Música y teología (Parte 2)

Las canciones, en su mejor momento, capturan nuestros corazones, nos conectan con significado, nos mueven… tanto literalmente como metafóricamente. Las buenas canciones expresan la voz de una generación, capturan un tiempo, se convierten en nuestra canción.

Esto tiene que ver con la manera en que una canción fusiona música y palabras. El arte (en este caso la música) tiene el poder de hacer que las palabras y las ideas se metan realmente debajo de nuestra piel. Esa es la razón por la cual Platón urgió a los padres de la ciudad a exiliar a todos los poetas y narradores. El argumentaba que, mientras que los filósofos tratan con las ideas de manera abiertamente racionales, los poetas ocultan sus ideas dentro de seductoras emociones de arte. Esto es verdad, como lo observa Robert McKee:

“Cada relato eficaz envía una idea cargada hacia nosotros, convenciéndonos del mismo, por lo que debemos creerlo. De hecho, el poder persuasivo del relato es tan genial que debemos creer su significado incluso aunque lo encontremos moralmente repugnante”.

Esa clase de poder persuasivo pone una gran responsabilidad social sobre los narradores y escritores de canciones. Sin embargo, McKee insiste audazmente:

“Creo que no tenemos ninguna responsabilidad de curar los males sociales o renovar la fe en la humanidad, elevar los espíritus de la sociedad e incluso expresar nuestro ser interior. Solo tenemos una responsabilidad: decir la verdad”.

El buen arte se trata de honestidad. Cuando en su lugar intentamos usar nuestra música o arte para promover algo -aunque sea algo bueno- se convierte en barato y hueco. Un montón de música de alabanza es así, como también mucha música cristiana contemporánea. A los artistas no se les permite ser honestos, cantar desde el corazón, y nos suenan falsos. Una buena canción, incluyendo una buena canción de alabanza, necesita provenir desde lo profundo del alma.

La honestidad sola no es suficiente, por supuesto. Si somos honestos, pero irreflexivos, conseguiremos una canción superficial como: “Quiero rock & roll toda la noche, y fiesta todos los días”. Es honesta, pero es superficial. Pero cuando podemos ser desinhibidos y crudos, y combinamos esto con reflexión, conseguiremos lo opuesto a superficial.

Considera la canción “Ha pasado un rato” de Staind:

 

Ha pasado un rato

desde que podía levantar mi cabeza

Y ha pasado un rato

desde la primera vez que te vi

 

Ha pasado un rato

desde que podía pararme en mis dos pies de nuevo

Y ha pasado un rato

desde que podía llamarte

 

Y todo lo que no puedo recordar

tan jodido como parece ser

lo sé, soy yo

no puedo culpar a mi padre de esto

el hizo lo mejor que pudo por mi

 

Ha pasado un rato

desde que podía decir que no era un adicto

Y ha pasado un rato

desde que podía decir que me amaba a mí mismo también

 

Ha pasado un rato

desde que podía levantar mi cabeza

Y ha pasado un rato

desde que decía lo siento

Esta es una canción sobre la adicción, el arrepentimiento y el fracaso. Es una canción sobre luchar con tus fallas y amarte a ti mismo en medio de ellas, incluso cuando sabes que estas lastimando a tus seres queridos. Es una canción sobre enfrentar nuestra propia oscuridad.

Staind no es una banda cristiana. Nadie le dijo a Staind que debería escribir una canción sobre el pecado y el arrepentimiento. Es solo una cruda y honesta canción, que proviene del corazón. Lo que la hace poderosa es que puedes sentir que es honesta y real. Pero esta canción saca el punto de que “honesta” no es la palabra adecuada aquí. Una mejor palabra seria vulnerabilidad. Honestidad puede implicar decir lo que sientes o crees de una desacomplejada manera. Decirle a alguien en YouTube que apesta puede que sea honesto, pero no es vulnerable. De ahí también es donde provienen todas esas declaraciones reaccionarias y malintencionadas de los cristianos conservadores enojados que han envenenado tanto nuestra conversación social. La gente dice cosas horribles, feas e hirientes y proclama “solo estoy siendo honesto”. Lo que es peor, piensan que es una expresión de su fe, que tiene que ver con la defensa de los valores morales.

Puede que sea honesto, pero no es vulnerable, y como resultado nos polariza. No nos lleva a la reconciliación o el arrepentimiento, más bien construye muros. Eso es justo lo contrario a lo que Jesús y los evangelios se referían. Jesús dijo que no vino a condenar al mundo, sino a salvarlo, a traer redención y reconciliación, de eso es lo que se trata el evangelio, y al parecer más y más conservadores han perdido de vista eso. Podemos pensar que es valiente “tomar una posición” como esa, pero en realidad no lo es. Lo que conlleva coraje real es la vulnerabilidad.

Hay un lugar para el enojo. No es que el enojo no sea real o legítimo, es que expresar enojo solamente es demasiado superficial. Cuando escarbamos profundo al preguntar qué es lo que nos hizo enojar, encontramos algo más vulnerable debajo; falta de respeto, sentimientos de exclusión, condenación, rechazo, desprecio. “Cuando haces eso, me haces sentir que no valgo” es mucho más profundo que simplemente decir “me hace enojar cuando haces eso”. Decir “cuando te alejas cuando estamos discutiendo, me hace temer que me dejes”, es mucho más profundo que simplemente decir “me enloquece que te alejes”.

Es clase de vulnerabilidad se convierte en empatía, mientras la persona la escucha comprende nuestro dolor, en lugar de ponerse a la defensiva y atacar. Resumiendo, ser honesto sin vulnerabilidad no produce el resultado que queremos. La vulnerabilidad es más fuerte. La misma palabra significa que somos susceptibles al daño o al ataque. Sin embargo, de algún modo cuando nos abrimos así, los demás se abren también. Es esa clase de paradoja a la que Jesús se refiere cuando dice: “si quieres encontrar tu vida, debes perderla”. Es en confesar nuestros pecados, nuestras debilidades, nuestro miedo, que encontramos nuestro camino de regreso hacia el amor y la esperanza. La fe no es una expresión de certeza, es una expresión de vulnerabilidad. Reza: “veo todo el dolor y la injusticia, veo mis propios fracasos, y aun así me aferro”.

Ser vulnerable como compositor implica hablar de las cosas cercanas a tu corazón con coraje, hablar de nuestros anhelos, de lo que nos importa, hablar de nuestras luchas y esperanzas. Esto resulta en canciones que capturan la profundidad y complejidad real de la vida. Nos permite ahondar mucho más profundo que cuando simplemente decimos lo que deberíamos decir, lo que se supone que digamos.

Puede ser atemorizante ir allí, pero de eso se trata vivir. Los teólogos y los filósofos del mundo podrían aprender un montón de la valiente vulnerabilidad de los artistas.

 

Fuente original:

http://www.therebelgod.com/2016/02/music-and-theology-part-2.html

Música y teología (Parte 1)
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Derek Flood

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2 comentarios sobre “Música y teología (Parte 2)”

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