con la intención de estar bien presentados, pero sin distinguirse de manera especial del resto de la congregación.

La Reforma y los movimientos restauracionistas fueron en general los encargados de alterar el simbolismo en la liturgia. El luteranismo fue quizá la vertiente protestante que menos se opuso a la liturgia católica como lo expresa la Apología de la confesión de Augsburgo.[8] Para otras ramas reformistas, en cambio, el uso de imágenes y la veneración a estas que se había incorporado, quizá no como principio doctrinal, pero sí como práctica común en el catolicismo, fue rechazada e incluso perseguida. Ya años atrás, en el imperio bizantino, se había dado lugar a la iconoclasia (ruptura de imágenes). Pero fue con la Reforma y el cisma que esta produjo que muchas de las nuevas Iglesias suprimieron por completo el uso de estatuas, pinturas y vitrales. Este nuevo periodo iconoclasta, promovido principalmente por Calvino, Carlstadt y Zunglio, inició con la denominada “tormenta de las imágenes” o “furia iconoclasta” (Beeldenstorm): la profanación y destrucción violenta de estatuas y otras imágenes. Parece que aun hoy, el uso de imágenes suele provocar en muchos una de estas dos reacciones: su adoración o un violento rechazo. Los que las rechazan argumentan que, contrario a cumplir el principio litúrgico de acercar la Palabra de Dios a los feligreses, las imágenes son distractores, pues ponen de por medio objetos que nada pueden decir, aunque tengan boca. De lo que no se percatan es que al promover el rechazo a quienes las usan, ellos también contribuyen a alejar el mensaje de Dios.

Finalmente, el principio litúrgico de la caridad ha sido tradicionalmente restringido a la parte del ofertorio, de las ofrendas o la limosna. Estos bienes materiales sin duda ayudan al sostenimiento de la obra de Dios (social, misionera, ministerial, etcétera), pero también han servido para el enriquecimiento de la Iglesias y de sus líderes. En el segundo capítulo de la carta a los filipenses, Pablo exhorta a sus lectores a vivir en humildad, a no creerse superiores a nadie y a procurar no el interés propio, sino el del otro. En este mismo pasaje, Pablo menciona a Epafrodito como leitourgón, porque este le ha sido enviado desde Filipos para llevarle una ofrenda. Lo que no puede dejarse de lado es que, para Pablo, Epafrodito fue su hermano, el que tuvo que hacer un viaje riesgoso de Filipos a Roma para acompañarle y para ayudarle en su servicio hasta el punto de enfermarse. La caridad de Epafrodito no se limitó a entregar una ayuda material, sino que se entregó él mismo. Esta es la caridad propia de la liturgia: el atender no solo a las necesidades materiales, sino también a las emocionales, lo que implica la continuación de la obra de Cristo no solo dentro de la Iglesia, sino quizás todavía más importante, fuera de ella.

Después de muchos años y cambios, la mayoría de Iglesias de la cristiandad han llamado la atención sobre la importancia de la libertad litúrgica con respecto a la forma de la ceremonia, de la música, etcétera. Pero a su vez han afirmado la necesidad de mantener la unidad pese a la no uniformidad.[9] Lo cierto es que esto no ha sido fácil de lograr, pues los que rechazaron la jerarquía, el simbolismo y el ritualismo católico, se separaron de la Iglesia católica y entre sí, abogando por un liturgia menos idólatra, mecánica y vacía. Luego, los movimientos restauracionistas señalaron las liturgias de muchos protestantes como elitistas y racionalistas. En su lugar, promovieron una liturgia más emocional, en la que no solo el órgano, sino también la pandereta, fuera un instrumento digno para la alabanza y la adoración. Estos se separaron al ser acusados de dementes y endemoniados, pues en sus celebraciones también incorporaron prácticas como la profecía, temblores corporales y lenguas ininteligibles. De estos se separaron los que querían himnos más modernos, ya no solo a base de pandereta, sino de baterías, bajos y acordeones. De los últimos salieron los más “rebeldes”, tatuados, vestidos de negro y de pelo largo, que alaban a Dios al ritmo de heavy metal. De estos también saldrán otros, probablemente acusados por los anteriores. Es claro que a costa de la no uniformidad se ha perdido la unidad, pero esto no es señal de que lo esencial esté en una determinada forma litúrgica, sino de que lo esencial se ha perdido detrás de todas esas formas.

 

 

[1]Catecismo Iglesia católica (CIC), 1069

[2]Ibíd.

[3]CIC, 1070

[4]Randall Balmer y Lauren F, Winner. Protestantism in America, Columbia University, 2002, p. 14

[5]Apología 1, 67.

[6]CIC, 1146.

[7]Historia de la Iglesia católica I, B.A.C., p. 826

[8]Apology to the Augsburg Cofession, 24.

[9]CIC, 1206 y Evangelical Lutheran Worship, p. 7.

 

La cena del Señor
La Iglesia (parte 1)
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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