La cena del Señor

Porque yo recibí del Señor lo que también os he enseñado: Que el Señor Jesús, la noche que fue entregado, tomó pan; y habiendo dado gracias, lo partió, y dijo: Tomad, comed; esto es mi cuerpo que por vosotros es partido; haced esto en memoria de mí. Asimismo tomó también la copa, después de haber cenado, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre; haced esto todas las veces que la bebiereis, en memoria de mí. Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga. 1 Corintios 11: 23-26.

 

La cena del Señor, denominada también santa cena, eucaristía, comunión, entre otras, hace referencia a aquella escena que vemos narrada en los evangelios (Mateo 26: 26-29; Marcos 14: 22-25 y Lucas 22: 14-20) en la que, antes de ser arrestado, Jesús toma con sus discípulos la tradicional cena pascual. Esta tradición había sido adoptada por el pueblo de Israel que año tras año conmemoraba el fin de su esclavitud y la salida de Egipto. En esta fiesta solemne cada familia (o grupos de familias si eran familias pequeñas) se reunían para comer un cordero o un chivo, el cual comían con pan sin levadura y hierbas amargas. En total, siete días comían pan sin levadura y toda cosa leudada tenía que ser echada fuera de las casas. Cuando por primera vez el pueblo de Israel celebró la pascua, Dios les ordenó que con la sangre del cordero marcaran sus puertas, de esta forma Dios podría pasar de largo las casas de los israelitas y solo herir a los primogénitos del pueblo egipcio. Por esto Jehová les dijo a Aarón y a Moisés: “Y sucederá que cuando vuestros hijos os pregunten: ¿Qué significa este rito para vosotros?, vosotros diréis: Es un sacrificio de la Pascua al SEÑOR, el cual pasó de largo las casas de los hijos de Israel en Egipto cuando hirió a los egipcios, y libró nuestras casas” (Éxodo 12: 26-27).

Cuando Jesús celebra la pascua con sus discípulos esta se convierte en la ocasión para anunciar otro sacrificio, cuya víctima ya no serían los primogénitos egipcios, heridos para liberar al pueblo israelita de su esclavitud, sino que sería el propio Cristo quien sería entregado para liberar a la humanidad entera de su pecado. Y esto es lo que Cristo deja claro con sus propias palabras “este es mi cuerpo, que por vosotros es dado” y “esta copa es el nuevo pacto de mi sangre que por vosotros se derrama”.

De manera semejante a como el agua no solo tiene un significado especial en el bautismo, sino también en otros escenarios bíblicos, el pan y el vino no solo son importantes dentro de la pascua judía. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, el pan y el vino aparecen como la ofrenda que Melquisedec le da a Abraham (Gn 14:18), también como parte de las ofrendas y primicias a Dios (Lv 2:11, Dt 26:2), el maná es pan del cielo con el que Dios alimenta a su pueblo en el desierto (Ex 16:15), y en los evangelios se nos muestra que Cristo multiplica panes (Mt 14:19) y convierte agua en vino (Jn 2:9), etc. La Iglesia Católica ha visto en cada una de estas manifestaciones del pan y el vino, aspectos del sentido nuevo y definitivo que estos elementos tendrían con el sacrificio de Cristo[1]. De hecho, el aspecto de gratitud hacía Dios que expresa la ofrenda de panes y vino que solía hacerse como muestra de la permanente provisión de Dios, es expresado en el uso del término eucaristía (εὐχαριστία), que significa “acción de gracias”. Aunque este término no es usado ni en los evangelios, ni en el resto del Nuevo Testamento para hacer referencia a la cena instituida por Jesús, fue el término que, como nos dejan ver la Didaché y los testimonios de Justino Mártir, Ignacio de Antioquia, Juan Crisóstomo, entre otros, la Iglesia comenzó a emplear desde el primer siglo. Esto debido a que la acción de gracias que junto con el pan y el vino se elevan al cielo no solo se daba por el pan y vino como signos de la provisión de Dios, sino aún más por el sacrificio mismo de Cristo que tales elementos representan. En adición, no menor, el pan y el vino son el símbolo de las bodas del Cordero, es decir, expresan la promesa de un banquete celestial en el mundo venidero; promesa que desde luego también es digna de gratitud. Es en muestra de agradecimiento que la Iglesia se une y en comunión se ofrece ella misma como cuerpo de Cristo, de ahí que la eucaristía también sea llamada comunión (κοινωνία).

De acuerdo a las narraciones sobre la Iglesia primitiva que encontramos en Hechos de los apóstoles, vemos que la celebración de la cena hacía parte de las practicas comunes, la cual era solo descrita como “partición del pan” (του κλασαι αρτον) (Hch 2:42-46 y 20:7). Esta descripción tan general podría quizá hacer referencia no, o no solo, a la cena del Señor, sino al ágape. Esta era una comida fraterna tomada por la mayoría de miembros de una comunidad cristiana, quienes al llegar la tarde o noche se reunían con el fin de compartir en comunión y recordar la última cena de Jesús[2]. En la primera carta a los corintios, Pablo distingue el ágape de la cena del Señor cuando exhorta a la comunidad de Corintio a no confundir sus reuniones, donde de manera desmedida y egoísta comían y bebían, con la cena del Señor –aquí aparece por primera vez la expresión literal Κυριακὸν δεῖπνον: cena del Señor— (1Cor 11: 20-21). Probablemente la confusión se debía a que, como afirman algunos historiadores, la cena, tal como Cristo la había instituido, tenía lugar junto con el ágape[3]. Esto sigue siendo así para los menonitas tradicionales, para adventistas y algunos anabaptistas que en la misma celebración de la cena del Señor también llevan a cabo banquetes fraternos y lavatorio de pies. En la epístola de Corintios, Pablo hace notar los problemas de tales banquetes, los cuales, aunque se hacían con el fin de unir a la congregación y que ricos y pobres compartieran en igualdad la comida y la bebida, degeneraron en que los más ricos solían comer más y mejores platillos olvidándose de los pobres. Por estos y otros excesos, se cree que en principio la cena del Señor fue separada de los ágapes, celebrando aquella en la mañana y estos en la noche. Finalmente, los ágapes fueron prohibidos en las Iglesias desde el siglo IV[4].

Resulta sorprendente que, aparte de pequeñas modificaciones como la anteriormente mencionada, el rito de la eucaristía dentro de la Iglesia católica se ha preservado casi intacto a lo largo de los siglos. Prueba de esto es la descripción que en el año 155 Justino Mártir le presenta al emperador pagano Antonino Pío de las actividades de los cristianos:

“El día que se llama día del sol tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. […] Luego se lleva al que preside a los hermanos pan y una copa de agua y de vino mezclados. […] Cuando el que preside ha hecho la acción de gracias y el pueblo le ha respondido, los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua ‘eucaristizados’ y los lleva a los ausentes”[5].

La Iglesia católica afirma que la razón de que su celebración de la eucaristía se haya mantenido substancialmente la misma desde sus orígenes, es su obediencia al mandato de Cristo de “haced esto en memoria mía” (1 Cor 11: 24-26)[6]. Este mandato no solo ha constituido el eje central de la ortodoxia sobre la eucaristía para católicos y para las ramas protestantes históricas, sino que ha sido el principal punto de debate que le permitió a muchas otras vertientes protestantes tener una concepción distinta de la cena del Señor. De cómo se entiendan esas palabras depende el que la eucaristía sea considerada como un sacramento o como un acto simbólico de recordación.

Una de las principales herramientas para su interpretación lo ofrecen los estudios filológicos, pues en griego el término que se usa en la Biblia para memorial es anamnesis (αναμνησις), el cual se ha determinado que no hace referencia al simple acto de traer a la mente algo que con anterioridad ha sucedido, sino que refiere más bien a una remembranza o representación, es decir, a hacer presente algo ocurrido. Con esto en mente, la Iglesia se enfocó desde sus inicios en representar la cena del Señor en su totalidad, lo que ha sido denominado como la liturgia de la eucaristía que se compone de dos partes: la liturgia de la Palabra (lectura de las Escrituras, homilía y oración), réplica del momento previo a la partición del pan que hace Jesús resucitado, cuando camino a Emaús se le acerca a dos de sus discípulos y comparte con ellos las Escrituras (Lc 24: 27-32); y la liturgia eucarística (la presentación del pan y el vino, la acción de gracias, su consagración y la comunión), tal como Jesús lo hizo con sus discípulos.

Desde los primeros siglos, padres de la Iglesia como Juan Crisóstomo (347-407) y Ambrosio de Milán (340-397) afirmaron que la unión de ambos elementos, la Palabra junto con el pan y el vino, son los que permiten la conversión del pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo. Lutero consideró esto mismo, reafirmando el carácter sacramental de la cena del Señor tal como lo había definido Agustín: “si la Palabra se une a la cosa externa, se hace el sacramento”. Una explicación más detallada de tal conversión constituye otro tema; la Iglesia católica ha hablado, acudiendo a la filosofía aristotélica, de transubstanciación (la substancia del pan y el vino es reemplazada por la substancia del cuerpo y la sangre de Cristo), algunos luteranos proponen la consubstanciación (la substancia del cuerpo y la sangre se hacen presente junto con la substancia del pan y el vino), pero parece que Lutero mismo y posteriormente también la Iglesia Anglicana, optaron por rechazar el “cómo”, pues lo importante es participar de la unidad con Cristo y la Iglesia, de reafirmar la fe para resistir al pecado y de hacerlo cuantas veces sea esto necesario, sin someter la cena a una teoría especulativa ni su celebración a fechas determinada, lo cual Lutero vio que el papa estaba haciendo[7].

Por su parte, uno de los padres de la Reforma, el suizo Zuinglio, afirmó que la repetición de la cena del Señor solo podía tener un carácter simbólico, pues el sacrificio de Cristo tuvo lugar solo una vez y lo máximo que puede hacer un hombre es conmemorar dicho sacrificio, pero no repetirlo, pues un hombre puede sacrificarse a sí mismo, pero no a Cristo[8]. A diferencia de la noción que el catolicismo y Lutero tenían de los sacramentos como manifestaciones de la gracia de Dios a través de signos visibles, necesarios para la naturaleza humana[9], Zuinglio pensaba que los sacramentos solo testificaban públicamente la gracia que había sido recibida en privado, y dado que esa gracia es dada solo por medio del Espíritu, no es necesario ningún vehículo o signo externo[10]. Parece que esta postura es la base de futuras vertientes reformadas como la de algunos bautistas y pentecostales.

La propuesta calvinista nos presenta una tercera opción, la que quizá podríamos considerar como intermedia entre las dos anteriores. Para Calvino, el pan y el vino también son símbolos, pero no símbolos vacíos, pues por medio de ellos el Espíritu confiere lo que ellos significan. Es decir que, aunque ellos no sean substancialmente el cuerpo y la sangre de Cristo, sí es por medio de ellos que podemos participar de Cristo y de los beneficios espirituales prometidos[11].

El concilio mundial de las Iglesias, que opera desde el siglo XX, ha sido el espacio para que Iglesias cristianas de casi todas las denominaciones lleguen a acuerdos. Sobre la eucaristía el concilio ha determinado que sí hay presencia real de Jesús en el pan y el vino, pero sobre el cómo se da prefiere no pronunciarse, dejando así libertad de que cada Iglesia decida[12].

La consideración de la eucaristía o cena del Señor como sacramento o como conmemoración, determinó varios detalles de su celebración. Así, por ejemplo, la mayoría de los que le conciben como sacramento suelen celebrarla con mayor frecuencia, comúnmente todos los domingos y a veces también entre semana, suele repartirse o administrarse el pan (muchas veces sin levadura) y el vino. Mientras que, la mayoría de los que la conciben como acto meramente simbólico, por lo regular participa de ella una vez al mes o cada tres meses. En algunas congregaciones en lugar de vino se usa jugo de uva para que puedan participar aquellos que no consumen bebidas alcohólicas y también los niños, a los cuales en algunos casos se les puede prohibir tomarla si no están bautizados o no han hecho la primera comunión.

 

Las diferencias teológicas sobre este tema revelan varios desafíos y desacuerdos de fondo, como el determinar qué fuente o fuentes son necesarias para la fundamentación de la doctrina, cuál o cuáles formas son mejores para aproximarnos a las Escrituras y, la que considero como cuestión de mayor importancia, de qué forma determinar tales cosas ayuda al crecimiento de nuestra fe y la del otro. Creo que definir esto último nos permitiría ser más tolerantes con las diversas prácticas de esta y otras celebraciones litúrgicas y prestar mayor atención a los elementos comunes. Para el caso, no pueden dejarse de lado que, sea considerada como sacramento o como acto simbólico, la cena del Señor es una ocasión para reunirnos en torno a su mesa, para agradecer al Padre y al Hijo por su sacrificio, y al Espíritu por ser ese paráclito que se quedó para habitar entre nosotros y ayudarnos con la difícil tarea de, pese a las divergencias, compartir el pan y el vino en comunidad.

 

 

[1]Catecismo de la Iglesia Católica, 1333-1336

[2]Historia de la Iglesia católica I. B.A.C. p.280

[3]Ibid 282

[4]Ibídem.

[5]San Justino, Apología, 1, 67: CA 1, 176-186

[6]Catecismo de la Iglesia Católica, 1356

[7]Lutero, Catecismo mayor, p. 70

[8]Zuinglio, Short and Christian Introduction, 1523, p. 7-29

[9]Concilio de Trento, c2: DS 1740

[10]B. A. Gerrish, The Lord’s Supper in the Reformed Confessions, en Theology Today, 1966, p . 226

[11]Juan Calvino, Catecismo de Ginebra, cuestiones 310-353.

[12]Baptism, Eucharist and Ministry, ed. World Council of churches, Ginebra, 1982, p. 8-15

 

Bautismo del Espíritu
Liturgia
Fernanda Rojas

Acerca de Fernanda Rojas

Doctora en Filosofía.

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